El motociclista me hizo suya frente al espejo

Hola. Si quieren conocerme vean mis relatos anteriores. Soy una mujer casada (para los que no me conocen) y mi marido está trabajando actualmente fuera de la ciudad por lo que tengo la disponibilidad de portarme mal.
La semana pasada estaba de nuevo, de madrugada, despierta. Era viernes y rondaban las 3 o 4 de la mañana. Estaba con una amiga con el que traíamos el chisme andando y listas para dormir (en calzones y con una blusa de tirantes, descalza, sin maquillar y despeinada), cuando de escuchamos un claxon insistente. Al principio lo ignoramos pues al lado hay una pensión para dejar el auto y es común que alguien llegue noche y toque el claxon para que le abran y lo dejen entrar. Pero el claxon seguía y seguía y seguía por varios minutos. En ese momento me pareció extraño y decidí asomarme por la ventana del estudio (hasta eso tuve la inteligencia de no salir al balcón). Cuando me acercaba a la ventana lo que vi me dejó helada: ¡era el motociclista de la otra vez, listo y dispuesto para hacerme suya de nuevo!
Me congelé. Ni siquiera llegué a la ventana por temor a que me viera. Sigilosamente (según yo) retrocedí en la penumbra en dirección a la sala, en donde estaba mi amiga. El claxón siguió sonando con insistencia y mis nervios empezaron a traicionarme.
-¿Qué te pasa? – me cuestionó Martha.
– Este…nada..¿por?
-Pues no sé…estás rara…¿es por el claxon?
– Sí…- decidí confesarme ante la obvia imposibilidad de ocultarlo – Deja apago la luz un momento… – Corrí y empecé a apagar todas las luces. A los pocos segundos escuchamos la moto arrancando y partiendo. Mi corazón regresó a su lugar mientras era cuestionada con sorpresa por la mirada de mi amiga.
Pasados unos segundos, decidí confesarlo todo. Mi amiga no se lo podía creer. Yo, casada, la que profesa un amor incondicional a su marido, la que había jurado frente al altar fidelidad y amor eterno, la que fingía en las reuniones ser fiel y casta resultaba que había dejado entrar a un extraño en la madrugada a mi departamento y me había atrevido a entregar mi cuerpo a un extraño y, además, de la forma en la que había sido todo. Sólo sexo. – ¿Me la chuapas?- lo hice – Quiero penetrarte, ¿puedo? – pudo. Adiós y buenas noches.
Mi amiga estaba que no daba crédito. En ese momento sólo hablamos de él. Después le he ido contando todo lo demás y ahora es la única que sabe lo zorra que en realidad soy. Pero la quiero y me quiere y no me ha juzgado.

