La Cena

Nunca he sido partidario de las relaciones en el ámbito laboral, sin embargo este relato es una de esas pequeñas excepciones que siempre nos ocurren a las personas.

Era una mujer normal, no se podría decir que fuera una de esas hembras voluptuosas o espectaculares, sin embargo había algo en ella que me atraía en forma especial, nuestra relación en el trabajo era esporádica al principio, no trabajamos en el mismo departamento y por tanto nos veíamos solo cuando uno de los dos necesitaba una información del otro, sin embargo a lo largo de los años esto fue cambiando, poco a poco empezó a gestarse una camadería que acabó en un buena amistad, buscábamos momentos del día para poder hablar de diferentes cosas de la vida y poco a poco entramos en conversaciones sobre nuestra vida personal y, como no, acabamos entrando en las conversaciones sobre sexo. Esta relación se prolongó durante mucho tiempo, por mi mente pasaban pensamientos no recomendables para nosotros, ya que los dos somos personas con una relación estable, sin embargo no podía evitarlo.

Un día, de sopetón, ella me comentó que su marido iba a pasar unos días fuera por cuestiones del trabajo y que su hija en las mismas fechas estaría con su colegio en una excursión de varios días, por lo que si quería podía invitarme una noche a cenar a su casa, para poder hablar de nuestras cosas con más tranquilidad, sin tener que estar pendientes, como en el trabajo de si alguien nos molestaba o escuchaba nuestras conversaciones. Le dije que probaría de buscar un día y le diría alguna cosa. Esa misma noche busqué una excusa aceptable para mi mujer y a la mañana siguiente le dije que si. Quedamos para el jueves por la noche, era martes, así que tenía tres días antes del encuentro. Debo reconocer que pase unos días bastante nervioso, pocos días después ella me comentó que también había estado en el mismo estado.

Por fin llegó el jueves por la noche, me pidió que al salir del trabajo le dejara una hora para poder preparar todo y yo aproveché para ir a tomar una cerveza y comprar una botella de vino para la ocasión. Pronto pasó el tiempo y me dirigí a su casa, cuando abrió la puerta quede agradablemente sorprendido, nunca la había visto vestida de aquella manera, siempre iba con tejanos y camisas o jerseys anchos, así que encontrarla con un vaporoso vestido estampado en flores y un escote generoso que dejaba adivinar el principio de sus senos me sorprendió sobremanera.

La cena fue fantástica, comimos, bebimos, hablamos de muchas cosas y nos contamos cosas que en el trabajo no hubiéramos atrevido a decir, al final, supongo que a causa del vino acabamos hablando de sexo, fue en ese momento cuando no se porque razón por mi mente paso la idea de que si me había invitado en ausencia de toda su familia era por alguna razón , así que pensé en lanzarme para ver como respondía.

