Las bragas de mi madre nos llevan al incesto

Todo empezó por unas bragas que mi madre dejó en el suelo del baño, nunca lo hacía, pero aquella vez con las prisas allí las dejó. Yo tenía diecisiete años y mis hormonas me impulsaban a todo aquello que me parecía pervertido y caliente. Muchas noches veía vídeos porno en Internet y ver aquellas bragas usadas me produjo una gran excitación. Las cogí y las olí.

Así fue como empezó mi obsesión con las mujeres maduras. Mi nombre es Pedro, con dieciocho años andaba detrás de conseguir llevarme una mujer madura a la cama. Mi mente siempre estaba caliente imaginando situaciones en las que pudiera hacer realidad mi sueño. Sólo conseguía calentarme hasta tal punto, que las pajas era algo que tenía que practicar todos los días. Pero todo cambió el día que…

– ¡Hola mamá! – Dije cuando llegué a casa tras salir con los amigos un buen rato.

Era invierno, aquel sábado había salido un poco con los amigos y cuando llegué me encontré con mi madre y nuestra vecina Adela. Adela me daba la espalda, sentada en el sillón y hablando con mi madre. Ella me saludó levemente y me señaló hacia la habitación para que las dejara solas. No pude escuchar lo que hablaban, pero un rato después Adela se marchó y mi madre me llamó para hablarme.

– Pedro, nuestra vecina ha tenido una pelea muy grande con su marido y no se atreve a dormir en su casa, aunque él se haya marchado. – Me agarró la mano y me miró como pidiéndome un favor. – Cambia la ropa de tu cama y recoge la habitación lo mejor posible, ella dormirá en tu cama y tú dormirás conmigo.

– ¡Sí, claro mamá! – Le contesté poniendo cara de aflicción, mientras por dentro sentía la excitación de dormir en la misma cama con mi madre.

No tardé mucho en cambiar la cama y recoger todo. Después fui a la habitación de mi madre y observé su cama, imaginando a los dos allí, bajo la misma sábana. Sólo de pensarlo produjo una gran erección de mi polla.

– Hola hijo. – Dijo Adela cuando entró en casa seguida de mi madre. – Laura, te agradezco profundamente el favor qué me estáis haciendo y os pido perdón por ello… Mañana llegará mi hermana desde el pueblo y se quedará conmigo para ayudarme. Os pido perdón de nuevo…

– No te preocupes mujer. – Mi madre la abrazó en señal de protección. – Mi hijo es fornido y todo un hombretón, él nos protegerá. Ahora es mejor cenar y después te acuestas a descansar.

Las dos se marcharon a mi habitación y yo las observé caminar. La situación era muy tensa en casa de nuestra vecina, pero más tensa era la presión que se producía en mis pantalones al ver aquellos culos que se meneaban caminando por el pasillo. Mi madre tenía cuarenta y tres años y Adela ya había alcanzado los cincuenta, pero ya os dije que las mujeres maduras me volvían loco desde que encontré las bragas de mi madre.

Un rato después, las dos se metieron en la cocina. Las escuchaba hablar mientras cocinaban, así llevaban desde que Adela llegó a casa. Hablaban y hablaban. Nuestra vecina le contaba cosas y mi madre intentaba consolarla y darle ánimos. Mientras comíamos, me fijé en los hermosos ojos de nuestra vecina. De vez en cuando se quitaba las gafas, cuando las lágrimas asomaban levemente en sus ojos. Mi madre la acariciaba y la animaba. Eran impresionantes las dos voluminosas tetas que tenía Adela, casi el doble de las de mi madre. Meter allí la polla debía ser la gloria.

– Si no os importa, me iré a la cama… – Dijo Adela recogiendo sus platos para llevarlos a la cocina.

– ¡Deja eso! – La paró mi madre. – Ve y descansa… Lo necesitas. Mañana verás todo de otra manera.

– ¡Gracias Laura! – Le dio un beso a mi madre. – ¡Gracias Pedro! – Se acercó y aproveché para ver el canalillo de sus tetas mientras me besaba en la cabeza. Desapareció por el pasillo y escuchamos cerrar la puerta de mi habitación.

Tras recoger todo, mi madre y yo nos sentamos en el salón a ver la televisión. Todos los programas eran muy aburridos.

– Pedro, la tele es un aburrimiento… ¡Me voy a dormir! – Aquello me cogió por sorpresa y casi no reacciono a tiempo.

– La verdad es que sí… ¿Te importa si me acuesto yo también?

– ¡Por qué me iba a importar! – Me miró con cara extrañada.

– Oh… no sé… – Quedé como un estúpido con aquella conversación.

– ¡Vamos idiota! – Me dijo dándome un leve golpe en la cabeza. – Voy al servicio, ponte el pijama y acuéstate, ahora voy.

Se marchó al baño y yo me levanté rápidamente para que viera la prominente erección que tenía. Me puse mis calzonas, ese es mi pijama normalmente, y me metí dentro de la cama esperando ver a mi madre. Mi polla estaba totalmente erecta, imaginándomela con una ropa liviana, casi transparente, a través de la cual podría intuir sus maravillosas redondeces… Iba a reventar con aquella excitación.

Cuando entró en la habitación, llevaba aquel caliente pijama de franela, aquellos pantalones que le cubrían hasta los tobillos y aquella especie de chaqueta que no dejaban la más mínima imagen para la imaginación calenturienta de su hijo.

– Hace mucho tiempo que no duermes conmigo… – Sonrió recordando cuando yo era un niño y me abrazaba a ella para dormir cuando tenía miedo. – Ya eres todo un hombrecito y yo llevo sin dormir con un hombre mucho tiempo… – Aquella frase y su sonrisa me parecieron las más sensuales del mundo y mi corazón se aceleró por la excitación. Destapó la cama y se metió dentro. Se tapó y me dio la espalda. – La cama no es demasiado grande, así que por tu brazo bajo mi cuello. – Levantó la cabeza y esperó que pusiera mi brazo. – Pégate a mí y pasa tu otro brazo por mi cintura… – Me esperó y cogió mi mano para apoyarla en su redonda barriga. – ¡Así dormiremos calentitos!

Yo desde luego ya estaba muy caliente. Tenía a mi madre entre mis brazos, pegada a mi cuerpo. Mi polla estaba totalmente erecta y la separaba de su cuerpo para que no notara mi evidente erección. Ella se agitaba buscando una postura cómoda mientras cruzaba los dedos de su mano con los de la mía que descansaban en su barriga. Su pelo me daba en la cara, en la nariz y me hacía cosquillas. Resoplé para intentar apartarlos pero no pude.

– ¿Te molestan mis pelos?

No dijo más. Con las manos cogió todos sus pelos y los pasó por debajo de su cuello. No había mucha luz en la habitación, pero podía ver su cuello desnudo, justo al alcance de mi boca. Deseaba besar y saborear la piel de su cuello. Me aproximé y su olor me invadió. Sólo tenía que acercarme un poco más y darle un suave beso, mi excitación aumentaba y mi respiración más intensa.

– ¡Ah, me haces cosquillas en el cuello con tu respiración! – Me dijo.

– Perdona mamá… – Mi cuerpo vibraba por aquella situación. – Es la primera vez que duermo en una cama con una mujer y no sé como colocarme…

– ¡Espera! – Se giró y quedó boca arriba, entre mis brazos. – ¡¿Así mejor?! ¡Pégate a mí y dame calor! – Si no fuera mi madre, hubiera pensado que me pedía otra cosa.

Entonces la abracé por encima de su cuerpo, aferrándome a ella, pegándome todo lo posible para que mi cuerpo la calentara. Sin pensar, subí mi pierna por encima de las suyas. Mi pene erecto se posó en sus caderas.

– ¡Uf hijo, qué calentito! – Me dijo agitándose y casi ronroneando.

– ¡Es un placer abrazarte, hueles muy bien!

No dijimos más y nos quedamos abrazados y en silencio. Poco después, sentí que mi madre se había dormido, su respiración acompasada, su brazo había caído desde mi mano hasta el colchón. Mi erección no había bajado en todo aquel tiempo, deseando agitarse contra el cuerpo de mi madre. Aquello era insoportable y pensé en levantarme para hacerme una paja, pero quería estar allí, junto a ella, sintiendo su cálido cuerpo.

Mi excitación era insoportable, pero deliciosa. Deslicé mi mano por encima de su cuerpo, suavemente. Sentí los redondos volúmenes de sus pechos y posé mi mano sobre uno. La dejé quieta, sin moverme, casi sin respirar disfruté del contacto de su seno por encima de la tela. Iba a explotar en un salvaje orgasmo. Moví de nuevo mi mano hasta encontrar el filo inferior de su chaqueta. Sutilmente moví los dedos hasta colocarlos por debajo de la tela, ahora tocaba el pantalón de su pijama. La fui desplazando poco a poco, centímetro a centímetro me introducía por debajo de sus ropas. Todos mis sentidos se concentraban en el tacto de mi mano, en su respiración, en sus movimientos y la hermosa cara que tenía mi madre mientras dormía.

Un calambre de excitación recorrió todo mi cuerpo cuando mi mano tocó la suave piel del vientre de mi madre. Lo acaricié despacio mientras subía poco a poco por su cuerpo. Llegué a su ombligo y lo acaricié suavemente. Estaba profundamente dormida y no se movía. Aquello me tenía totalmente erecto, cómo nunca antes lo había estado y su quietud me animó a seguir explorando su cuerpo. Subí un poco más y toqué sus costillas. Un poco más arriba estarían sus hermosas tetas esperándome a que las tocara. Me moví un poco más y las yemas de mis dedos chocaron con las tiernas carnes de sus pechos, no tenía sujetador, mi calentura aumentó.

Ya sólo me quedaba escalar aquellos impresionantes montes de suave piel y alcanzaría las tostadas cimas de sus pezones. Inicié la escalada con igual miedo que excitación ante el posible despertar de mi madre. Mis dedos se abrieron para conquistar aquel sensual monte. Mientras cuatro de ellos la tomaban por un franco, el otro dedo se aproximaba por el lado contrario. ¡La cima sería conquistada en breve! Ya podía sentir su pecho descansando en la palma de mi mano.

Súbitamente mi madre se movió. No tuve tiempo de sacar mi brazo de dentro de su pijama. Se giró y quedó de espaldas a mí, con su redondo y hermoso culo apuntándome. Quedé helado y no pude reaccionar. Su brazo superior lo llevó atrás y asiéndome por mi cintura, me empujó contra ella mientras su culo empujaba contra mí. ¡Casi me corro cuando sentí el roce de su culo!

Mi mano, aún dentro de su pijama, se posaba sobre su barriga. Ella había quedado de lado, dándome la espalda y con su mano en mi cintura tras haberme empujado. Moví mi mano y la desplacé por su suave piel en busca de mi deseado monte. De nuevo mis dedos rodeaban mi objetivo, de nuevo subían por sus laderas hasta alcanzar su cima, sus pezones.

El dedo índice fue el elegido para conquistar aquel pezón. Se aproximó haciendo círculos hasta tocar el erecto pezón. No lo podía ver, pero lo notaba erecto y muy grande ¡quién pudiera mamarlo de nuevo! Sin poder controlarme, de vez en cuando mis caderas aplastaban mi polla contra el culo de mi madre, suavemente, mientras mi dedo no paraba de jugar con aquel pezón.

Su suspiro me detuvo en seco. Quedé con mi polla sobre su culo y mi mano sobre su pecho, no sabía qué pasaría si me descubriera, pero mi excitación era tan grande que no podía retroceder en mi conquista. Tal vez estuviera teniendo un sueño erótico, pues su culo se agitaba levemente, como si disfrutara de tener mi polla erecta contra él.

Entonces pensé en su sexo. ¿Estaría excitado cómo sus pezones? Siempre había escuchado hablar de un coño húmedo por el deseo. ¿Estaría mi madre así con su sueño? Con la misma suavidad con la que subí, abandoné aquel cálido monte y bajé por su cuerpo hasta encontrar la frontera que separaba su pubis de mi lujuriosa mano. Tanteé el filo del pantalón hasta que pude meter mis dedos por debajo. Aquella misión era más difícil y delicada. La prenda dificultaba que los furtivos dedos pudieran entrar, cualquier molestia o agitación podía despertar a mi madre y todo se perdería.

Los cinco comenzaron a moverse bajo el pantalón, poco a poco, con dolor en mi muñeca por la postura forzada que tenía que adoptar. Llegué al último obstáculo que me separaba de su sexo, del deseo que sentía por mi madre. El elástico de sus bragas no opuso resistencia a que los cinco pasaran por debajo. Se movieron sigilosamente en busca del deseado premio, su misión era explorar la entrada del sexo de mi madre, y ellos se lanzaron a conquistarla.

Sólo el tacto me guiaba en aquella lujuriosa noche, mis dedos bajaban poco a poco hasta sentir los pelos que custodiaban la entrada de su cueva. Si bien no la podía ver, parecía que aquella selva era diminuta y me pregunté si tal vez ella se depilaba. Pero la misión debía continuar y me olvidé de la cantidad de pelo, para concentrarme en conquistar su sexo.

Y llegué al límite físico de mi madre, mis dedos no podían avanzar más. Sus muslos estaban uno sobre el otro y escondían su sexo cómo el tesoro que era. Mi dedo corazón intentó explorar el camino, era imposible, aquella selva se perdía entre los muslos infranqueables de mi madre. Estaba tan cerca y tenía que rendirme. Tal vez si empujaba con mis dedos su muslo conseguía que me dejara paso hasta su tesoro… Pero decidí acariciar aquella zona mientras mi polla se agitaba suavemente contra su culo.

Y de nuevo me asusté. Con un movimiento más abrupto que la vez anterior, mi madre giró su cuerpo y quedó de nuevo boca arriba. Me moví asustado e intentando acomodarme a su cuerpo. Mi corazón latía rápidamente, pero mi mano no se apartó de su sexo. Cuando dejó de agitarse, me acomodé a su cuerpo y volví a pegar mi polla contra sus caderas. Mi mano, esos cinco valientes que conquistaban furtivamente el cuerpo de mi madre, no se habían retirado, querían cumplir su misión.

Ahora fue el dedo corazón el elegido para culminar la conquista. Bajó por la selva para comprobar que sus muslo se habían separado lo suficiente para seguir con su camino. Cuando el camino de pelos terminó, mi dedo acarició un gurruño de carne caliente, eso tenía que ser sus labios vaginales. Con suavidad se deslizó para sentir su tacto, para explorar si su maduro sexo estaba mojado cómo tantas veces había escuchado que les pasaba a las mujeres cuando eran excitadas. Recorrió unos centímetros y los dos muslos que unos minutos antes obstaculizaban el conquistar de su sexo, se abrían un poco más para que aquellos conquistadores pudieran entrar.

No sabía lo que hacía, sólo quería tocar a mi madre en sus partes más íntimas sin saber bien qué debía hacer. Mis dedos intentaron que sus labios se separaran, lo había visto en alguna película porno y esa era mi única experiencia. Los movía encima sin conseguir que aquellas carnes se separaran, pero a cambio mi madre parecía gimotear en sueños ¡qué estaría soñando mientras yo la tocaba!

Seguí agitando mis dedos y pude notar como un bulto en el principio de su coño. ¿Sería su clítoris? Aproximé mi dedo y noté que allí sus labios estaban separados. Poco a poco mi dedo índice se colaba entre sus labios y comprobaba que su coño estaba mojado, sin duda ella estaba excitada por su sueño y mis caricias. Continué y dos dedos consiguieron separa los labios y dejar el interior expuesto a mis caricias. Aquella piel era muy suave y estaba mojada. Deslicé un dedo por toda su raja y sentí el calor que brotaba de su vagina. El dedo corazón se lanzaba a explorar el interior caliente y peligroso de mi madre. Empujé un poco y mi dedo empezó a hundirse, poco a poco, cada vez más dedo entraba en ella. Al momento las caderas de mi madre empezaron a agitarse levemente y mi mano se agitó al mismo ritmo haciendo que el dedo la penetrara.