Ayer estaba sola. Caliente y borracha frente a la computadora y pensé en él. – Si viene lo repito – pensé para mí. Pero no vino.
Hoy se repitió la situación. Pero hoy salí con mis amigos antes. Fue una reunión agradable. Cena, plática y…alcohol. Llegué a mi departamento a eso de las 2 a.m. Borrachita y cachonda, como es común en mí con un par de copas encima. Pensé en cambiarme y ponerme la pijama pero algo me dijo que no lo hiciera. Así que, en lugar de prepararme para dormir, saqué lo que quedaba de vodka en la despensa y entré en la computadora.
Sin darme cuenta de la hora de repente oí el claxon. El corazón me saltó y dudé por un momento en lo que acababa de escuchar. Con algo de miedo pero llena de esperanza salí al balcón. Miré abajo y ahí estaba él. Venía con el mismo traje de motociclista con el que lo conocí. Nuestras miradas se encontraron y me sonrió desde abajo. Yo no pude evitar dibujar una sonrisa de niña tonta que ve a su príncipe azul. Inmediatamente recogí el desorden más visible, tomé las llaves y bajé a abrirle.
– Hola preciosa – Me dijo con una sonrisa encantadora al tiempo que se acercaba para besarme en la boca. Eso no lo hizo antes y cerré lo ojos al sentir sus labios.
– Hola – respondí sin que pudiera decir otra cosa. Lo hice pasar y caminé enfrente subiendo las escaleras mientras pensaba si me estaría viendo las nalgas, las piernas o algo al subir. Abrí la puerta y entró atrás de mí. – ¿Tienes condones? – Eso fue lo que le dije primero. ¿Tienes condones? ¡Qué paso conmigo! No lo entiendo. …Tienes condones…me sentí como una tonta, como la más puta entre las putas, como una mujer que no tiene valor ante sí misma…
– No – me dijo
– Espera – Y entré a mi habitación en donde yo tenía algunos. Salí con el paquete abierto. Lo saqué y él ya estaba sentado en mi silla con los pantalones abajo y su miembro firme y grande dándome la bienvenida. Me hinqué sin más y con las dos manos le puse el condón. Recorrer con el condón la forma de su pene erecto fue un placer.
No hubo charla ni cursilería. Él quería sexo, para eso vino y yo quería comérmelo y estaba a mi merced.
Le pasé las manos por su pene hasta los testículos los cuales jugué un poco. Mi otra mano se paseó por sus torneados muslos, saboreando con el tacto su firme piel. Lentamente acerqué mi boca y su miembro empezó a desaparecer mientras mis labios recorrían la distancia hasta el nacimiento de su pene. Empecé a lamerlo con deseo, dándome mi tiempo de disfrutar ese caramelo tan sabroso. Subía y bajaba la cabeza. A veces sólo la punta, apretando los labios y otras veces hasta el fondo, desapareciéndolo en mi garganta. Era una paleta deliciosa y me di mi tiempo de disfrutarla, haciendo pausas. Entre las chupadas profundas me di el gusto de sacármelo de la boca y lamer con deseo sus testículos contraídos. Cambiaba de ritmo según mi deseo. Lento y profundo, hasta el fondo de la garganta o rápido, ya sea la punta (metiendo la cabeza y sacándola rápidamente) o recorriendo con velocidad toda la distancia desde la punta hasta la base.
– Quiero metértela – me dijo
Paré, lo miré una vez más y sonreí con malicia. – Ok – dije y le pregunté en dónde me ponía. Yo tenía ganas de montarlo sobre la silla o que me llevara al sillón y me abriera de piernas pero él ya se había levantado. Sería de pie en medio del comedor o recargada contra algo.
Fue de pie al inicio. Sin apoyo cercano para mí me levantó el vestido (llevaba un vestido negro de tubo, entallado y con abertura por atrás, pantimedias naturales, pantis normales con encaje al frente y color morado que me encanta, saco de vestir y unos zapatos cerrados al frente y de tacón de aguja de 15 cm. También llevaba un corset negro muy coqueto pero no me quitó la ropa). Me bajó las medias y las pantis dejando desnudas mis nalgas y empezó a meterme los dedos y a morderme suavemente las nalgas. Sentí unas nalgadas suaves que me encendieron. Yo estaba con el culo levantado lo que podía intentando no perder el equilibrio. Se sentía deliciosa su boca mordisqueando y sus dedos urgando con maestría. Yo estaba tan caliente que le propuse que me penetrara frente al espejo del baño y él encantado aceptó.
Ahí ya pude inclinarme, ofreciéndome a su antojo y con el apoyo del lavabo. Su verga erecta la jugó en mi entrada un momento poniéndome más ansiosa por tenerla dentro. Empezó a empujar cerca de mi vagina pero sin colocarla de manera correcta por lo que pasé mi mano entre mis piernas y acomodé la punta de su miembro en mi entrada. Yo estaba ansiosa a más no poder al sentir su pene firme golpeando mi entrada y entonces lo sentí entrar. Un gemido de placer acompañó el recorrido de su pene mientras abría mis paredes vaginales lubricadas por mi humedad.
Mientras yo gemía mirándome al espejo inclinada y agarrada del lavabo y él dándome duro mientras nos miraba a los dos por el reflejo, se me salió preguntarle – Ahh, ahh, ahh…¿te gusta así?…mmmm….ahhh….
– Siiii…voy a terminar antes que la otra vez…
Eso me excitó aún más y mientras yo gemía sin pudor de los vecinos, movía mis caderas y pasaba una mano hacia sus nalgas para arrimármelo más. Sus nalgas firmes, contrayéndose y relajándose un poco con velocidad mientras me penetraba con rapidez me parecieron espectaculares. Lo quería todo. Lo necesitaba dentro. Sentirme un instrumento de placer para ese pene gordo y largo que deseaba drenar. Me sentí una verdadera puta al mirarme al espejo con mi mano atrayendo ese cuerpo firme que me hacía suya frente al espejo en donde me arreglo todos los días para irme al trabajo. Me concentré en la sensación de ese trozo de carne que intentaba romperme por dentro y, de repente, se relajó Dos empujones pausados, seguidos de una penetración profunda que dejó un momento dentro mí, fueron la señal de que había eyaculado.
Sin mayor ceremonia me retiró su pene satisfecho y le di espacio para que se lavara esa verga erecta pero flácida en el lavabo.
Yo me subí las pantis y las medias y me acomodé de nuevo el vestido. Estaba hecho.
– ¿Me regalas agua?
– Sí, claro
Le ofrecí sentarse y estuvimos platicando un poco mientras se acababa el agua. Resulta raro que después de dos veces que fui suya apenas nos presentáramos.
Se llama Juan. Es casado y con tres hijos pequeños. Trabaja coordinando el reparto de periódicos, por eso pasa en la madrugada.
Según su historia, nunca había sido infiel a su esposa hasta que me vio en la calle aquella vez.
Lo extraño, porque nunca me ha pasado esto con ninguno, es que, a pesar del deseo imperioso de que me tocara, de sentir su mano sobre mi cuerpo…aunque sean mis piernas, de sentir sus besos o su mirada fugaz en mis tetas, él parecía que estaba con un amigo. Hablamos bien un rato pero nada más.
Terminó su agua y se despidió con un beso de “piquito”
– Te veo el siguiente fin de semana.
– Te espero
Y se fue.

Acerca del autor
Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *