Elena

Ahora yo la miraba apreciándola en su inquietante hermosura. El saber que la tendría en la placidez de la cama me ocasionó una sensación de placer infinito y sabía que me correría en cualquier momento, pero quería retenerlo. Cuando la miré ella cubría su vagina adorada con ambas manos.Cuando las retiró y pude ver lo que ya había recorrido con las mías quedé deslumbrado. Su coño era de una belleza perfecta, su color rosado semejaba una exótica flor viva, palpitante en medio de ese campo negro brillante de su pubis y los bordes de su labios parecían prestos a pronunciar palabras, porque se separaban levemente para volver a juntarse. Yo detuve mi boca que se acercaba ya a su pozo, que me llamaba, me detuve inclinado sobre su vientre deseado, mientras ella con su mano derecha se acariciaba el vértice superior de su vagina y me dejaba ver su tesoro escondido.

Era del mismo color rosado que su vulva, estaba allí, inmóvil, parecía mirarme como si tuviese un pequeño ojo en su extremo, era hermoso. Definitivamente lo que Elena me mostraba y me ofrecía, su clítoris, un pequeño y maravilloso clítoris coronando agresivamente su vagina. Con la vista fija en él, permanecí en silencio. Me parecía más bien una realidad maravillosa, una dualidad armónica que de alguna manera era como el fetiche de mi propia conducta, solamente que me extrañó no haberlo descubierto cuando anteriormente la acaricié. Ella se lo acariciaba muy suavemente con su dedo indice derecho humedecido mientras me hablaba ahora calmadamente. Me contó cómo comenzó a sentir placeres deliciosos cuando en medio de la tranquilidad de sus sueños eróticos reprimidos, lo sentía crecer entre sus dedos, lo que ocasionó en mi un golpe delicioso en mi pene. Elena me miraba sin dejar de acariciarlo. Yo subyugado por esa visión extraordinaria, le acariciaba ahora los muslos humedecidos fascinado por ese miembro extraño y hermoso que no me atrevía a tocar. Me tendí al costado de Elena casi apoyándome en su pecho, le cubrí sus muslos con los míos y sin separar la vista de su clitoris insolente y atractivo le hablaba con un deseo extraño, nuevo y único. Le dije que para mi era maravilloso, que toda ella era una maravillosa, y que desde el primer momento que nos conocimos en Barcelona había deseado que fuera mía.

Que su cuerpo me electrizaba, que ella desencadenaba en mí deseos ocultos que ni yo mismo sabía que los tenía, que la encontraba realmente completa y que en cierto modo la envidiaba. Ella había dejado de acariciarse y ahora me besaba mientras yo le hablaba. Al parecer mis palabras aumentaban su excitación puesto que una de mis manos que mantenía entre los labios de su vagina percibía sus latidos rítmicos y ella dejó de besarme para decirme. Háblame, Arturo háblame más que me gusta mucho. Yo continué diciéndole palabras de amor, dándole pequeños besos en los ojos en la boca, en las tetas, y a medida que le hablaba, el pequeño clítoris, se agitaba, al ritmo de su vagina aumentando paulatinamente de tamaño. Ella agitaba su culo en forma ondulante levantando su pubis para que yo pudiera observarlo en toda su magnitud.

Era maravilloso, no me atrevía a tocarlo, destacaba francamente sobre su mata de pelos, recto, liso, brillante. Era un mastil que guardaba el extremo superior de esa vulva inundada y abierta. Era fenomenal, y ocasionó en mi una reacción generalizada de mi cuerpo que parecía incendiarse. Es tuyo, me dijo. Entonces la abracé nos apretamos logrando una cercanía maravillosa en que ninguna parte de nuestros cuerpos carecía de contacto con el otro. La sentí desnuda separé sus muslos con los míos, estiré mis piernas y me extendí sobre la cama sin dejar de abrazarla y ya no hablamos. Ella lentamente fue girando mientras me mordía suavemente los pezones y luego terminó de acomodarse sobre mí. Sentía la presión de su cuerpo liviano y ardiente, sobre mi pene duro y húmedo mientras nos besábamos con esa tranquilidad que solamente se encuentra en la cama. Ardía y se agitaba como un pájaro de fuego.

Ahora tenía su culo delicioso en mis manos y en esa posición lentamente la fui subiendo hasta sentir como mi miembro buscaba la estrecha entrada de su vagina, separé con delicadeza infinita sus labios mayores y de pronto sentí con mi penetración su calor delicioso. Comencé a impulsarme a Elena contra mi vientre desesperado y ella captó mi ritmo y nos agitamos juntos. Ella me estaba haciendo suyo, pero yo la estaba haciendo mía. Yo disfrutaba por fin del momento que quizás andaba buscando desde siempre. Ese anhelado momento de tener a Elena como la estaba teniendo, estaba llegando al instante supremo, el deseo cumplido. Seguimos agitándonos en la cama durante largo rato, en silencio, no era necesario hablar, me sentía dentro de ella; la guié para que me recorriera sin pausa, para que tocara todas mi cuerdas, hasta que el deseo alcanzó la cumbre y nos corrimos con una placidez desconocida y en las profundidades del nuevo paraíso ella me regó con el primer regalo que habría de brindarme y su líquido quemó sin compasión mi pene mientras nos fundíamos en el beso brutal que sellaba nuestro pacto.

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