Los leves gemidos que estaba dando y sentir mi dedo hundirse en su vagina, iban hacer correrme. No sé cuánto tiempo duró aquello, pero el cuerpo de mi madre se tensó por un instante y después se giró con violencia, obligándome a sacar mi mano de su caliente sexo. Me iba a correr y su movimiento había liberado mi otro brazo. Me levanté intentando no despertarla y me marché casi corriendo al baño. Salí al pasillo con mi polla fuera de las calzonas que utilizaba como pijama, erecta y a punto de lanzar mi semen. Entré en el baño y encendí la luz, levanté la tapa del inodoro y mientras una mano agitaba mi polla, la otra iba a mi nariz para oler los flujos que mi madre me había regalado. Dos sacudidas fueron suficientes para lanzar los mayores y más fuertes chorros de semen de mi vida. Creí que caerían en el blanco fondo de la taza, pero el primero chocó contra la pared de enfrente mientras olía el coño de mi madre recordando su suave tacto.

Después de limpiarme y limpiar todo el semen que se había desbordado, volví a la habitación de mi madre. Ella estaba dándome la espalda, y en cuando me tumbé, ella se giró y se abrazó a mí, haciendo que yo la abrazara a ella. Su pierna se colocó sobre mí, sobre mi polla que ya había menguado y los dos dormimos toda la noche.

Mi madre y sus amigos terminan liados

Hace años, cuando yo era pequeño, mis padres tenían la costumbre de quedar los sábados por la tarde con los amigos para jugar a las cartas.

Quedaban todos los sábados y cada sábado las partidas se celebraban en casas distintas, y, aunque eran los hombres los que realmente jugaban, les acompañaban siempre las mujeres y frecuentemente los hijos pequeños, de forma que lo normal es que hubiera unos cinco o seis matrimonios cada sábado.

Los anfitriones preparaban unos aperitivos que se complementaban con lo que cada uno traía, de forma que siempre había bastante comida y bebida, normalmente refrescos para los más pequeños y cervezas para los adultos, reservándose siempre las bebidas alcohólicas para los hombres cuando echaban sus partidas de cartas.

Recuerdo especialmente aquél sábado de verano que tocaba jugar en nuestra casa donde nos reunimos al menos unas diez personas, menos que en otras ocasiones, ya que uno de los varones, asiduo a estas reuniones, no había venido acompañado de su pareja, sino de otro hombre, indicando que su mujer y sus hijos estaban en la casa del pueblo con sus padres, por lo que le acompañaba un amigo.

La velada transcurrió más o menos como siempre. Los hombres hablando de política o de futbol, las mujeres de chismorreos o de vestiditos, y los niños jugando y corriendo por la casa, aunque en más de una ocasión pillé a los dos amigos mirando descaradamente el culo y las tetas de mi madre, así como cuchicheando entre ellos. Sabía que hablaban de ella y me fijé sorprendido como los bultos bajo sus braguetas se hinchaban.

Como siempre, las cartas se dejaban para el final, cuando ya se habían agotado casi todas las viandas y refrescos, y fue entonces, cuando la cosa poco a poco fue cambiando.

Según avanzaba la noche las familias se iban marchando, dejando cada vez menos hombres jugando a las cartas, y, los que quedaban, estaban cada vez más ebrios de consumir tanto alcohol y fumar tanto tabaco, lo que se traducía en más voces, carcajadas y ruidos.

Cuando mi madre despidió en la puerta al último matrimonio, yo subí a mi cuarto para dormir, y, deteniéndome en las escaleras, contemplé desde arriba cómo mi madre entraba en el salón donde todavía mi padre con un par de amigos jugaba a las cartas. Estos eran los dos hombres que habían venido a la fiesta, sin mujer ni hijos ni prisas por volver a casa.

Mi madre se despidió de todos ellos, indicando que ya estaba cansada y que también se iba a la cama.

Se acercó a los dos amigos para despedirse y les dio un par de castos besos en las mejillas a cada uno, aprovechando éstos para, sonriendo bobaliconamente, mirar descaradamente las tetas de mi madre que se asomaban por el escote de su vestido, así como tocarla disimuladamente el culo y la cintura.

Al girarse hacia mi padre y darles la espalda, las miradas de los dos amigos se clavaron lujuriosamente en las piernas y en el culo de mi madre. Miradas que debieron pasar desapercibidas a mi madre, pero no a mí, eliminando de un plumazo todo vestigio de cansancio o sueño.

Un ligero beso de mi madre a mi padre en la boca fue respondido por este, metiendo su cabeza por el escote del vestido de ella, y besuqueándola y lamiéndola las tetas, mientras la sujetaba con las dos manos las nalgas por debajo de la falda para que no escapara.

Cuando ella, forcejeando durante casi medio minuto, logró soltarse, tenía la cara colorada de vergüenza, no como mi padre que miraba triunfante a los dos hombres, como retándoles, pero sin decir ni una sola palabra:

¡Esta hembra es mía y gozo con ella cuando quiero, donde quiero y cómo quiero! ¡Jodeos, gilipollas!

Mi madre le recriminó en voz baja:

No bebas más, por favor. Estás borracho.

Pero mi padre la respondió gritando, levantándola la falda por detrás, y enseñando a los dos hombres el culo macizo y respingón de ella apenas cubierto por unas braguitas blancas que se metían entre los dos cachetes:

¡Enséñanos el culo, culo gordo! ¡Que vean lo que me follo todas las noches!

Tirando de su falda hacia abajo, se la logró bajar y se alejó deprisa de mi padre, saliendo casi a la carrera del salón, mostrando el rostro aún más encarnado.

Carcajeándose, siguieron su culo con la mirada, mientras mi padre, borracho, la gritaba, balbuceando:

¡Corre, culo gordo, corre! ¡Que ya te daré yo cuando suba una buena ración de rabo en ese culazo que tienes!

Al borde del llanto, mi madre, subiendo rápido por las escaleras, me alcanzó en el rellano y, poniendo su mano en mi hombro, me empujó suavemente y me dijo con dulzura:

¡Venga, hijo, a la cama, que ya es tarde!

Subí delante de ella, sin olvidar las miradas que la echaron y cómo mi padre la humilló en público.

¡Odiaba a mi padre cuando bebía y cómo se portaba con mi madre!

Entró mi madre conmigo en mi dormitorio y me ayudó a quitarme la ropa que llevaba y ponerme el pijama, luego metiéndome en la cama, me tapó con dulzura y me dio en la frente un suave beso de buenas noches.

Cerró lentamente la puerta a sus espaldas y la escuché encaminarse a su dormitorio, cerrando la puerta una vez hubo entrado.

Todavía recordaba las miradas que le echaron los dos hombres, impidiéndome conciliar el sueño, así que, después de llevar casi media hora en la cama sin poder dormirme, me levanté y, descalzo, salí en silencio de mi dormitorio, cerrando con cuidado la puerta. El único ruido que se escuchaba venía de abajo, de las voces que daba mi padre y los dos hombres.

Descendí sigilosamente por las escaleras hasta que pude ver a mi padre jugando todavía con los dos hombres a las cartas. Aunque dado el estado de embriaguez que tenían, más que jugar, bebían y balbuceaban, más que hablaban, en voz alta.

En cuclillas, amparado en la oscuridad, los observé con detenimiento. Poco a poco se fueron apagando hasta que mi padre, de pronto, se quedó dormido en el mismo asiento donde estaba sentado. Le escuché roncar ruidosamente, y, sorprendentemente, los dos amigos parecía que, en ese momento, estaban totalmente sobrios, ya que se dirigieron uno a otro miradas cómplices, sin intercambiar ni una sola palabra, y, al asentir con la cabeza uno de ellos, el otro se quitó en un momento los zapatos y se levantó de su asiento sin hacer el más mínimo ruido.

Pasó frente a mi padre, mirándole fijamente, pero éste ni se inmutó, continuó durmiendo profundamente. A continuación el hombre salió del salón y se dirigió hacia las escaleras, motivando que yo, sorprendido y sin querer que me viera, me moviera de donde estaba, deprisa pero en silencio, y subiera por las escaleras, camino de mi dormitorio.

Cuando iba a abrir la puerta para entrar, atisbe la frente del hombre, subiendo las escaleras y llegando al piso donde yo estaba. Temiendo que pudiera hacer algún ruido que delatara mi presencia, abandoné la idea de entrar en mi dormitorio y caminé deprisa, dejando a un lado la puerta del dormitorio de mis padres.

Me precipité a la terraza, donde, agazapado, esperé que desapareciera el hombre. No sabía qué hacía allí arriba, en el piso superior de nuestra vivienda, ya que, si lo que buscaba era el baño, había uno en el piso de abajo, próximo a donde jugaban a las cartas. Quizá deseaba tomar el aire fresco, ya que dentro de la casa hacía demasiado calor, y saldría a la terraza, pillándome allí mismo.

Pero no entro ni en el baño ni salió a la terraza, sino que ¡le escuché abrir la puerta del dormitorio de mis padres! Sorprendido, miré por la ventana al interior del dormitorio, y allí, iluminado por la potente luz de la luna llena que entraba por la ventana, observé al hombre, dentro del dormitorio, cerrando sin hacer ruido la puerta.

Seguí su mirada hasta la cama de mis padres, y sobre ella, mi madre, tumbada dando de espalda a la puerta, sobre la cama, con las piernas dobladas hacia delante y cubierta solamente por unas finas braguitas. Parecía que dormía profundamente.

Mi mirada se dirigió nuevamente al intruso y vi como acababa de quitarse el pantalón, quedándose completamente desnudo. Dejando tiradas todas sus ropas en el suelo, se acercó sin hacer ruido a la cama. Entonces fue cuando observé su gigantesco cipote, tieso y erguido, que, violando las leyes de la gravedad, apuntaba al techo.

¡No me lo podía creer! ¡Estaba impresionado, impresionado y muy excitado sexualmente! Pero ¿qué iba a hacer? Por un instante pensé inocentemente que se había equivocado, que estaba muy cansado y borracho, que solamente quería dormir, no sabiendo que allí dormía mi madre, o quizá solamente quería dormir en la primera cama que encontrase, pero sin molestarla, sin molestar a nadie, solo descansar, pero enseguida salí de mi error.

Lentamente se tumbó en la cama, deslizándose hacia donde reposaba mi madre. Colocó su mano derecha abierta sobre una de las nalgas de ella, y, al no causar ninguna reacción en mi madre, la empezó suavemente a sobar, dirigiendo su mano a las braguitas de ella, que agarró y movió hacia un lado hasta que descansaron sobre uno de los cachetes.

Se acercó más a ella y tanteó con sus dedos entre las piernas de mi madre, y, al encontrar su objetivo, hacia allí dirigió su rígido cipote, intentando metérselo entre las piernas, pero, al estar tan juntas, no lo consiguió, por lo que la empujó suavemente por las nalgas, a pesar de que mi madre, sumida en un profundo sueño, emitió algo parecido a una leve queja, hasta que poco a poco consiguió tumbarla bocabajo sobre una abultada almohada que colocó previamente en la cama a la altura de la pelvis de ella.

Tumbada bocabajo sobre la cama, con el culo en pompa, el hombre agarró con sus manos los laterales de las braguitas de ella y tiró despacio, hasta que, deslizándolas por sus redondas nalgas y por sus torneadas piernas, poco a poco se las quitó del todo.

Dejando caer las braguitas al suelo, la separó lo suficiente las piernas, para colocarse de rodillas entre ellas y, tanteando con su miembro erecto, encontró, ahora sí, el acceso deseado, y la fue metiendo poco a poco su cipote hasta el fondo, hasta que sus cojones chocaron con la vulva de ella, y, una vez dentro, se lo fue sacando poco a poco, deteniéndose poco antes de sacárselo del todo, y empujando, fue, otra vez metiéndoselo hasta el fondo, y así una y otra vez, lentamente al principio pero cada vez más rápido, hasta que mi madre fue poco a poco despertándose, y, sorprendida, empezó a gemir, a jadear y gemir de placer.

Sujeta por las nalgas y sin voltear la cabeza, mi madre se dejó hacer, dejó que se la follaran a placer, disfrutando y dejando disfrutar, aumentando cada vez más el volumen de sus gemidos, de sus jadeos y de sus ahora chillidos, al ritmo de las embestidas a las que el hombre la sometía, acompañando siempre el tam-tam de los cojones del tipo al chocar con la vulva de mi madre.

Dándose cuenta que podía despertar a su hijo que, en teoría dormía en la habitación contigua, intentó aminorar sus sonidos, sin conseguirlo la mayoría de las veces, hasta que de pronto, las arremetidas cesaron, y el hombre, gruñendo, descargó dentro de ella todo su esperma.

Permanecieron varios segundos sin moverse, disfrutando del polvo que habían echado, hasta que el hombre la desmontó y se levantó tranquilamente de la cama y recogiendo del suelo las braguitas de ella y su propia ropa, salió del dormitorio, cerrando la puerta a sus espaldas y dejando a mi madre, satisfecha e inmóvil, tumbada bocabajo sobre la cama y con el culo en pompa.

Observé cómo el hombre, después de vestirse y guardarse las braguitas en el bolsillo, bajaba ufano por las escaleras, y volví mi atención al dormitorio donde habían echado un buen polvo a mi madre.

Ella, después de estar unos minutos tumbada bocabajo sobre la cama, se volteó perezosamente, quedándose completamente desnuda y despatarrada, tumbada bocarriba sobre la cama, y con los brazos extendidos hacia la cabecera del lecho.

No había pasado ni un minuto cuando la puerta del dormitorio se abrió nuevamente y el otro hombre entró en la habitación, pero ahora venía totalmente desnudo y con un impresionante empalme de caballo. Se acercó a la cama donde estaba mi madre, y ella, inmóvil, giró levemente la cabeza para mirar quién se acercaba, pero antes de que pudiera verlo con nitidez, éste se tumbó entre las piernas abiertas de ella, y, sujetando con su mano derecha su verga inhiesta, se la metió poco a poco hasta que entró en su totalidad.

Escuché jadear nuevamente a mi madre al ser otra vez penetrada, pero no hizo absolutamente nada por impedirlo, sino todo lo contrario, levantó sus piernas y las enroscó en la cintura del hombre, haciendo que la penetración fuera todavía más profunda si cabe.

Apoyándose en sus fuertes brazos, el hombre contempló como las tetas de mi madre se bamboleaban descontroladas en cada una de sus embestidas.

Les escuché, tanto a ella como él, resoplar, jadear y gemir, mientras follaban, así como el repiqueteo de los genitales del hombre al colisionar una y otra vez con el perineo de mi progenitora.

Dudé en ese momento que mi madre no se diera cuenta que no era precisamente su marido el que se la estaba nuevamente follando, pero posiblemente el rostro del hombre permaneciera en la sombra, impidiendo ser reconocido.

Como no lograba finalizar, se tumbó sobre ella, lamiéndola y sobándola las tetas, hasta que, tras varios movimientos enérgicos, el hombre alcanzó su clímax, y disfrutó, sobre mi madre, de su bestial orgasmo.

Tras poco más de un minuto, se incorporó y´, sin decir ni una sola palabra, salió de la habitación, dejando a mi madre recién follada.

Escuché dos o tres minutos después un portazo en la puerta de la calle y supuse bien que los dos hombres se habían marchado.

Fue entonces cuando mi madre, se levantó de la cama y se metió en el baño, cerrando la puerta tras sí.

Escuchando cómo salía el agua de la ducha, bajé al piso de abajo, y encontré a mi padre, que acababa de despertarse por el portazo y, levantándose a duras penas de su asiento, se dirigió bamboleante, sin advertir en ningún momento mi existencia, por las escaleras al piso de arriba.

Logró llegar con riesgo de precipitarse escaleras abajo, y, entrando en su dormitorio, se tiró encima de la cama donde hacía unos minutos se habían tirado dos tíos a su mujer, quedándose al momento profundamente dormido.

Mi madre, saliendo del baño, apenas cubierta con una toalla, se la quitó al aproximarse a la cama, descubriendo su hermoso cuerpo desnudo, reluciente por la luz de la luna, y allí mismo, ante el cornudo de su marido, cogió del armario unas bragas y una camiseta, poniéndoselas, para tumbarse, a continuación, también en la cama, pero tan lejos como pudo de su ebrio esposo.

Aguanté varios minutos sin moverme, solo observando hasta que escuché la respiración profunda también de mi madre y, con la seguridad de que dormía, salí despacio y sin hacer ruido de la terraza y me fui a mi cama a dormir.

Dudé siempre si mi madre se dejó follar por alguien que no era su esposo o si pensaba que era mi padre el que se la estaba tirando.

Eso fue todo lo que recuerdo que sucediera esa noche, pero fueron más, muchas más, las reuniones que tuvieron mis padres las noches de los sábados con sus amigos, y que yo, poco a poco, os iré contando.

Le dejo el semen a mi hermana

Nunca he sido de esos que les ponen las bragas de su hermana. O que la espían, o se la cascan pensando en ella. Por eso, lo que a otros puede parecerles una situación súper excitante, como encontrar ropa usada en el suelo y olerla, a mí me repugna.

Cuando aquel día estaba llegando a casa no hacía más que pensar en la comida. Subía las escaleras imaginándome el guiso que nuestra madre nos había dado en un taper. Pero al abrir la puerta, lo primero que vi fueron sus bragas en el suelo. No es que se me cortara el hambre, pero sentí una punzada de rabia en la boca del estómago. Las cogí con resignación, y las eché al cesto. Una vez más, me juré que era la última que hacía ese gesto, sabedor de que incumpliría la promesa. Por el estado de la cocina, ella ya había comido y se había ido rápidamente a trabajar: la mesa a medio recoger y los platos por supuesto sin fregar.

Me tocó a mí limpiar y ordenar todo después de comer. Bueno, la verdad que siempre me toca. Ella es algo mayor que yo (veintinueve, yo veinticuatro), y trabaja, mientras que yo estoy terminando la carrera. Pero que ella trabaje no es motivo para que pase de hacer las cosas de casa; aunque cuando se lo digo es como predicar en el desierto.

Cuando ella empezó a estudiar, nuestros padres le cogieron un piso de alquiler en la ciudad donde estaba la universidad. Al iniciar yo la carrera, fui a vivir con ella, a pesar de algunas quejas por su parte al principio. No entiendo muy bien aquellas protestas; le viene bien que esté allí ya que casi siempre me he ocupado de las labores del hogar.

Por la noche escuché que llegaba y salí de mi cuarto a recibirla. No me gusta discutir, pero le tenía que llamar la atención (sabía que sería en vano).

– Marta, te has dejao otra vez las bragas por ahí –le reñí.

– Joder enano haberlas dejao que ya las recogía yo ahora –sus defensas siempre eran en esa línea-. Además, si te dejas tú los gayumbos los recojo y no te digo nada. ¡Pero nunca los dejas porque eres taaaan ordenado jajajaja! –soltaba una risotada o una chanza y así acababa las discusiones.

Mientras me hablaba colgó el bolso y se despojó de la chaqueta; se dirigía a su habitación evidenciando que le resbalaba lo que le dijera. Pero no estaba dispuesto a rendirme tan fácilmente y la seguí.

– ¿Y los platos qué, eh? –le recriminé.

– Joder tío siempre te lo digo, déjalos y ya los frego yo cuando llegue –replicaba mientras se descalzaba y se bajaba los pantalones. Eso es otra cosa que me toca las narices: se desviste y se pasea medio en pelotas delante de mí como si nada.

– Sí hombre claro, y están los vajillos ahí hasta la semana que viene –repuse, al tiempo que ella seguía quitándose prendas.

– Hala maño no me des más el coñazo que me voy a duchar –dijo ya en ropa interior.

Entonces se desabrochó el sujetador y sus pechos quedaron al descubierto. Me di la vuelta contrariado para no verla, porque no me gusta que haga esas cosas, algo que ella sabe de sobra.

– ¡Hostia Marta…!

– ¡Jajaja toma ya! –se burló lanzándome el sostén a la cabeza-. ¡Como si no me las hubieras visto nunca! ¡Da gracias que no me quito las bragas y las dejo tiradas otra vez y te enseño el culo! –exclamó alejándose por el pasillo en dirección al cuarto de baño, entre risas.

Era verdad lo que decía, no era la primera vez que le veía las tetas, puesto que se cambiaba sin ningún pudor, sobre todo la parte de arriba. El coño también se lo tenía visto, aunque menos veces. Y no porque le diera vergüenza, sino porque sabía que me hacía sentir incómodo con sus costumbres poco recatadas. Era normal que estuviera por casa sólo con bragas y una camiseta, sin nada debajo; o que meara con la puerta abierta. Y le gustaba hacerme “calvos” a menudo.

Después de cenar me senté en el sofá a ver la tele. Ella estuvo un rato en su habitación, hablando por WhatsApp con sus amigas, y luego vino. Estaba en pijama, que constaba de un pequeño pantalón corto y una camisa abotonada. Se sentó con los pies en el sofá, y empezó a mirarse los dedos descalzos. Llevaba algo en la mano. Era un cortaúñas. Lo comenzó a usar: clic. Clic. Clic.

– ¡Marta no me jodas…! –le espeté.

– ¿Qué? –preguntó sin mirarme mientras seguía con su labor. Clic, clic, clic.

– Coño cómo que “qué”, pues que no te cortes aquí las uñas.

Pero siguió en silencio cortándose las uñas. Clic, clic, clic.

– Sabes que me las tengo que cortar después de ducharme porque están más blandas –dijo al fin con toda la parsimonia y tranquilidad del mundo.

– ¡Coño pero no aquí rediós!

De nada sirvieron mis protestas, porque continuó con lo que estaba haciendo. Sólo podía esperar a que acabara.

– ¡Toma, pal bocata jajajaja! –dijo mientras me lanzaba un trozo de uña del dedo gordo-. ¡Esa era grande, eh! ¡Jajajaja!

– ¡Qué cerda eres! –le insulté, cogiendo el trozo de uña y tirándoselo a ella, pero acabé riéndome también.

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Días después de aquello, llegaba a casa después de estudiar toda la tarde en la biblio. Entré y el piso estaba en silencio, por lo que pensé que mi hermana no estaba. Dejé la mochila y fui al váter a mear. Justo al entrar me la encontré completamente desnuda, sentada en el bidé espatarrada. Llevaba algo blanco en el coño.

– ¡Hostia puta…! –proferí dándome la vuelta rápidamente y saliendo. Lo que hacía era afeitarse el pubis.

– ¡Joder qué susto me has dao enano! Me estoy afeitando el coño –dijo Marta.

– ¡No jodas! ¿En serio? ¡No me había dao cuenta! Pensaba que te estabas haciendo la permanente. No te jode –ironicé.

– ¡Jajajaja! Idiota. Anda entra. Va que me tapo –me pidió.

– Que no tía que no entro. ¿Qué quieres? Además, podrías cerrarte la puerta.

– Que esta cuchilla no corta y necesito una tuya poooorfiiiii –suplicó desde su frío trono.

– Pffff… ¡joder! –bufé, pero sabía lo que me tocaba-. Anda tápate un poco que te doy una.

– ¡Gracias enano!

Entré sin mirarla, interponiendo la mano entre mis ojos y ella. Abrí el mueble del lavabo con la mano libre, y cogí un par de cuchillas desechables nuevas. Efectivamente, se estaba tapando, pero sólo con las manos, y únicamente el coño. Pasaba de ocultarse los pechos. Yo seguía con una mano delante cubriendo en la medida de lo posible su visión. Inevitablemente, le veía las tetas, no muy grandes, pero bonitas de verdad. Simétricas, blanquecinas, y con pezón rosado de chica joven. Aparté de ahí la mirada; pero al cogerme las cuchillas que le ofrecía, se destapó parcialmente el sexo y vi pelos mezclados con crema de afeitar. Sin querer, o queriendo, moví imperceptiblemente la palma y le intenté ver más, ver la raja. Pero como ella aún tenía ahí una mano, apenas pude distinguir nada.

– Anda toma, jodida nudista enferma –dije al tiempo que me cogía las cuchillas.

– Que soy tu hermana tío, que no pasa nada porque me veas en pelotas.

– ¡Que te den! –grité saliendo ya del baño.

– ¡Reprimido! ¡Jajajaja! –escuché su carcajada mientras me alejaba.

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Tal y como comentaba al principio, nuestra madre nos deja comida los findes para que tengamos durante la semana. Normalmente, los viernes, volvemos al pueblo a pasar allí el fin de semana. Yo más veces que ella, porque mi hermana se suele quedar y sale por las noches en la ciudad. No es que yo no salga, pero prefiero hacerlo por el pueblo, con los amigos de siempre.

El día siguiente de verla en el bidé, con espuma de afeitar en sus bajos, era viernes. Pero no fui al pueblo; tenía que estudiar y me pasé toda la tarde en la biblioteca. Mi hermana debía de haber salido como siempre, con los compañeros del trabajo al acabar la jornada, o con alguna amiga.

El caso es que después de estudiar, fui a cenar y tomar algo con unos colegas para despejarme. Se me hizo un poco tarde, sería la una o las dos de la noche cuando volví a casa. Al girar la llave, y abrir la puerta, me encontré a Marta a cuatro patas en el sofá; un tío jadeante se la follaba desde atrás.

– Es que no me jodas… -murmuré cabreado, enfilando el camino a mi habitación.

– ¡Hostia! –exclamó Marta; aún llegué a ver que se separaba del tío.

Desde mi cuarto escuché algunas voces en tono bajo; luego pasos, y por último nada. Debían haberse ido a terminar a su dormitorio. Estaba enfadado, y no porque se follara a un tío –podía hacer lo que le diera la real gana, sólo faltaba-, sino porque lo hiciera en el sofá. Y con la poca precaución de que llegara yo y me encontrara el espectáculo porno. Así que me desvestí y me dormí.

Por la mañana, hacia las once, sentí golpes en la puerta. Toc toc. Abrió Marta sin esperar respuesta. Iba en bragas y camiseta.

– Enano… se puede?

Al igual que cuando golpeó la puerta, se metió en mi cama sin esperar a que contestara. No lo hizo con ánimo libidinoso ni provocativo; desde pequeños hemos dormido muchas veces juntos o nos hemos metido en la cama del otro si está cabreado, triste, preocupado, etc.

– Me perdonas…? –me rogó tumbada a mi lado, bajo las sábanas-. Que pensaba que te habías ido al pueblo con los papas… -mientras hablaba, me rozaba constantemente con los pies en las piernas, desde la rodilla hasta el empeine, y vuelta a empezar.

– Hmmm… -vacilé, girándome hacia el otro lado. El motivo no era “hacerme el duro”, sino que físicamente estaba duro: tenía una erección matutina casi dolorosa, y no quería que la notara.

– Hala, veeengaaa… -imploraba.

– Así que por eso te afeitabas el otro día el chocho, ¿no? ¡Jajaja! –bromeé al fin.

– ¡Jajajaja claro querido Watson!

– Bueno, pero no folles con tíos en el sofá por favor. ¡Que no quiero sentarme encima de la corrida de alguno! –le pedí.

– Vaaaale jajajaja –aceptó al tiempo que me daba un empujón. Al devolvérselo, le di sin querer con la polla dura en la tripa, y se dio cuenta-. Uy. ¡Uy! ¡Si estás empalmao! ¡Jajajaja! ¡Esto sí que no me lo esperaba!

– ¡Quita imbécil! –dijo algo nervioso.

– Jajajaja vale vaaaale, te dejo tranquilo –y salió de la cama-. ¡…Para que te la casques a gusto pensando en lo que viste anoche jajajaja! –y me agarró durante un par de segundos el miembro por encima del calzoncillo, simulando hacer una paja-.

Mientras se iba, se bajó la braga un palmo, enseñándome el culo mil veces visto, pálido, redondo y perfecto, y de esa guisa se alejó andando.

– Capulla… -mascullé.

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Esa misma noche había quedado con unos amigos de la facultad. Tenía ganas de juerga después de tanto estudio. Le dije a mi hermana que saldría, más que nada para que tuviera cuidado si traía a alguien a casa.

– Vale enano, yo también he quedao con estas –me informó.

– Pues si eso te doy toque por la noche a ver donde estáis, pero vamos que creo que estaremos por el Casco así que no creo que te vea.

– Vale vale, nosotras iremos a la Zona como siempre –apuntó Marta.

Salí con mis amigos, como habíamos previsto, por los bares del Casco. Nos echamos unos cuantos cubatas, y ya íbamos con el puntillo. Estando en un garito no muy grande, pero lleno de tías, vi un grupo de féminas con el que pensé que tendría posibilidades, y me quise acercar. Pero en ese momento me pegaron un tirón de la camisa. Me giré y era Marta.

– ¡¡Eeehhhh ese enanoooo!! –yo estaba cascao, pero era evidente que ella iba peor.

– ¡Hombre! ¡Al final no habéis ido a la Zona…! –tenía que hablar a gritos, para que me oyera con la música alta del bar.

– ¡Nooo, al final aquí! –exclamó mi hermana.

Me cogió de las caderas y se puso a bailar sensual. Yo la acompañé, agarrándola por la cintura. Pero ella cada vez se refrotaba más; apretaba su cuerpo con el mío y podía sentir sus tetas que se chafaban contra mi pecho. Le seguí el juego y acaricié sus hombros y brazos, tal y como lo haría con una chica a la que me quiero ligar. Entonces me puso ambas manos en el culo y apretó, y me atrajo contra sí. Ahí ya me pareció que se estaba pasando un poco.

– Marta… qué haces tía… -le susurré al oído.

– Calla –me ordenó, y continuó con su cadencia.

Dejó el culo y se puso a manosearme el pecho y la espalda. Me parecía mal lo que hacía, pero me estaba excitando bastante. Era como cuando le intenté mirar el coño cuando se afeitaba: no quería y la conciencia me decía que no, pero no lo podía evitar.

– Ven, que te voy a presentar –dijo entonces.

Sentí alivio porque pensé que así acababa esa situación tan públicamente erótica, a la vez que incómoda.

Pero me equivocaba.

Me cogió de la mano y me guió hasta su grupo. Eran cuatro chicas, todas guapas y pretas, de unos veintiocho o treinta años.

– Esta es Susi, Carolina, Elena, y Sandra –dijo, mientras yo iba una a una dándome dos besos-. Y este es… ¿oye cómo te llamabas?

– Marta pero qué dices… -inquirí extrañado.

– ¡Jajaja que cómo te llamas! –repitió mi hermana.

Estaba flipando, así que me acerqué para hablarle al oído.

– ¿Marta qué coño haces? ¿No les has dicho que soy tu hermano? –le pregunté de cerca.

– Jajaja noooo… Así es más divertido, ¿no? –contestó riendo.

Me volvió a coger de las manos y desistió de seguir con las presentaciones a sus amigas, que observaban sonrientes como pensando “esta ya ha ligado”. Bailó mirándome a los ojos, y continuó con su sobeteo por mi cuerpo. Me puso las manos en el culo otra vez, y apretó. Yo, que ya daba por imposible el recriminárselo y que me hiciera caso, opté por hacer lo mismo. Le cogí fuertemente el culo, y se lo sobé bien, desde la pierna hasta la rabadilla, estrujándolo. A ver si así se quedaba pillada y dejaba de calentarme. Pero ante mi sorpresa, no hizo nada; parecía disfrutar.

Recostó su cabeza contra mi pecho, bailando despacio. Me besó por encima de la ropa, subió hacia arriba… buscaba mi boca. Ella tenía los ojos cerrados, y se acercaba. Volví a hacer algo en contra de mi voluntad; bueno, realmente mi voluntad era besarla. Le correspondí con mis labios, que se juntaron con los suyos y juguetearon, húmedos ambos. Ella estaba ardiente y me besaba con pasión, cogiéndome la cara tiernamente con las manos. Yo atraía su cuerpo contra el mío, mordiéndole el labio inferior. Entonces ella abrió más la boca, ofreciéndome su lengua. Eso no quería hacerlo, creía que ya habíamos tenido bastante; pero nuevamente, sucumbí. La lengua de mi hermana se entrelazó con la mía y perdí la noción del tiempo. Ya no sabía si mis colegas aún estaban allí o se habían ido, ni me importaba.

Fuimos a la barra a por dos cubalibres. Nos los bebimos mientras bailábamos; pero ya sin morrearnos.

– Marta, estás pirada, yo no sé qué coño… -empecé a decir.

– ¡Calla atontao! –me exhortó con su habitual autoritarismo. Bebió lo que quedaba de su ron-cola.

Se puso a bailar otra vez, pero se tropezó y tuve que agarrarla por las axilas para que no diera con sus huesos en el piso.

– Venga Marta, se acabó, te llevo a casa. Vas borracha –esta vez fui yo el del tono imperativo.

– Halaaaa nooooo… no me quiero ir aún… -suplicaba, pero no opuso resistencia.

Se despidió de sus amigas, que parecían recelosas de que se viniera conmigo, como si pensaran que me iba a aprovechar de ella o algo así.

– ¿Estás segura, Marta? –escuché que le decía una de ellas.

– Sí sí, no os preocupéis, tranquilas –le respondió mi hermana.

Otra se dirigió a mí, con semblante serio:

– Ten cuidao eh chaval, no te pases –me advirtió.

– Tranquila, conozco a su hermano de sobra –le contesté.

– Bueno, pues cuídala –sentenció.

“No lo sabes bien”, pensé.

Nos fuimos andando, para que con el paseo se le pasara (se nos pasara, que yo también llevaba lo mío) el ciego.

Ya en casa, la acompañé a su cuarto y le llevé agua; no hizo falta que le ayudara a desvestirse porque en el intervalo en el que fui a la cocina a por una botella, ya estaba en bragas y camiseta, y medio dormida.

– Quédate a dormir conmigo, enano… – murmuró con los ojos cerrados.

– Que no coño, mira lo que ha pasao antes en el bar –me negué, con más cabeza que otra cosa.

– Brrbmpf vengaaaa… -balbuceó, pero yo ya me iba a mi habitación.

Me acosté pensando en lo que había pasado, y me costaba creerlo; era como si una cortina de irrealidad se cerniera ante mis ojos. Pero no me costó nada dormirme, por el estado etílico que tenía.

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Por la mañana desperté con la boca algo pastosa, y tras unos segundos de desconcierto, me vino el recuerdo como una bofetada de realidad. “Madre mía la que se lió anoche; espero que no nos viera nadie conocido…”. Me incorporé para coger mi vaso de agua de la mesilla, pero topé con algo.

– ¡Coño! ¡Qué haces aquí! –dije sobresaltado; era Marta con lo que había chocado.

Emitió unos sonidos aún dormida, “ggrrrrmppfff”.

La zarandeé levemente del hombro, para que se despertara. Entonces abrió los ojos y sonrió.

– Buenos días, enano… -dijo con un hilo de voz, aún casi en sueños.

– ¿Has venido a mi cama? –pregunté tontamente.

– Jijiji siii… -respondió risueña.

Unos rayos de luz entraban por la ventana, y pude ver una expresión de felicidad en su bello rostro. No sé si se debía a que el alcohol aún corría por sus venas.

– Bueeeeno vaaaale, pero déjame dormir que aún tengo sueño –dije, girándome hacia el otro lado.

– ¡Jijijiji vale! –accedió mi hermana.

Se apretó a mí y me abrazó, rodeándome por la espalda. La notaba muy cerca; sus pechos se oprimían detrás de mí. Tan próximos los sentía, que me pareció que estaba sin ropa. Lo comprobé, pasando la mano desde sus piernas hasta los hombros, para llevar si llevaba algo puesto aunque fuera abajo. Todo lo que toqué fue su piel; estaba desnuda por completo.

– Marta… -empecé a decir.

– ¿Siii…? –contestó somnolienta.

– Que estás en pelotas.

– Sí… -respondió a media voz.

Me puse nervioso y el sueño se me pasó de golpe. Entrelazó sus piernas con las mías, y se puso a juguetear con los pies. Me empezó a besar la espalda sobre la ropa, y sus manos se metieron dentro de la camiseta. Me acariciaba los pezones mientras seguía con los besos, y no pude controlar la polla, que se me puso dura muy rápido.

– Martaaa… -protesté a modo de reprimenda, pero era inútil.

– Quiero acabar lo que empezamos ayer… No te creas que no me acuerdo por ir borracha… -en ese momento su mano pasó a mi paquete, húmedo de lubricación; primero por fuera, y en seguida la metió dentro y me agarró el miembro.

Se puso de rodillas, me quitó la camiseta, y nos besamos apasionadamente. Creía que lo de la noche anterior había sido un error tonto de borrachera, y que no se repetiría, pero ya veía que no.

Me bajó los calzoncillos y quedé desnudo. Me besó en la boca, y fue bajando lamiendo mi cuello, mi pecho, mi ombligo.

– Te voy a hacer la mejor mamada de tu vida –amenazó.

– No… Eso sí que no… -dije sin convicción.

Se la metió en la boca, y empezó a chupar con fruición. Disfrutaba tanto o más que yo, y lo hacía a la perfección. Cada vez me excitaba más, y tenía que contenerme para no correrme. La sacaba y la lamía por los lados; le daba besos; succionaba los testículos. Combinaba con movimientos de mano, momentos en que se acercaba y nos besábamos con lengua. Entonces, colocándose arriba, procedió a introducirla en el coño; y yo, aunque una vez más no quería, no podía evitarlo.

– ¡Espera! –le pedí.

– ¿Qué…? –dijo mi hermana con los ojos cerrados, con el pene ya en su interior.

– Un condón… espera que cojo uno… de la mesilla… -sugerí entre jadeos.

– No hace falta enano… tomo píldora… hmmmm… -dijo mientras resoplaba.

Me incorporé para estar aún más de cerca de ella, y la abracé. Ella me correspondió y nos besamos salvajemente, chupando el cuello y pasando la lengua por la cara, mientras cabalgaba encima de mí.

Estábamos extasiados; mi goce era doble: por una parte, por disfrutar de un sexo fantástico; por otra, que fuera con mi hermana y darle placer a ella. Por sus gestos y gemidos, y la manera de besarme, intuí que ella sentía lo mismo.

– Madre mía… qué diferencia con el de ayer… -resollaba mi hermana. Con eso tuve la seguridad de que ella estaba sintiendo lo mismo que yo.

– Sí sí, pero… yo casi no puedo más Marta…

– A mí me queda muy poco… uffff… si te corres tú seguro que me corro contigo… -dijo.

Al decir ella eso, marqué el paso, hasta que comencé a sentir el delicioso cosquilleo previo a los espasmos, y me corrí en su interior con un fuerte grito al que se unió el de mi hermana. Me arañó la espalda con las uñas mientras tenía su orgasmo, lo que aumentó mi placer que todavía palpitaba.

Nos quedamos así, sentados y unidos en un abrazo, no sé cuánto rato. No hablamos, ni siquiera nos besamos. Sólo nos quedamos muy juntos, sintiendo el calor del otro.

Por fin, nos tumbamos; ella me acariciaba el pelo.

– Vaya marrón, ¿no? –reflexioné.

– Hombre marrón marrón… yo más bien lo veo blanco –bromeó una vez más Marta, señalando el hilillo de semen que le salía de la vagina.

– Jajaja, qué idiota eres… Te quiero mucho Marta.

– Y yo a ti, enano.

El morbo de follar con mi madre

Todo comenzó aquel día que después de cinco años de no ver a mi madre. Yo me había ido de mi país, en busca de un futuro mejor. Por suerte mis proyectos se cumplieron mejor de lo había pensando. Casi los cinco años en el extranjero, fue suficiente para conseguir un muy buen trabajo y una excelente vida, con bastantes lujos.

Siempre que hablábamos por teléfono con mi madre ella lloraba, diciéndome lo mucho que me extrañaba, y lo que me necesitaba, a mí eso me partía el alma. En este tiempo mi madre se había separado de mi padre, cosa que no me extrañó mucho, porque hacia mucho tiempo que las cosas no andaban bien con ellos. Sabiendo que mi madre no estaba muy bien, no dudé en invitarla. Sin pensarlo, al ofrecerle mi invitación ella dijo que sí. Pero no quería viajar sola, así que lo hizo con una de mis tías. Ella, mi madre, tiene 42 años, mi tía tenía en 35 años, eran y son, unas mujeres muy hermosas. Mi madre siempre fue muy linda. Aunque nunca la había mirado como una mujer sexy. Sabía que lo era, por la forma de ser ella, atrevida y provocativa. Mis amigos siempre me lo decían, cosa que siempre me molestaba. Pero muy dentro de mí sabía lo atractiva y apasionada que ella era. Llego el día. Las fui esperar a aeropuerto. Fue reencuentro muy emotivo. Las dos estaban hermosas, muy sexy, mi tía con pantalón de cuero, ajustado, marcando todas sus curvas, y una remera muy ajustada, delineando muy bien sus pechos, lo cual no paso nada desapercibida entre toda la muchedumbre. Mi madre, siempre fue más clásica, pero aun así, mucho más sexy. Una pollera muy corta, hasta las rodillas, unos tacos muy altos, una camisa, transparente, que dejaba ver sus hermosos pechos, debajo de su corpiño de encaje.

Después de un mes de estar en casa, la estábamos pasando muy bien. Yo me sentía muy a gusto con ellas y al parecer ellas también. Cada uno tenía su habitación. Yo siempre llegaba tarde de mi trabajo y ellas me esperaban, junto a mi novia, para cenar.

Tendría que hacer un capitulo aparte, sólo para hablar de ella. Mujer físicamente perfecta. Es y será hermosa, medidas espléndidas. Y lo que más me gustó de ella es su devoción al sexo.

Esa noche, salimos con mi novia, los dos solos. Una noche normal de una pareja. Y al regreso, sexo y más sexo en mi habitación. Ese día los dos estábamos muy excitados, lo pasamos realmente bien. Ella gemía como nunca, que seguramente esos gemidos los había escuchado mi madre o mi tía. Estábamos los dos agotados, mi novia se durmió profundamente. Y fui a buscar desnudo algo de tomar.

Voy hasta la cocina y al regreso, siento unos ruidos. Me paralizo. Y no sabía qué era. O por lo menos no quería imaginar que era. Efectivamente eran susurros de excitación, provenían de la habitación de mi madre. No lo podía creer. Era mi madre, masturbándose me pregunté. Seguía sin querer creerlo. Sigilosamente abrí la puerta de la habitación y vi, a través del espejo, a mi madre masturbándose delicadamente. Mi erección fue instantánea. Se masturbaba entre las sabanas, mi morbo quería ver más. Casi como escuchándome se destapa del todo y veo su mano entre sus piernas, recorriendo dulcemente cada rincón de su vagina, penetrándose tiernamente. Con la otra mano entre su camisón de seda, se acariciaba sus pechos, se los pellizcaba, era grandioso. Era mi madre masturbándose. Mordió el camisón, para no gritar, porque obviamente estaba por llegar a un majestuoso orgasmo. Sentía el perfume de mujer ardiente en la habitación, me estaba volviendo loco. Y vi cómo llegaba a un orgasmo, sus gemidos entre cortados, su repicaron agitada… y con un final que me dejó total paralizado. Entre su cuerpo deseoso y el silencio de la noche, dijo… mi nombre. Paralizado por aquella situación, encendió en mi conciencia los pensamientos más morbosos, quería buscar junto a ella la suma nuestro placer, estaba listo para hacer amado por mi madre.

Lentamente me fui a mi habitación. Mi novia me preguntó qué me pasaba, al verme tan excitado. Me miró, sonrió y me dijo: Mi amor, cómo estas hoy. Hice el amor con mi novia, como nunca, pero pensando únicamente en mi madre.

Pasé toda la noche recordando lo ocurrido. Aunque, traté de olvidar todo pero me fue imposible. Al otro día como todas las mañanas anteriores mi madre se levantó a prepararme el desayuno antes de irme a trabajar. Mi novia seguía durmiendo, había tenido una noche muy apasionada.

Al verla a mi madre, aquella vez, no fue como todas las mañanas. Tenía puesto un vestido largo, con un gran escote en sus pechos. Estaba preciosa. Observé sus pechos, no estaba utilizando nada más que un vestido, y seguramente y diminuta tanga. Sus pezones se marcaban en el vestido. Ella se dio cuenta que algo me pasaba. Y me lo preguntó.

– Qué te pasa mi amor. – Nada, tan sólo te aprecio. Te dije alguna vez que sos hermosa. Le contesté. – Sí muchas veces, me contestó y me volvió a preguntar : ¿Qué te pasa? – La miré a los ojos y obviamente no le pude decir que quería gozar con ella. Después de unos segundos de silencio. Mientras hacía que miraba el diario. Ella se acercó y me dice:

– Amor, no quiero entrometerme en tu vida, pero anoche, veo que la pasaron muy bien con tu novia.

No dije nada tan sólo la miraba.

– No es por mí, mi amor, pero recordá que está también tu tía. – ¿Se escuchó? Pregunté. – Sí y cómo Me contestó. – Sonrío, y le pido perdon, diciéndole que no fue nuestra intención. Ella me acarició muy tiernamente mi cara, diciendo:

– Me encantó escucharlos hacer el amor. – Mi sonrisa se borró de mi cara. Y ella se paró y se fue a su habitación. No podía creer lo que estaba pasando. Me dirigí hacia la habitación donde estaba ella, golpeo y pregunto si podía entrar. A lo que contestó que sí. Entré, y sentí otra vez, ese aroma a mujer excitada, de la noche anterior.

– Me estaba por cambiar me comenta – Por qué dijiste que te gustó, pregunté. – ¿Qué cosa ? me responde.

La miré seriamente.

– Mi amor, no pensé que te había molestado, tan sólo dije que me gusta sentir como los demás disfrutan del buen sexo, y especialmente mi hijo. – Para eso momento yo llenos de deseos hacia ella. Le pregunté:

– Cómo podés decir eso mamá, soy tu hijo. – Se sentó a mi lado. Y no pude evitar mirarle el escote. Ella me dice:

– Soy tu madre, y tú me miras los pechos, ¿qué diferencia hay?.

Cerré los ojos, me tomé la cara con mis manos. Diciendo:

– ¿Qué pasa mamá. ?

Ella me sorprende con otra pregunta:

– ¿Te parezco atractiva?.

Sin pensarlo le digo que es hermosa, siempre me pareció hermosa. Y me sorprende otra vez. – Anoche te vi amor, cómo hacían el amor con tu novia, y me encantó.

Mientras tanto me seguía acariciando pero ahora la pierna. Y le contesto:

– Anoche te vi cómo te masturbabas.

Se detuvo. ¡¡¡Me viste!!! Sorprendida aclamó. Y después de unos segundos me preguntó:

– ¿Qué te pareció? – No lo podía creer mama, estaba muy excitado, me encantó.

Ella sin pensarlo dirigió su mano a mi bulto. El cual era bastante visible . Al tocarme ella, mi madre, me recorrió tu terrible escalofrío. Pero yo no dudé, en dirigir mi manos a sus pechos. Ella me masturbaba sobre el pantalón. Yo acariciaba sus pechos, sobre su vestido. Lentamente corrí los breteles de sus vestido. Y vi sus hermosos pechos, sus pezones erectos… era todo un sueño. Sin pensarlo dirigí mi boca a ellos. Antes de rozarlos con mi boca, ella ya estaba gimiendo. Al tocarlos con mis labios, me abrazó, y se dejó caer sobre la cama. Ahí comenzaría todo. Me acomodé sobre ella. No dejaba de besar sus pechos, morderlos, pellizcarlos… ella ya había buscado mi pene por debajo de mi pantalón. Sus palabras eran: no pares mi amor, seguí, soy toda tuya… como tu novia. Me volvía loco. Me paré. Y me desnudé quedando a la vista con mi pene erecto. De un solo empujón le saqué el vestido. Y sentí una oleada de perfume de mujer excitada. Fui directamente a su boca. Nos besamos como nunca lo había hecho con alguien. Mientras frotaba mi pene, sobre su vagina húmeda, ella movía sus caderas. La miré a los ojos, y dirigí mis manos a su centro de placer. Lentamente le saqué su tanguita. Y llegué a sentir su calor con mis dedos, la penetré con mi dedo.

– ¿Así lo hacías anoche? O mejor- – Ella no dejaba de gemir. La masturbé por unos minutos. Hasta que le saqué mis dedos y los coloqué en su boca. Me los limpió con una buena perra. Y lentamente fui con mi boca, a su centro de pasión. El aroma era penetrante. Pero sin pensarlo, comencé a lamer su vagina. Mi lengua la estaba violando. Y no dejaba de gemir, hasta que llegó a un orgasmo, sentí todos sus jugos en mi boca. Casi rogándome me dice que la penetre. Sin pensarlo, me pongo sobre ella, y tomo mi pene, y le rozo intencionalmente sobre su vagina, hasta que ella misma me lo agarra, y se lo mete brutalmente. Sentí que estaba en las nubes. Ese calor era increíble. Comenzó un movimiento majestuoso, era una princesa mi madre en la cama. Yo la acompañaba. Me rodeó con sus piernas, y brazos. Yo seguía con mis movimientos, hechizado por la pasión de mi madre, abraza muy fuerte y llego a un hermoso orgasmo, el cual me provoca que acelere mis movimientos de penetración, ya son con locura… se siente el golpe de nuestra piel, y nuestros jugos. Me abraza otra vez con mucha fuerza, y yo siento que estoy a punto de estallar… y con fuertes movimientos derramo todo mi néctar dentro de ella, gozo… Dios mío… ¡Qué hermoso!. Caigo rendido sobre su cuerpo desnudo, me suelta y se relaja. Me mira a los ojos. Y me dice: – Sos hermoso mi amor. Antes que yo diga algo, me tapa la boca con sus dedos tiernamente. Me pide que no salga, que me quede, que me quiere sentir. Yo podía creer lo que había pasado. Pero realmente fue estupendo. Nos habíamos olvidado de todo, y de todos, en esos minutos. Hasta que yo comienzo levantarme y me siento al costado de la cama. Y ella se tapa con la sabana. Nos dijimos nada, tan sólo nos soreímos con complicidad, y mis únicas palabras fueron,- No me arrepiento, sos hermosa. Y me dirijo buscar un beso que nos lleve al infinito. Pero en ese momento sentimos un ruido. Obviamente nos habían visto. Era mi tía, o mi novia, o las dos.

Me volví loca al ver la polla de mi cuñado

Soy una chica de tez blanca y para ser sincera soy muy simpática, tengo diecisiete años y la culpa de que yo relate esta historia es de mi cuñado.

Mi hermana de 24 años se casó con una ricura de hombre de su misma edad, el mismo que se quedó viviendo por casi cuatro años a mis trece años el ya me gustaba mucho y siempre me sentaba en sus piernas y podía sentir su polla haciendo presión en mis nalgas y a esa edad me mojaba y se me calentaba mi conchita, pasó cuatro años y mi cuñado salió de nuestro hogar y se fue a vivir a otro lugar fuera de nuestra ciudad, salí de vacaciones de mi colegio y mis padres me preguntaron que a donde deseaba pasar mis vacaciones y sin tapujos dije “donde mi ñaña” y la lujuria era tan grande que solo de pensar lo que podía suceder mojé mis pantys.

Una semana después de salir de mi colegio, viajé donde mi hermana, donde me recibió de una manera grandiosa y donde mi cuñado me dio un beso casi en la boca y me mojó mucho los labios, pasaron dos día y eran las once de la noche y llegué a escuchar unos gemidos que venían del cuarto de mi hermana y creo que como cosa del destino no habían cerrado bien la puerta del cuarto y me quedé anonadada de ver aquel mástil divino de mi cuñado que entraba y salía del túnel vaginal de mi hermanita, una polla de 22cm de largo como por 11/4 de ancho y brillaba de una manera que me quedé hipnotizada de ver cual hermoso miembro que la naturaleza le había dado a mi cuñadito, cuando vi que ya habían acabado aunque hasta ese entonces no sabía cuando se acababa, me retiré de allí quedando inquieta de ver tanta ricura sexual, esa noche no dormí y si lo hice fue pensando en ese momento que había vivido.

Al día siguiente mi hermana se fue a una reunión de amigas donde se demoraría casi todo el día.

Mi cuñado ese día llegó mas temprano de lo acostumbrado, y valla que me encanto que lo aya hecho, después de comer se fue al cuarto donde se quedó dormido (aparentemente), yo como buscando la oportunidad, entré a su cuarto según yo a hacerle bromas y donde por accidente me pegué con el respaldar de la cama y del dolor no pude contenerme y caí sobre su lecho y mis senos quedaron sobre su cara y mi cuñado sin disimular me dio un mordisco que perdí los estribos y lo besé en la boca, el me cogió de la cintura y me puso a horcajadas sobre él y me dijo que me iba acordar de él por siempre, me besó desde el cuello hasta los dedos de los pies, pero donde mas le agradó besarme fue en mi virgen flor sexual, donde me deleitó con su lengua y donde por primera ves sentía una sensación de verdad exquisita, él me pidió que le pagara de la misma forma en donde torpemente le mordisqueaba el precioso glande, después de largo rato de estar así el me pidió que me pusiera boca a bajo pero acostada, abrió mis piernas y se fue acomodando poco a poco hasta que su polla quedó justo en medio de mis labios vaginales, el me dijo que me iba a doler un poco pero que después gozaría, fue así que su polla empezó abriéndose camino, desgarrando mi carne y causando un dolor inaguantable, donde le pedí de favor que me sacara su herramienta pero no haciendo caso y mas bien de capricho lo hizo aún mas fuerte donde las lagrimas se me salían, hasta que por fin entró por completo y comenzó a embestirme con osadía y lujuria que me vine con un fuerte orgasmo mezclado de fluidos y sangre, después comencé a disfrutar de ese banquete sexual que mi cuñado me estaba dando por mi conchita sin experiencia, luego de un gran momento mi cuñado empezó a retorcerse como lo había visto con mi hermana y después se sacó su polla y me la metió de un solo zarpazo por mi culito donde me desgarró completamente y sin darme oportunidad a escaparme me lleno mi orificio mas pequeño con su majestuosa polla donde después de varias embestidas se corrió como rio dentro de mí que su leche caliente se derramó fuera de mi culo y me baño con ella por completo.

Esa experiencia nunca olvidaré.

Mi prima recién divorciada me entrega su culo

Contaba en esa época con 22 años mi prima tenía por ese entonces unos 32, era casada y tenía tres hijos, recién estaba separada ya que su marido la había engañado y ella no se lo perdonó y lo echó de la casa, como al mes de esto ella llegó a mi casa y entre todo lo que conversamos me confió que sentía muy sola, yo le dije que tratara de volver con su marido, lo cual descartó por completo, como teníamos bastante confianza nos contábamos bastantes cosas me preguntaba por mis conquistas pero yo no daba mayor detalle, en eso estábamos cuando de pronto noté que cruzaba demasiado las piernas, pensé que estaba nerviosa, en uno de esos cruces se me ocurre mirar no sé por qué encontrándome con un fondito blanco apenas visible, sin lugar a dudas eran sus pantaletas, me incomodé y giré la vista rápidamente pero mi prima esbozó una sonrisa casi imperceptible, me sentí muy mal, seguimos conversando y de repente se lleva el vaso de cerveza a los labios muy lentamente, al tiempo que descruza las piernas dejándolas separadas, instintivamente mis ojos se posaron en la separación que dejaron sus piernas y mi sorpresa fue tal, al ver que su calzón estaba metido dentro de sus labios vaginales y no se veía sino una mata negra mezclada con parte de su calzón blanco, mi excitación fue tan grande como mi incomodidad, me sentí mal por excitarme con mi prima y me molesté por haber mirado me levanté rápido al baño y me olvidé por completo que andaba con un traje de baño así que ya se imaginaran que al ponerme de pie, parecía una carpa de campaña, me sonrojé y partí raudo al baño, me sentí humillado, al volver, muuuuy al rato, mi prima se reía en forma sarcástica pero casi imperceptible, y miraba hacia mi pedazo de carne de reojo, bueno dije esto es insólito y me olvidé, al despedirse me dio un beso como si nada hubiese pasado y se fue.

Como siempre me invitaban a almorzar un día fui a casa de mi primita Vero, y conversamos de todos los temas yo me había olvidado de lo que había pasado hace poco pero cuando conversábamos y yo me percaté de su escote y cómo se veía ese delicioso par de senos me vino a la mente lo de la cruzada de piernas y mi erección no se hizo esperar, mi mente ya no veía a esta mujer como mi prima si no como una mujer y qué mujer mientras ella me hablaba de lo mal que se sentía sola y cuanta falta le hacía la compañía de su marido, yo no hacía más que mirar y soñar de reojo con ese par de tetitas, me imaginaba un par de pezones grandes y morenos, mi prima es color canela pelo corto una cintura envidiable para cualquier quinceañera y por supuesto un buen culito, que estaba sostenido por dos buenas piernas, con algo de piel naranja pero casi nada.

En este éxtasis estaba cuando ella me dice fuerte ¡¡¡ primo!!! , me incorpore y le pedí disculpas, en qué piensas primito, me dijo. Ahí se me ocurrió mi venganza dulce por lo del otro día.

– La verdad es que pensaba en una amiga con la cual salgo. – Qué pasa con ella. – Tenemos un problema íntimo que no me atrevo a contarte. – Dale primo si tenemos confianza no me decepciones – Bueno te contaré pero es íntimo así que no te sonrojes eh (por lo que me contaba yo sabía que ella estaba muy caliente y ya no sabía qué hacer). Mira tenemos relaciones con mi pareja pero a ella no le gusta que le dé por detrás y yo quiero probar, el otro día estábamos haciendo el 69 y comencé a meterle el dedo al ano ella como estaba súper mojada ni se dio cuenta cuando le pasaba la lengua pero cuando metí el dedo se enojó y bueno la verdad no sé si estaré mal yo o ella – Ay primito esto sí que es fuerte pensé que era algo más doméstico, uff no sé qué decir espera… – – (antes de que siguiera la corte para contarle más, estaba transpirando), Sin más le dije, el otro día, mientras ella estaba sentada arriba mío, tú sabes que así la penetración es mejor y Uds. se mueven a su antojo, bueno mientras ella subía y bajaba yo le metí el dedo anular despacio y no me dijo nada, cuando ella llegó al orgasmo yo la di vuelta le puse las piernas a la altura del hombro y la penetré estábamos en eso cuando se me ocurrió metérselo por detrás, como yo mientras se lo metía estaba mirando cómo entraba y salía y vi su ano me calenté y lo saqué y se lo puse en la entrada quise presionar y ella se molestó, desde ahí no la he buscado, crees que es mi culpa, tal vez como eres mujer puedas ayudarme. – A todo esto ella estaba sudando mientras yo le contaba al tiempo que prendía un cigarro y movía las manos y piernas de un lado para otro, yo sabía que ya no daba más de lo caliente que estaba.

– Mira primito yo e… Este la ver… la verdad estoy un poco impresionada y sólo te puedo decir que yo nunca lo he hecho por ahí pero creo que en el amor no deberían haber secretos, y tal vez si conversas bien con ella, particularmente a mí me han dado ganas de hacerlo por ahí pero de vergüenza nunca le dije al Pepe, qué hubiera pensado de mí. Así que tal vez conversando se arreglan las cosas.

– Voy a intentarlo Vero te cuento qué pasa luego, y tu dime qué vas a hacer. – – Primo yo te quería decir si…- en eso llegaron sus hijas del colegio y se acabó la conversación así que pasado un tiempo me fui.

Como a la semana la llamé y le dije prima te contaré algo.

– Dime primo qué pasó y cuándo vienes tengo ganas de hablar contigo hoy las niñas no vienen sino hasta la noche. – – Esta semana imposible, pero escucha, hablé con Tana (mi pareja) y le dije que eso era algo normal en una pareja y bueno todo lo que se me ocurrió comenzamos a hacerlo y como el otro día cuando la tenía con las piernas al hombro le puse el glande en la entrada del ano que previamente había lubricado y agrandado un poco y se lo metí muy despacio hasta el tallo mismo y comencé un mete y saca salvaje primita no sabes cómo gozamos y todo te lo debo a ti tengo que agradecértelo, ya te contaré con detalles hoy es casi imposible que vaya para allá porque me juntare con ella le quedo gustando parece pero si puedo alcanzo un beso y cuídate.

– Primo espera yo que…

– Te llamo luego tengo que colgar bye primita.

– Click y colgué, ya estaba lista para la foto así que compré una botella de champagne y me encaminé a casa de mi prima.

Cuando toqué demoró en abrirme, cuando lo hizo vi que se había retocado un poco, sus ojos se iluminaron y se alegró mucho de verme.

– No pensé que vendrías primo qué pasó con tu enamorada. – – Acompañó al papá a una reunión y yo no quise ir así que aproveché y dije le compraré algo a mi dulce prima por el consejo que me dio y que tanto me sirvió (acto seguido le di un gran beso en los labios agarrando cada mejilla con mis manos como de cariño, pero con toda la lujuria y pasión que pude). – – Primo … pero.. qué … qué haces me avergüenzas guau uffff de nada primo. – – Es que estoy contento hace tiempo quería hacerlo por ahí y lo conseguí es tan apretado y caliente y sólo lo conseguí por ti gracias a todos tus consejos. – – De nada primito pero mejor no me cuentes más por favor. – – Por qué, le dije, pensé que teníamos confianza

– Sí pero… no sé es que no sé mejor tomamos un café te prepare algo. – – Para qué si tenemos un rico champagne es mi regalo abrámoslo – al tiempo que lo habría lo movía un poco cuando salió la empapé a ella y a mí. – – Ay primo mi falda y blusa me las mojaste, esta rica mmmm

– Tranquila prima se secan no hay problema, esta rica de verdad eh, la compré para ti.

– Me siento halagada, gracias

– Todavía no le dije al tiempo que le daba de mi copa en sus labios… prima la otra vez me asaltó una duda cuando conversamos en mi casa ( la tomé de las manos y la senté en el sofá). – – Cuál duda loquito. – – Cuando te vi no recuerdo si eran negros o castaños, en el mismo momento le tomé las rodillas y se las levanto poniendo sus pies a la altura del sofá y comienzo a abrirle las piernas descaradamente

– Negro o casta… pero qué…esta…primo… – Mi dedo índice ya estaba metido hasta el fondo en su vagina y mi lengua también lamía y succionaba sus labios vaginales con salvaje pasión.

– Primo noooo…por fa… ayyyyyyyyyyyyy

No había mas conversación, sus manos agarraban con fuerza mi cabeza y la empujaban hacia adentro como queriendo meterla dentro también, mi dedo ya no daba más así que lo cambié por el anular mientras seguía bebiendo sus jugos que salían de su interior estaba empapada le saqué el calzón y seguí sopeándola hasta que me quité los pantalones, me incorporé y le saqué la blusa, mientras me apoderaba de sus senos y pezones y los chupaba como niño, la penetré con toda mi energía todo el pene se clavó derecho y sin problemas en su más que lubricada entrada, mientras bombeaba una y otra vez más chupaba sus tetas ella estaba extasiada sólo gemía una y otra vez sentía cómo la leche caía por mi tallo erecto y empapaba mi pendejos, la levanté del sofá con sus piernas rodeaba mi cintura y mi carne dentro de ella la tomé y me senté en el sofá quedando ella lista para cabalgar comenzó y subía y bajaba, mi glande estaba por estallar estaba rojo fuego, sus ojos estaban blancos, sus gemidos eran aullidos cuando comencé a sentir la leche hirviendo, me paré desenvainé el sable y la puse arriba del sofá con las manos apoyadas en el respaldo, tomé su cintura y le acomodé el culo para que quedara paradito y listo para ser sodomizado, con mi carne al rojo y mojada hasta el nacimiento se lo pasé por el ano le pasé la lengua y metí un dedo y luego otro ella sólo se movía con la cabeza apoyada en el respaldo sólo esperaba nerviosa el momento de la incrustación, saqué mis dedos y tomé el pene y lo dirigí hacia la entrada negra y oscura metí la cabeza y ella se arqueó miró para atrás como pidiendo piedad, eso bastó para llenar mi lujuria, de un sopetón se lo incrusté hasta el fondo un gemido y un ayyyyyyyy prolongado sellaron la desfloración anal de mi prima Vero, lo metí y lo saqué con fuerza una y otra vez, bombeé hasta que mi leche no aguantó más pero yo quería derramarla en su concha adentro así que antes que eyaculara la penetré por la vagina la leche salió de inmediato bañando su interior se la entregué toda, cuando derramé todo mi líquido dentro de ella la volteé y comenzamos a besarnos como enamorados, fue un polvo magnifico.

– Te gustó prima

– Lo anhelaba tanto por qué no te decidiste antes.

– Quería que estuvieras bien caliente, además como somos primos tenía mis dudas. – – Yo también pero con lo que me contaste quedé calentísima.

– Por eso lo hice, dime te gustó por el ano. – – La verdad me encantó pero fuiste un poco bruto, me sentía llena un poco incómoda al principio pero me gustó bastante. – Tu mirada me cautivó para metéterlo de una vez por completo, a ver déjame hacerle cariño – comenzamos a besarnos tiernamente y así fue como le di a mi prima por lado y lado, dejándola saciada por un rato, cuando le besé las manos sentí un sabor especial.

Primita qué hacías antes que llegara yo – al tiempo que le chupaba el dedo anular.

Bueno me dejaste tan caliente que me estaba masturbando pensando en ti ya no aguantaba más, la otra tarde cuando te fuiste también me masturbé pensando en que me hacías una sopita.

Ven amor que te voy a dar de nuevo por el chiquitín – la tomé de nuevo de la cintura y la senté arriba mío le dije tú misma póntelo lo agarró con la mano y se lo clavó en el ano presioné y entró poco a poco se sentó por completo y mi pene desapareció dentro de su orificio sus ojos ya estaban blancos, se movía como desesperada su culito estaba subiendo y bajando mi pedazo de carne sólo era un sable ardiente que llenaba aquel hoyo negro, cuando el orgasmo le llegó se dobló de placer me besó en los labios y me agradeció la saqué de encima y la acosté me acomodé y se lo metí por la concha sus labios vaginales se abrían ante semejante extraño, se tragó todo el nabo, comencé a metérselo ,con las manos tomaba sus pantorrillas y quedaba totalmente expuesta ante mí se lo metía una y otra vez cuando sentí que ella se venía se la hundí hasta el fondo y se lo movía sin sacarlo de un lado a otro, incrustado y sólo lo movía en forma circular, cuando llegó yo estaba listo se lo saqué me paré en el sofá tomé su rostro tierno en mis manos metí mis dedos en su boca se la abrí y le metí la pichula por completo sin preguntar, bastó sólo un par de chupadas y le entregué todo mi semen a sus entrañas no lo saqué hasta que sentí que se atragantaba con tanta leche, fue una tarde llena de sorpresas y orgasmos la pasamos salvaje.

Adolescente se vuelve loca con su propia hermana

Mi nombre es Eva, esta historia ocurrió hace algunos años, y es mi propia historia. Desde que he sido muy joven me he dado cuenta que no soy normal. Siempre me he sentido atraída hacia las maneras de ser, de actuar de los chicos y me identificado con ellos más que con mis compañeras. Cuando fui siendo mayor, me di cuenta que los chicos no me llamaban en absoluto la atención, y no puedo negar que, sobre todo al principio, me pusiera a salir con alguno, pero era más bien por intentar ser como mis amigas y para cubrir el expediente.

En cambio, qué decir de las chicas. Siempre me han gustado. Me metía en el servicio con ellas para verlas mejor, todo su cuerpo, me empapaba de sus desnudos en los vestuarios. Siempre me controlé. No quería que nadie supiera de mis inclinaciones. Así llegué hasta los diecisiete años.

Tengo que decir que la culpa de todo lo que pasó en esta historia es de mi hermana Paloma. Vivíamos en Sevilla junto a mis padres. Cuando yo tenía dieciocho años, ella tenía veinticinco. Os llamará la atención esta diferencia de edad. Se debe a que fui lo que se llama “un despiste”. De todas formas, no somos mas que nosotras dos. Ella era muy distinta a mí. No digo físicamente, pero sí en carácter.

Paloma y yo somos de pelo negro y ojos marrones. Yo soy más alta que ella ahora, pero entonces éramos casi iguales. Eso sí. Yo con diecisiete años era un palo de delgada, y ella a sus veinticinco años, no voy a decir que estuviera gorda, ya que gorda no ha estado nunca, sino que tenía las carnes muy bien puestas. Yo solía vestir con ropa de deporte, pues me ha gustado mucho tener fuerza y estar ágil y he hecho siempre deporte. Ella era en cambio muy coqueta, aunque siempre con elegancia.

Yo siempre he usado una melena que no me cubra el cuello, mientras ella luce siempre una cabellera que ha veces lleva suelta y otras veces con coleta, falda por encima de la rodilla, camisas que desabrocha, zapatos de medio tacón.

La coquetería de Paloma no está tanto en su forma de vestir como en su carácter. Le gusta que la mimen, ser el centro de atención, sentirse admirada. Siempre ha tenido un montón de pretendientes, y siempre ha jugado con ellos, como pretendía jugar conmigo. Yo en cambio soy seria de carácter, y aunque soy la menor, tengo que decir que por el carácter de mi hermana he sentido a menudo que me faltaban los mimos de mi familia.

Como quiera que fuera, como tengo un carácter tímido, no me atreví, en un principio a buscar mi media naranja dentro de mi mismo hemisferio. Mi hermana era muy femenina. Se paseaba frecuentemente en braguitas delante mía. Sólo en braguitas, o en un camisón que siempre se me antojaba trasparente. El cuerpo de mi hermana era totalmente distinto a los que había visto en los vestuarios. Era una mujer hecha y derecha.

Empecé a masturbarme pensando en los senos que se le veían a través del camisón, o cuando al salir de la cama, se ponía una camiseta. En las nalgas contenidas por las siempre inmaculadas y blancas bragas, que temblaban al pasear mi hermana por el pasillo, en los muslos que le asomaban cuando se sentaba a mi lado en el sofá.

El verano de 1995 tuve que quedarme en Sevilla preparando la selectividad, pues me habían cargado en junio. Le hice la puñeta en parte a mi familia, pues mientras yo me quedaba en Sevilla estudiando, con mi padre que tenía que trabajar, mi madre y Paloma se fueron a un apartamento que tenemos en la playa, en Matalascañas, Huelva. Mi padre y yo íbamos a visitarlas los fines de semana.

Me cundían los días estudiando y también le hacía de comer a papá, y le planchaba y lavaba. Por las tardes me iba a hacer footing, y después de correr, cuando estaba en la ducha, me masturbaba, pensando en mi hermana. Me divertía pensar que le provocaba a Paloma el mismo placer que yo me provocaba a mí misma con el dedo.

Cuando mi padre y yo íbamos a la playa, yo era una esponja que absorbía todo lo significaba sexualidad en Paloma. Sus top-less. Sus paseos con una toalla alrededor del cuerpo, las noches con nuestros amigos comunes. Cada gesto, cada movimiento me excitaba.

Un fin de semana coincidimos mi hermana y yo, que iba con mis amigas, en la misma discoteca. Era una discoteca cercana a la playa. Yo la vi a ella y me disponía a saludarla cuando me di cuenta que se le acercaba un chico con el que parecía mantener una relación “especial”. Yo lo conocía. Era Mariano, un amigo suyo de hacía tiempo. Era claro que estaban saliendo.

Mi hermana estaba dando un espectáculo delante de mis amigas. Se besaban a brazo partido y dejaba que Mariano la toqueteara por todas partes. Yo estaba roja de vergüenza… y de celos.

– La muy guarra. Se lo voy a decir a mi madre nada más llegar.- No paraba de repetirme y de decirles a mis amigas. Mis amigas la disculpaban. Pero se que esa noche no pararían de hablar de ello y de reírse de mí, por mi hermana.

En un momento dado salieron de la discoteca. Yo, los seguí. Les dije a mis amigas que iban a pedirme una cerveza a la barra, pero lo cierto es que lo que hice fue seguir disimuladamente a mi hermana y Mariano. Se metieron en el coche de Mariano, pero en lugar de arrancar, vi que seguían besándose.

No debí hacerlo, pero tras estar espiándole un rato, comencé a acercarme, primero deprisa, pero conforme estaba más cerca, me iba parando divisar la cabeza retrepada de Paloma. La cabeza de Mariano no aparecía por ninguna parte. Me interesó lo que sucedía, así que di una pequeña vuelta para acercarme mucho sin que me vieran. Allí estaba. Paloma tenía la camisa abierta y el sujetador desabrochado. Sus pechos desnudos aparecían como manchas claras en la penumbra. Mariano tenía la cabeza entre las piernas. No pude ver si mi hermana se había quitado las bragas o no, pero sí que mi hermana tenía el “eso” de Mariano, que asomaba en la bragueta desabrochada, en la mano.

Esa noche lloré al llegar a casa. No tenía más motivo para llorar que los celos. Paloma me lo notó y me quiso sonsacar, pero no le dije nada.

El caso es que desde ese día, la obsesión por mi hermana fue creciendo. Y en un momento dado de la semana que transcurrió a continuación me propuse hacerla mía. No sabía cómo lo haría, pues yo no tenía experiencia ni nada. Quiso la casualidad que cayera en mis manos unas revistas porno que mi padre había comprado y que dejó debajo del colchón, para que yo no las viera, pero claro, al hacerle la cama, las vi.

En las revistas aparecían fotos muy claras de cómo una chica tiene que tratar a otra, a parte de algunos relatos que me parecieron algo bestiales. Me empapé de todo aquello, todas las mañanas me veía las revistas y no paraba hasta que no me masturbaba. Mamá me encontró más delgada que de costumbre el fin de semana siguiente. Un buen día, las revistas desaparecieron. Supongo que las compró papá en un mal momento.

Comencé a cambiar de actitud con Paloma. Procuraba quedarme a solas con ella. Un día entré al cuarto de baño mientras ella se duchaba, y me dediqué a hablar con ella y a observarla mientras se enjabonaba. Me pidió que le diera por detrás, y yo la enjaboné. Luego le alargué la toalla. ¡Qué magnífica mata de pelo negro cubría su sexo! Y en medio, se distinguía la hendidura que esconde a su clítoris. Qué lindos pezones, que estaban rugosos por el agua que le había caído y el frío que pasaba mientras le entregaba la toalla lentamente.

Comencé a tomar por sistema la medida de entrar en el baño cuando ella estaba, especialmente si no estaban Papá, que no lo hubiera visto bien. Un día escuché el chorrito de pipí a través de la puerta. Entré. Creía que me echaría una bronca, pero no me dijo nada. No le pareció mal. Comencé a pintarle las uñas de las manos, también la convencí para que se pintara las de los pies. Comencé a ayudarle a depilarse (Yo no me he depilado en mi vida). Indudablemente, le comencé a echar crema bronceadora y protectora donde no llegaba su mano.

Primer intento

Un día, la playa estaba vacía, ya que nos alejamos mucho de la urbanización, por que Paloma quería hacer top less. Me dijo que le echara cremita por todo el cuerpo. Estaba tentadora. De espaldas al sol, me ofrecía un trasero redondo y moreno en parte. Comencé a broncearle las pantorrillas, mientras pensaba si hacer o no hacer lo que estaba pensando. Sus pantorrillas dieron paso a sus muslos. Los amasaba intentando inculcar una presión y un ritmo que le aseguraran a mi hermana que aquello era un reclamo sexual.

Le pedí permiso para darle crema en el trasero. Aceptó. Le dije que le apartaría el bañador para extenderla bien. No me contestó. Comencé a embadurnarle de crema las nalgas y el interior de los muslos. Me sentía excitada y mi respiración se aceleraba. Estaba segura de que si hablaba, Paloma lo notaría, así que pasé a extenderle la crema por la espalda.

Mi mano se escurría por los laterales, deseaba tocarle los senos. Cada vez mis manos iban más hacia abajo. Esperaba que de un momento a otro Paloma diera media vuelta, y me quitara el bote o me cortara el rollo de alguna manera. Pero en lugar de eso, se dio la vuelta, para que le extendiera la crema por la parte delantera.

Comencé por la cara, primero por la frente, luego por la mejilla, la barbilla y alrededor dela boca. Calculaba mentalmente los efectos que le produciría. Luego le di crema en el cuello y en los hombros, el ombligo, y finalmente, las tetas. Mi mano se llenó de crema que extendía sobre todo el pecho de Paloma sin distinción. Luego comencé a rozar sus pezones con la palma de mi mano. Paloma me miró con desaprobación.

-Es…la zona…más sensible – Le dije con la voz entrecortado por la excitación, queriendo explicarle lo que sólo podía explicarse de otra manera bien distinta. Si mi hermana hubiera sido de otra manera, me hubiera quitado la crema y me hubiera mandado a hacer puñetas, pero es una calentona. Le gusta sentirse admirada y deseada, y aunque no dudo que aquello era nuevo para ella y le pilló desprevenida, actuó incitándome.

Pasé a extenderle la crema en las piernas, pero por delante. Evidentemente, ella estaba tumbada con las piernas entreabiertas. Mis manos le acariciaban la parte interior de los muslos, cada vez más cerca del conejito, hasta que la rocé un par de veces con la muñeca. Mis manos incluso se posaron y pude sentir la calidez de su sexo. Comencé a darle con el dedo en la ingle, hasta que conseguí mi objetivo: introducir un dedo a través del bañador. Yo jadeaba de excitación. Ella se levantó de repente y se dirigió al agua. Me quedé compuesta y sin novia.

No tardé en seguirla Había cierto oleaje, y ella se divertía esquivando las olas, a lo cual me sumé yo. Intentaba acercarme a ella, y cuando estaba cerca, abrazarla, pero se chafaba siempre. Yo insistía. Conseguí tocarle un par de veces la suave piel de las nalgas. Hasta que me gritó:

-¡Eva!¡Vale ya! ¡Déjame tranquila de una puta vez!-

Salió del agua, cogió sus cosas y se fue. Me fui detrás de ella, pero dejando pasar el tiempo, quería que si se lo contaba a mis padres, que me recibieran con toda la violencia que requería la situación. Vamos, quería saber nada verles la cara a mis padres si se lo había contado a no.

Mi hermana no le contó nada a mis padres. ¡Qué alivio! Pero en cambio, hubo un cambio radical en su actitud. Se cerraba con llave al entrar en el baño, dejó de darse los paseos que tanto me excitaban. Incluso me hablaba con frases cortas. Estaba enfadada conmigo.

Me di un tiempo en la persecución a la que sometí a Paloma. Seguí masturbándome mientras pensaba en ella, o viceversa. Pero al final del verano, mi mamá y Paloma volvieron de la playa. Era mitad de agosto. Surgió un problema en las tierras que tenemos en Córdoba y mi papá se vio obligado a ir hacia allá dos fines de semana seguidos. Comenzó entonces el acoso a Paloma de nuevo.

Me ponía a ver revistas porno, aquellas que tenía escondidas papá, delante de ella. Me paseaba desnuda para que me viera, e incluso, más de una vez me pilló masturbándome. Vamos, que me puse a masturbarme delante de ella, mientras clavaba mi mirada en sus ojos oscuros. Ella se ruborizaba siempre. Una de las veces coincidió que yo estaba en el baño y ella entró. Comencé a hacerle posturitas. Ella no quería mirarme, pero me miraba. Cuando salí de la bañera, ella se miraba delante del espejo, y al pasar a su lado, le di un achuchón, y restregué mi cuerpo contra su trasero. Cerró la puerta tras de mí. Sentí la ducha. Salió en toalla hacia su cuarto. Si me abalanzaba sobre ella y le quitaba la toalla tras tirarla al suelo ¿Qué haría?

La seguí por el pasillo, encantada de observar el rítmico movimiento de sus caderas, hasta que entró en su cuarto y escuché cerrar el cerrojo. Pensé en ese momento que Paloma nunca sería mía. Me acerqué al baño, desesperada y vi sus braguitas en el suelo del baño.

Cogí sus braguitas y las olí. Olían a sexo… y pude ver una manchita húmeda en la tela que tapaba su almejita. ¡Paloma se excitaba al verme!

La gran lotería me tocó al siguiente fin de semana. El jueves, Paloma, tras una larga conversación telefónica con Mariano, comenzó a llorar. Se encerró en su habitación. Fui a consolarla. Me la encontré sentada en la cama. Llorando.

-¿Qué te pasa, Palomita?- Le decía mientras me sentaba a su lado y le besaba la cabeza, triste yo también de ver a mi hermana tan desangelada.

-Nada, que todos los chicos son iguales. Este cabrón nada más irme de la playa se ha liado con Nuria, y me ha dicho que lo nuestro ha acabado.-

-Pero si estabais tan bien hasta hace unos días. Eso ha sido la zorra esa que se ha metido por medio-

Paloma comenzó a llorar desaforada. Algo había detrás que no me quería decir. Le costó reconocer que no se llevaba bien con Mariano. Había tenido sobre todo, un problema de relaciones sexuales. Lo habían estado haciendo durante el verano. Ella no se había corrido ni una vez. Era incapaz de llegar al orgasmo.

-Pero mujer. ¿A quién se le ocurre ponerse a hacerlo en un coche a la salida de una discoteca?- Paloma se quedó sorprendida de que supiera aquello.- Yo estoy segura de que tú, en condiciones normales te corres como la primera.-

Paloma me miraba desconsolada, pero ya no gimoteaba al menos.- ¿Crees eso realmente? ¿Cómo lo voy a saber yo? ¿Qué más me da ya, si Mariano me ha dejado?-

Yo, esto de los chicos lo he tenido siempre muy claro. Le dije a Paloma.- Mira, tonta, Si ese te hubiera querido, te hubiera llevado a un sitio más romántico. Y no te preocupes, que detrás de ese vendrán más.- Comencé a besarle las sienes y la beberme las lágrimas que le caían por la mejilla. Mientras, mi mano se posó en su muslo. La respuesta negativa no se hizo esperar.

-Déjalo, Eva. Llevas razón, pero tengo que desahogarme. No me agobies- No la agobié.

Al día siguiente, seguía en el mismo plan lloroso por más que mamá se empeñaba en animarla. Mamá no sabía, lógicamente todo el problema. Yo me hice mi plan. Paloma pasaba por un momento malo y yo me tenía que aprovechar. Ese fin de semana era vital para mí.

Pero por poco me lo chafa todo papá, pues al ver la cara de Paloma, se empeñó en que fuéramos todos a la casa de Córdoba. Yo le eché por achaque que tenía que estudiar para la selectividad. Al quedarme yo, por fuerza tenía que quedarse Paloma.

Estuve toda la tarde del viernes con Paloma. Estuvimos como en los viejos tiempos. La depilé las piernas y le afeité el sobaco. También le ayudé a hacerse las tiras. Le ayudé a pintarse las uñas de los pies. Yo pensaba que me iba a comer a un bomboncito la noche siguiente. Nos quedamos viendo la tele. Pusimos la película más erótica que porno de la noche, pero fue suficiente para ver que Paloma se divertía viendo aquellas escenas y no le daba ninguna repugnancia las escenas de lesbianas, aunque, eso sí, se ponía colorada.

Me masturbé pensando en las perrerías que pensaba hacerle a mi hermana la noche siguiente. No podía apartar de mi mente la imagen de la entrepierna de mi hermana, cubierta apenas con las bragas mientras le hacía las tiras. Hasta mi nariz llegaba el aroma de su sexo mezclado con el perfume de la ropa recién lavada.

Por la mañana me percaté de que Paloma no cerró la puerta al meterse al baño. Entré y me ofrecí a enjabonarla. Paloma se dejaba enjabonar todo el cuerpo, y tan sólo me apartó la mano cuando quería adentrarme con la esponja entre las piernas. Luego cogí la manguera y comencé a enchufarle por las zonas donde tenía jabón. Por todas las zonas. No opuso resistencia, hasta que su excitación fue ostensible

-Déjalo ya, Eva.- No quería presionarla, por no echarlo todo a perder. Le ofrecí la toalla, y ella vino a mis brazos a refugiarse de la frescura del ambiente.

Nos preparamos de comer. Nunca he dado tantos besos en la cara a mi hermana como mientras preparamos aquella comida. Luego comimos y le propuse a Paloma la idea de preparar una fiesta para esa noche. Aceptó, así que compramos refrescos y una botella de ginebra. Paloma se reía de que una deportista como yo fuera a beber algún combinado.

También compramos pan de molde para hacernos unos montaditos. La tarde pasó en la cocina. Nos pusimos a preparar los montaditos. Cada vez que podía, como de broma, le pegaba a Paloma un achuchón, que ella me devolvía. Cada vez los achuchones eran más fuertes. Entre achuchón y achuchón nos fuimos bebiendo los primeros combinados. Yo era la que los servía, y no los servía iguales.

Paloma pronto tenía más que un puntillo. Por eso, cuando tras un achuchón que me pegó, yo la agarré por la espalda, noté que la resistencia que ponía era más ficticia que real. Le mordí en el hombro, siempre como de cachondeo, y ella echó el culo para atrás, pero se encontró con mi pelvis. Sólo le dije una cosa: -Vete preparando, que esta noche vamos a tener movida.-

No contestó ni sí ni no, sólo sonrió con malicia. Lo tuve entonces muy claro. Le puse un par de combinados más. Comimos la una sentada frente a la otra. Yo llevaba mi típico pantalón de chándal y una camiseta, debajo de la cual no llevaba nada. Paloma vestía una falda y una camisa de botones, con unas zapatillas. No me gustaba como vestía para esa ocasión, por eso, tras tomarnos los montaditos , le dije que íbamos a bailar, pero que era necesario que cambiara de aspecto.

La llevé de la mano a su dormitorio y le saqué del armario una ropa que mi hermana no se ponía desde hacía diez años. Eran faldas que le quedaban mucho más cortas y suéter que le quedaban súper ceñidos. Después, mientras ella comenzaba a cambiarse, fui al cuarto de mamá y le saqué unos zapatos de verano, de esos que son tres o cuatro tiras cruzadas, con un tacón muy alto.

Al volver a su cuarto, pude verla en ropa interior. Le ordené que se quitara el sostén, ya que no lo necesitaba con el suéter. Luego fui a buscar unas bragas mías, y le ordené que se las pusiera. No quería violentarla, así que salí de la habitación, pero sólo al comprobar que comenzaba a cambiarse las bragas. Yo también me cambié. Me puse una camisa blanca de papá, que me estaba anchísima y unos pantalones del traje, que me estaban igual. El conjunto remataba con unos zapatones. Cuando llegué, Paloma comenzó a reírse al ver mi aspecto estrafalario. Luego me dijo, de broma. -No le da vergüenza, hacer esperar a una dama.-

Puse un disco de Carlos Gardel y nos pusimos a bailar tangos. Imagínense. Ella con esos zapatos de tacón y la falda cortísima. Yo con aquella ropa anchísima. Aquello me sirvió para que con el meneo, Paloma estuviera todavía más mareada, y de paso, para que le perdiera el miedo a mi contacto.

Tras los tangos pusimos un disco muy romántico, de Roberto Carlos, que sabía que le encantaba. Comenzamos a bailar agarradas, con los zapatos de mamá, ella estaba muy alta. Comencé a hablarle.

-Querida mía. Creo que la adoro. No puedo vivir sin Usted.- Ella se reía. SU risa me exasperaba. Me ponía nerviosa.

– ¿Qué le ocurre?. Se ríe de un caballero- Mi cara se acercaba a la suya. De pronto, una de las manos que caballerosamente conservaba en la cintura la agarró de la nuca y acercó la boca suya contra la mía.

– Eso ha estado muy mal, muy mal.- Me dijo tras el primer beso. Pero no opuso ninguna resistencia al segundo beso. Esta vez fue ella la que llevó la voz cantante, introduciendo su lengua en mi boca. Yo quise morderla con mis labios pero se escurrió.

Como antes me había comido los montaditos, ahora empezaba a disfrutar el trabajo del día anterior. Mis manos comenzaron a subirle la falda y a acariciarle el trasero, En efecto, mis bragas le estaban minúsculas a Paloma. Sentí el frío de sus nalgas, que se calentaban rápidamente en mis manos. Tiré de ellas hacia lados opuestos y sentí como las bragas se le iban metiendo entre los cachetes. Ella con sus manos se limitaba a agarrarse por detrás mía.

El suéter señalaba los pezones de Paloma, ahora mejor que nunca. Nuestras bocas no paraban de pelear entre sí, intentando conquistar cada una el territorio de la otra.

La boca de Paloma me sabía a miel. Era un caramelo que tenía que deshacer en mi propia boca. Metí una pierna entre las suyas y se la clavé en el sexo. Sentía la excitación de Paloma en que cada vez se entregaba más. Ahora era yo la que había triunfado en al lucha por su boca. Mi lengua se introducía en cada rinconcito.

-Hoy vas a saber lo que es un orgasmo, putita- Le dije al verla entregada. Ella me escuchaba concentrándose sólo en mis caricias. Notaba mi propia excitación como un peso en el vientre. Le di un tirón al suéter que se desgarró. No nos importó, por lo viejo que era. No conseguí mucho, así que volví a tirar de él, y ahora si asomó uno de sus senos. Rápidamente lo agarré con las manos, presionándolo, y me lo llevé a los labios.

Lamí ese seno varias veces, alrededor de la aureola. De pronto, me metí el pezón en al boca y miré a Paloma a la cara, entornado la vista. Paloma me miraba placenteramente y hasta agradecida. Comencé a sentir crecer la punta del pezón entre mis labios y apretar estos a la vez. Jugué con él como si quisiera arrancárselo de un mordisco, moviendo la cara hacia un lado u otro. Paloma comenzó a susurrar un ronco gemido. Mi otra mano se adentraba por detrás en la zona trasera de su sexo.

Me incorporé. Noté el muslo que había entre las piernas de Paloma un poco húmedo y me acordé que los pantalones eran de Papá, así que rápidamente me los quité, sin quitarme los zapatones. Me costó. Por poco me caigo, pero salieron. Paloma se desabrochó la falda mientras tanto y calló al suelo. Mis braguitas, por delante no le cubrían ni la mitad de la barriga. Se le adivinaban los dos labios del sexo, y pensé que debían de estar acariciándole el clítoris. Se iba a quitar el suéter, pero se lo impedí. Me gustaba verla así, con el suéter roto y un seno al aire.

Comenzamos de nuevo a bailar, pero esta vez más tranquilos. La besaba en el canal del pecho, en los hombros, en el cuello. Paloma me musitaba susurrando palabras de reprobación, que no servían sino para ponernos más calientes a las dos.

Le di un beso cuando pasaron unas cuantas canciones, le dije que fuéramos a su dormitorio. Ella fue delante. Yo veía media espalda desnuda y un culo con los dos cachetes desnudos por lo pequeñas de las bragas. Mantenía el equilibrio como podía con los altos tacones. Me fui desabrochando los botones de la camisa de papá, y me deshice de ella, dejando al descubierto mis pechos pequeños y bien puestos. Paloma se quería quitar los zapatos, pero yo no la dejaba.

Llegamos a su cuarto. Me fui a abrazar a ella, pero cuando estaba próxima a mí, le di un empujón que la hizo caer de golpe sobre la cama. Paloma me miró confusa y sorprendida, pero se podía adivinar su excitación.

-Te voy a hacer una mujer.- le dije, mientras ella se llevaba las manos al pelo, alisándoselo, esperando la próxima jugada. Me coloqué de rodillas frente a ella y tras besarla en la boca y el cuello, volví a disfrutar de la excitación de su pezón. Mientras, de un tirón terminé de romperle la costura del otro tirante y comencé a manosear con fuerza el seno recién descubierto. Paloma me daba besos en la sien mientras repetía mi nombre -Eva, Eva, Evaaaa-

Puse la mano sobre el sexo de Paloma, apenas cubierto por las bragas, y lo encontré empapado. Me acordé entonces de la negativa y la oposición que había encontrado hacía unas semanas, y decidí vengarme. Agarré las bragas por la parte trasera del cuerpo de Paloma, y tiré de ella con fuerza. Sentí como se agitaba su cuerpo y se abrían sus piernas, buscando seguro un poco de sosiego para su almejita.

Comencé entonces a besarle entre los muslos, mientras ella acariciaba tiernamente mi cabeza. Tiré de sus piernas hacia arriba para que se tumbara sobre la cama, y deposité sus piernas sobre mis hombros. Comencé a bajarle las bragas. Las bragas se enrollaban sobre sí mismo al discurrir a lo largo de su muslo.

Se las terminé de bajar, pero se la dejé enganchadas en las pantorrillas. Paloma sólo conservaba en su sitio los zapatos de mamá, y yo tenía puestas mis bragas y los zapatones de papá. Me empeñé en meter la cabeza entre las piernas, que se me abrían sumisas. Allí estaba el tesoro con el que había estado soñando. Pude ver más abajo otro agujero con el que nunca había ni soñado en poseer y que ahora era mío.

Comencé de nuevo a besarle los muslos, mientras mi mano se le acercaba lentamente, hasta llegar a su tesorito. Por otras parte, yo mismo comencé a acariciar mi sexo, metiendo mi mano por debajo de mis bragas. Separé los labios que tapaban su clítoris, y acerqué ambos dedos por cada lado de su botoncito. Cuando estaba así, mi boca se abalanzó sobre él, lamiéndolo con la lengua violentamente. Paloma se retorcía de placer y podía sentir en la palma de mi mano como su almejita soltaba el líquido viscoso con sabor a mar y a miel.

Me recordaba a un osito goloso que le roba la miel a las abejas. Las convulsiones de Paloma eran cada vez más violentas. Empezó a soltar unos alaridos casi exagerados. Tuve miedo de que nos escucharan en toda la casa, pero ya no me podía detener.

Para terminar de follarme a mi hermana, así, tal como estaba la mano, con la palma vuelta hacia su sexo, comencé a introducir lentamente el dedo pulgar. Mi hermana reventó de placer al sentir el dedo pulgar introducirse en su húmeda almejita. Yo seguí moviéndolo esperando prolongarle el orgasmo hasta el fin de sus días, o al menos hasta que me viniera a mí, como así sucedió al poco tiempo. Entonces perdí los papeles y me limité a restregar mi cara contra su sexo y su monte de venus mientras repetía el nombre de mi hermana.

Nos quedamos así un rato, hasta que decidimos ducharnos. Nos duchamos juntas, por supuesto. Le enjaboné de nuevo, mientras ella aguantaba la lluvia bajo su cabeza pacientemente. Había conquistado un agujero de mi hermana, pero aún me quedaba por conquistar el otro. Metí la esponja entre las nalgas de Paloma, mientras nos miramos con mirada cómplice. Le di fuerte entre las nalgas. Mi hermana estaba prácticamente abrazada a mí, y nos besábamos de vez en cuando. Entonces la cogí de la cintura para obligarla a ponerse de espaldas a mí. La cogí de los senos mientras le mordía la oreja, y luego, la puse contra la pared. Yo me puse de rodillas, frente a sus nalgas y hundí mi cara entre ellas.

El agua bajaba por su espalda y lo inundaba todo. Entonces le separé las nalgas para acariciar con mi lengua su agujero. Mi sorpresa fue observar a la puta de mi hermana separarse ella misma las nalgas.

Entonces comencé yo misma a acariciarme de nuevo y a posar la otra mano sobre su sexo. No duramos mucho tiempo así, porque ella se empeñó en acariciarse el clítoris, aunque yo le aparté varias veces la mano violentamente. Así que tuve que quitarme la mano de mi sexo y separarle la nalga que dejó libre. De nuevo le introduje el dedo, primero el corazón, pero luego también el índice. Ella los rozaba con los dedos con que se acariciaba el clítoris. No tardó en ponerse a chillar, esta vez bajo la lluvia. Dejé de lamerle el ano, para lamerle la parte trasera de su almejita. Créanme que a Paloma le fallaron las piernas y fue escurriéndose en mí hasta quedar en cuclillas entre mis piernas.

Nos secamos, comimos y dormimos en su cama. Bueno, dormimos a ratos. Nos tumbamos desnudas en la cama y nos clavamos las piernas en nuestros sexos mientras nos acariciamos. Como yo no me había corrido, y estaba muy excitada, me tumbé encima de ella y comencé a moverme entre sus piernas, rozando mi clítoris contra el suyo, cada vez más rápido hasta que me corrí. Pero la cosa no acabó ahí, ya que volví a masturbarla con mis dedos, un rato más tarde.

El fin de semana pasó. El domingo las dos estábamos avergonzadas. Al pasar la borrachera nos entró la resaca. Pero la resaca no duró mucho. Un día me puse a estudiar de noche en la habitación de Paloma. Paloma se acostó con las bragas ortopédicas de siempre y un camisón de monjita. Mi papá me dijo que era mejor que fuera a estudiar a otro sitio donde no molestara a Paloma. Pero Paloma intervino. -Déjalo, papá, si no me molesta.- No tardaron en dormirse mis papás cuando yo estaba de rodillas junto a la cama de Paloma, “ordeñándole la almejita”.

Desde aquella noche, mi hermana era mía, pero lo teníamos que hacer de espaldas a mis papás. Esperábamos a los fines de semana. Mi hermana se deshizo de los complejos estúpidos y pronto encontró a otro chico con el que se comportaba como una verdadera puta en la cama. Yo, por mi parte, encontré pronto mi media naranja en mi mismo hemisferio.

Paloma se ha casado y tiene un hijo. Me parece que sus relaciones conyugales empiezan a ser aburridas en el plano sexual. De vez en cuando nos miramos como con cierta complicidad. Tal vez sea el momento de visitar a mi hermana un día que no haya nadie en su casa.

Soldado va de visita a casa de sus tíos

La historia que estoy a punto de contarles es real y excitante, permítanme decirles antes que empiece, recomendarles a las personas que sufren de sobre excitación que lean dos veces este relato ya que es la mejor experiencia que he tenido y ustedes no creo que tengan la misma suerte.

Resulta que gracias al entrenamiento en las fuerzas armadas, tengo un físico excepcional, no es que quiera presumir pero mido 1,87 metros. Tengo un pene que mide 21.3 cm, ojos azules, cabello castaño oscuro y soy teniente del mejor grupo elite de comandos paracaidistas. Mientras estuve como cadete en la escuela superior, tuve muchas amantes gracias a mis atributos físicos como en especial, la esposa de mi coronel Jarrín, y la hija del mismo coronel, pero cuando supe que mientras realizaba mi curso de comando y de selva, el cual duró 12 meses, mi tío Alfonso se había casado con una chica que al decir de mis padres era muy bonita pero poco inteligente, entonces nació en mí mucha nostalgia por mi tío ya que con el pasé gran parte de mi niñez, antes de que él se cambie a vivir a la ciudad de Guayaquil, fue entonces cuando me decidí a visitarlo en el mes de agosto ya que tenía, cinco días de franco como premio por obtener la primera antigüedad en los dos cursos que realicé.

Mi ansiedad por conocer a mi nueva tía era tan grande que la llamé por teléfono, ella tenía una voz muy dulce y tierna y al instante que contestó me impactó, pero astutamente empecé a seducirle sin antes preguntar por mi tío, entonces ella se sobresaltó y me dijo que era la señora de Cruz y que yo debía ser su sobrino, entonces yo pedí disculpas y le dije no se podía saber lo que puede pasar entre un hombre y una bella mujer, entonces colérica ella colgó el teléfono.

Como tenía que presentarme en la II división del ejército, no era problema para mí, pasar tres días en casa de mi tío, así que llegué hasta el terminal terrestre y al bajar del bus, estaba allí mi tío Alfonso con dos mujeres, la primera era su esposa de nombre Anita y la segunda la hermana de ella llamada Carolina, esta última tenía como quince años, pero unas tetitas pequeñas con unos pezones que apuntaban al alto cielo, un culito mediano pero redondo, el short que estaba puesta le dada una forma a la conchita que parecía dos hemisferios dispuestos a ser explorados. Pero mi tía tenía puesto un vestido desde los tobillos hasta el cuello, sin ningún partido y con una mirada de sorpresa al verme, pero lamentablemente el poco ceñido que tenía el vestido, sólo me dejaba ver que ella tenía, unas tetas tan grandes y redondas pero con unos pezones rozados que parecían ser virginales, el culo, para qué hablar del culo, este era hermoso de forma grande pero bien formado, además mi experiencia me decía que aún era virgen por el ano y la misión, era de desvirgar esa obra de arte, por delante del maldito vestido se podía notar una rajita en forma de fruta es decir dispuesta para comer, ya que tan sólo al andar se comía el vestido que estaba puesta, al momento de saludarle disimuladamente le bajé la mano por todo el abdomen hasta llegar casi al trasero y me dijo en el oído que nada se puede saber y me besó en la mejilla.

Poco tiempo después fuimos hasta el departamento en el que vivían, pero para sorpresa tenían tan solo dos dormitorios, un baño, una cocina comedor y una sala, pero como Carolina estaba de visita, Alfonso me pidió que duerma en la sala y después salió para su trabajo, dejándome a solas con esas dos muñecas a las cuales, quería culiarles hasta que no pueda respirar, entonces empecé la operación conquista, primero a Carolina y luego a mí “tía”, ya que durante más de seis años no había visto a Alfonso, y gracias a mi trabajo no lo volveré a ver en un buen tiempo no creo que a él, le moleste que le enseña Anita el arte del sexo.

Entonces me saqué la camisa que tenía puesta y fui hacia la cocina en donde estaban las dos conversando, antes de abrir la puerta, pedí prestada la ducha y cuando me vieron semidesnudo, las dos como en coro respondieron es toda tuya, cuando entré al baño me llamó la atención el tipo de puerta, ya que estaba dividida en dos partes, la primera inferior era de madera y la segunda era de vidrio que tenía unas figuras que no permitían ver a través, pero sí dejaban ver una silueta, al empezar a desnudarme noté que alguien estaba tras la puerta del baño, entonces le puse al maso a mil por hora y empecé a pajearme muy lento, cuando de repente escuché unos gemidos que llegaban a ser como gritos entonces de puro maldito entré a la ducha.

Luego de ducharme me cubrí sólo con una toalla y salí a la sala, estaba sólo Anita ya que Carolina había salido a pasear y ella estaba sentada en un sillón y para sorpresa me di cuenta que no podían sacar los ojos del paquete que estaba bajo de mi toalla, entonces pregunté en dónde podía cambiarme y de inmediato contestó que en su dormitorio.

-Y le dije ¿nadie sabe lo que puede pasar?

De puro desgraciado, me quité la toalla y ella empezó a gritar como loca, gracias a la experiencia me acerqué a ella la tomé de la cintura y como no es muy alta la elevé hasta que su conchita quedara ajustada a mí pene, la besarla mientras le acariciaba las tetas y le sacudía para que sienta el gran paquete casi en dentro de su vagina.

Ella me dijo que respetara su calidad de mujer casada, pero poco duró esta oposición porque de repente sentí que ella tenía una mano en mi verga y me estaba masturbando, esta acción fue la gota que derramó el vaso de agua, con furia rompí el maldito vestido largo, hasta que se quedó sólo en bragas y con las tetas al aire, yo de inmediato la apoyé en el filo del sofá y procedí a succionar esa conchita y la masturbarle las tetas, cada metida de lengua decía: -Por qué mi marido no sabe hacer esto, mientras que yo comía de ese sabroso jugo ya que es tan natural y sexual, ese olor tan especial que hace que los verdaderos hombres sientan excitación y deseo de destrozarle las entrañas con la verga que está tan erguida y caliente, una vez que se corrió por primera vez la volví a elevé y con furia la llevé hasta la pared y le penetré con toda la fuerza que tenía, hasta el día de hoy puedo sentir el cálido interior de esa mujer, para serles sincero tenía una vagina estrecha, pero muy lubricada, esto permitió que yo sienta la mejor sensación con el sube y baja de mi glande, dentro de ella, puedo sentir que tenía puesto un diafragma en el cuello de útero porque en cada penetrada podía sentir resistencia a que mi pene entre y además los gritos de placer que ella emitía hacía que mi excitación, retrace el acto de terminarle, dejarle todo mi semen para que viva en su interior por siempre.

¡¡¡Ahhhhhhyyyy, ohh eres el mejor!!! Ahahahahahah, fue lo único que escuché mientras cumplía con el mejor trabajo que sé hacer que es el de satisfacer a una mujer con movimientos lentos y profundos,

Me corro mi amor me corro dentro de ti, a lo que ella contestó que no tema y para ser sincero fue lo mejor, porque toda la libertad que tenía para correrme me hacía sentir en familia, luego ella se corrió por segunda vez, entonces aproveché esa salsa de líquidos para recubrir mi pene de lubricante, este era el mejor momento para culearle por el ano, mi sueño se estaba por hacerse realidad pero claro está, que tenía que trabajarlo porque como dije anteriormente era virgen, primero empecé besando ese tercer ojo que estaba tan cerrado y rígido que sólo hacía que me excite aún más, con todo el coraje del mundo la recosté en el suelo y en una perfecta pose 69 empecé a lubricar ese culito, primero le mandé un dedo. Mete y saca, luego le envié otro dedo, hasta que pude sentir el calor que tenía ese culo, luego con el semen con el cual le manché a Anita le pasé por el contorno del ano.

Y le dije que de aquí en adelante, sólo quería anal, y así fue porque le puse en una pose perrito y empecé a cabalgarle, apenas le puse mi glande en la entrada sentí cómo se estremeció.

Luego de un grito que estaba entre la frontera de el dolor y el placer, le clavé toda la pija hasta que la sentí llorar, era la primera mujer que lloraba del placer, fue el mejor excitante que pude tener ya que con eso mi pene llegó al mayor tamaño y empecé a follarle con bestialidad que no pude sentí que de alguna manera para evitar la penetración anal, ella se sacó mi verga y se la metió toda en la boca, para serles sincero el sexo oral no me gusta mucho pero no podía creer que mi tía, era la mejor mamona que había conocido hasta ese momento al poco rato me corrí por tercera vez y ella fue la encargada de atragantarse y limpiar todo el material que expulsé.

Luego de todo esto los dos quedamos totalmente rendidos, al poco rato nos vestimos y esperamos a que llegue Carolina, claro que el más ansioso era yo, pero aún tenía dos días para follarme a esa jovencita que me tenía soñando.

Yo Analuci R. cogida por mi primo

Todo esto sucedio un dia que fuimos al rancho, el dia era algo fastidioso y le dije a mi primo que vayamos a caminar, como el igual estaba aburrido acepto, fuimos a caminar a los alrededores el camino el de terraceria y no pasan automoviles ahi, cuando estabamos caminando mi primo saco un condon y me lo enseño yo les dire que es ese tiempo tenia 15 años y me gano la curiosidad de ver el condon y lo saque del empaque, cuando lonsaque mi primo lo agarro y lo inflo un poco y comenzo a untarmelo en las nalgas jugando, el me dijo que su verga llenaba ese condon y yo no le crei y le dije que se lo ponga, tarde mas en decirlo y ya habia sacado su verga era grande y gruesa me dijo que le ponga el condon yo andaba caliente y se lo puse el me empezo a pasar su verga en mis nalgas y en mi vagina yo traia pantalon y se sentia rico, me quite la blusa y mi primo me hizo mamarsela se sentia rico tener esa verga en mi boca lo saboreaba lo masturbe y el me bajo el pantalon yo traia una tanguita con orillas verde neon y la telita blanca con azul el la hizo a un lado y poco a poco me la iba metiendo, primero solo la cabezita y ya luego toda ahi empezo el mete saca, yo solo me agarre de un arbol y me la iba metiendo el me decia -oh prima que rico culito tienes muevelo mas- yo amaba que me hablara asi y me movia mas en un momento el me volteo y me abrazo, pense que ya habia terminado pero nooo, me cargo y me la metio de nuevo, que rico se sentia tener toda su verga dentro de mi vagina yo sentia que me iba a estallar cabalgaba esa verga tan bien mientras mi primo me lamia las tetas de un momento a otro mi primo se quito el condon y me bajo me hizo arrodillarme y mamarsela ahora estaba mas rica esa verga la chupaba entera y lo masturbaba mientras el me agarraba el cabello y me hacia mamarla mas rapido yo solo le mamaba la verga y sus huevos tan ricoos mmmmmm y grandes mmmm solo recordarlos me calientan, cuando mi primo me saco mi primo su verga de mi boca se masturbo un momento frente a mi y se vino en mi cara, imaginense todo su semen en mi cara y en mi boca llego hasta mis tetas no podria creerlo luego de eso se la mame un momento mas, pero tenia que quitarme la leche de mi primo de mi cara por que teniamos que ir al rancho y ahi estaba tooodaaa mi familia, el me quito la tanga y me la paso en la cara para limpiarme ya que me quito todo la tanga quedo mojadita con semen yo me la puse, que rico sentir mi tanga asi mi vaginita y mi culo tenian todo el semen de mi primo ya ñuego me cambie y fuimos al rancho de nuevo yo lave mi cara por que el semen que quedo se endurecio y quedo dura mi cara, ya luego me sente a su lado y le jugaba la verga y el mi vagina debajo de la mesa mientras estabamos ahi.
Espero que le haya gustado este relato… Yo me llamo Analuci Romero
Tengo 18 actualmente y soy una putita de mi primo espero que califiquen bien mi relato si no baja de 9 les paso whatsapp para el siguiente

El día que me coji a mi mama

Empiezo diciendo que esto sucedió cuando yo tenía 15 años, soy hijo único, mi madre y mi padre tenían 45 y 48 años respectivamente. lo que les voy a contar sucedió el día que fui Chambelan de mi prima. Mis padres se había divertido mucho en la fiesta y tomaron más de la cuenta, entonces yo tuve que manejar de regreso a casa aunque tenia poca experiencia en eso, mi papá se recostó en el asiento trasero y mi mamá en el copiloto me costó mucho trabajo subirla y ahí empezó mi inolvidable aventura, fue una delicia subir a mi mamá por que le rose sus tetotas al subirla y aprovechando la borrachera que traía le arribaba mi verga en ese gran culo que se cargaba, en ese momento me quede con las ganas de tocarla mas pero ya camino a casa mi mama se quedo bien dormida y con las patas abiertas y como traía una falda corta se le miraba su tanga yo me sobaba la verga pensando en como era la panocha de mi mama, muchas veces me la había jalado imaginando que me cojia a mi mamá y hoy la tenia a mi merced, por lo menos para tocarsela y mirarla, empeze acariciandole su pierna y la fui subiendo hasta llegar a su tanga tanga blanca,se la sentia mojada y eso me éxito mas, mi papá hizo ruido y voltee a verlo eso me puso nervioso y me dio temor que descubriera mi atrevimiento pero no paso nada y ahora subi mi mano y le empezó a tocar las tetas, unas tetas tan grandes como melones por que mi madre es un poco llenita, solo pude acariciarlas por encima pero bastó para que se me pusiera más dura, cuando me di cuenta ya estaba frente a la casa, pensé que hacer… y primero baje a papa y solo lo deje en la sala ya que pesaba mucho y estaba perdidamente borracho, regrese por mamá y todavía estaba dormida la intente despertar pero estaba igual que mi papa así que me aproveche y la ayude a salir del carro pero tocándole su culote y sus chichotas, le pegaba mi verga y ella pensaba que era mi papa por que susurrando me dijo cojeme como puta flaco,(así le decía de cariño) y eso me puso más cachando, era la oportunidad de cojer ya que nunca había cojido, solo me la chaqueteaba, la metí a la casa y con mucho trabajo la subí por la escalera y ala mitad me ofreció sus labios pensando que era mi papa, la bese apasionadanamente y ella correspondió igual, la recoste en la cama boca arriba con sus rodillas colgando, ella dijo ya mamamela, sin perder tiempo me metí debajo de su falda y solo haciendo de lado la tanga empeze a lámer su panocha, el olor de sus pelos a orina, sentirla mojada y gimiendo, me éxito muchisimo, mi verga estallaba de lo dura que estaba le levanta la falda y al quitarle la tanga vi esa maravillosa mata de pelos que le cubrían la panocha y al levantarle las pierna descubrí que le llegaban hasta el culo, senti que me venia de solo mirarla, ella preciono mi cabeza entre sus piernas y yo mamaba como desesperado después le abri su blusa y empese a mamar esas chichotas grandisimas le mordía el peson dulcemente y me decía mas flaco más, yo no pronunciaba palabra alguna pero quería decirle eres una puta mamá y ahora mamamela, y sin decirle nada le puse la verga en la boca, empezó a besarla a tocarla hasta que se la hundió en la boca fue genial sentir como se la trago toda, después se puso boca abajo y quedaron sus nalgotas apuntando a mi, le habri el culo y lo tenia lleno de pelos lo Fruncia como invitándome a probarlo y sin pensarlo se lo empese a mamar, era delicioso meter mi lengua en su cola ella solo gemia, (mi mamá era una gran puta) en su inconcicia decía ya cogeme el culo y le puse el pitó justo en la entrada de su cola ella empezó a empujar el culo diciendo cojeme el culo ya cogelo, le llene el culo de saliva y se lo fui metiendo poco a poco mientras ella se quejaba de placer y movía sus nalgotas haciendo que mis huevos se estrellaron en su cola, era increíble ver como se tragaba toda mi verga su culote entraba y salia, se retorcia y yo le acaricianba sus nalgotas después de eso la puse otra ves boca arriba y me coloque frente a ella y levante sus piernotas hasta mis hombros y mi verga se empezó a perder dentro de la panocha peluda de mi mama, ella movía su culo rítmicamente y yo mete y saca, me decía palabrotas que creía que mi mamá nunca diria y a cada frase como meteme el Chile o ese camote es mio me exitaba más y más, yo arremetia con más ganas el culo y panocha de mi mama y ella no paraba de gemir y pedir pito, se metía los dedos en la boca, yo me recoste encima de ella y mamaba sus tetotas, la besaba como desesperado mientras mi verga se la cojia, retorcia como puta, me decía dame toda tu leche, llévame el culo de leche, hasta que en un largo y ruidoso gemido me mojo la verga y llego al órgasmo desvaneciendose y yo descargue toda la leche dentro de mi mamá, nunca pensé que cojerme ami mamá fuera tan rico. Después me apresure a vestirla y me fui, al otro día se despertaron con una cruda espantosa y aunque mi mamá no dijo nada creo que algo sospecha pero no mencionó nada. Esto fue real y hoy día tengo 25 años y ya estoy casado pero aun masturbo pensando en el día que me cojia a mi mamá.