Me levanté y me sitúe detrás suyo, ella no dijo nada, así que supuse que aceptaría mis intenciones, lentamente apliqué un suave masaje en sus hombros que poco a poco fue descendiendo por su espalda, me percaté que era una sensación que ella aceptaba de muy buena gana, ya que poco a poco fue distendiendo sus músculos y se acomodó en la silla. Cuando ví que aquello iba en serio comencé un suave besuqueo por su cuello y los lóbulos de las orejas, poco a poco empezó a respirar de una forma que me indicaba que iba por buen camino, mis manos pasaron de su espalda a sus costados y poco a poco, siempre por encima del vestido acaricié sus menudos pechos, notando ya una creciente erección en sus pezones, de repente una mano subía por mis muslos hasta llegar a la entrepierna donde una creciente excitación causada por las caricias mantenía mi herramienta aprisionada en los pantalones, mis manos empezaron a desabrochar botones y poco a poco su cuerpo de piel tersa y suave estuvo desnudo, las caricias se hicieron más intensas y empezaron a recorrer toda su anatomía, desde los pechos bajaban hasta el vientre y pasaban unos momentos por su monte de venus, lo que le producía pequeños espasmos de placer. En una de las ocasiones me interné en su entrepierna y noté una humedad que denotaba el estado de excitación al que estaba llegando, paré unos instantes en su clítoris, notándolo hinchado y una pequeña caricia hizo que su cuerpo temblara de placer, le di la vuelta, hasta ahora no nos habíamos mirado a la cara. Entre nosotros se creó una atmósfera de placer y deseo que hacía tiempo no había notado. En esa posición ella aprovechó para desabrochar mis pantalones y dejar libre toda mi virilidad, sus pequeñas manos acariciaron la herramienta produciéndome una sensación maravillosa, el suave masaje recorría toda su longitud y se paraba breves momentos en mis testículos consiguiendo que por mi espalda recorrieran pequeños espasmos eléctricos. Al cabo de unos momentos de este suave vaivén se inclinó sobre mi herramienta y aplicando sus labios sobre ella empezó una suave mamada, notaba como su lengua recorría mi virilidad mientras sus manos masajeaban mis testículos, el efecto fue instantáneo, mi verga se hinchó hasta límites insospechados y las sensaciones recorrían mi cuerpo, notando como espasmos de placer empezaban en mi nuca y después de recorrer mi espalda llegaban hasta el pene que no paraba de ser atendido por los solícitos labios de ella. Al cabo de unos instantes la carga de esperma pugnaba por salir y avisado de la circunstancia asistí con estupor y placer… Acabé con todavía más excitante succión que denotaba las ganas que tenía de beber mis jugos, no pude más y exploté en su boca, la leche rebosaba por sus labios mientras se afanaba en evitar que no se escapara ninguna gota que con avidez relamía. Después de limpiar con la lengua toda la longitud de mi mango y dejarlo reluciente se recostó en la mesa y reclamó mi atención que inmediatamente fue solícitamente puesta en práctica.

Todavía no la había liberado de su ropa interior, unos sostenes y braguitas blancas, de encaje semitransparentes que dejaban adivinar sus pequeños y erguidos senos, coronados por una aureola marrón y unos pezones erectos y desafiantes que rápidamente procedí a acariciar y lamer. Mi lengua y mis manos sorbían y masajeaban sus carnes haciendo que la excitación aumentara por momentos en ella, después hundí mi cabeza en su entrepierna y note como su almeja estaba chorreando, los jugos se escapaban de su interior y dejaban sus labios brillantes, labios que separé suavemente con mi lengua hasta dejar al descubierto el pequeño botón de su clítoris que se estremecía de placer en cada uno de mis lenguetazos, poco a poco con suaves movimientos rotatorios de mi lengua conseguí arrancar de su garganta suaves gemidos de placer que llenaban de sensualidad la habitación en la que estábamos. Mis caricias se prolongaron a lo largo de unos momentos, desplazándome de su suave chocho hasta su ano en el cuál estuve entretenido un tiempo. Los suaves gemidos se convirtieron en poco rato en grititos que intentaba ahogar mordiéndose el labio inferior, sin embargo mi trabajo obtuvo su premio y al cabo de unos instantes explotaba en un largo orgasmo que hizo que todo su cuerpo se arqueara sobre mí, después de unas contracciones se relajó y me abrazó fuerte susurrándome en la oreja, mientras me besaba suavemente, que quería ser penetrada.

Sin hacer ninguna objeción agarré su suave culo y levantándola en vilo coloqué mi falo en su entrada y la embestí de una sola estacada, noté como todos los músculos de su cuerpo se ponían en tensión y proseguí las salvajes embestidas mientras ella se agarraba a mi espalda y me arañaba salvajemente demostrándome así el placer que sentía. Cuando noté que estaba a punto de llegar al clímax me retiré y la tumbé sobre la mesa, dejando todo su culo a mi vista, ella intuyendo mis intenciones, se puso de rodillas y se acomodó para recibir mi virilidad por su negro orificio. Suavemente fui entrando todos mis centímetros en su interior mientras ella susurraba palabras ininteligibles para mí. Cuando logré establecer en su interior mi verga, comencé un lento vaivén que nos llevó a los dos hasta límites insospechados de placer. Finalmente descargué mi lefa en su interior y quedamos los dos tendidos uno encima de otro agotados por la experiencia. Poco a poco nos fuimos recuperando y después de unos momentos nos abrazamos durante largo rato y nos vestimos para despedirnos.

A la mañana siguiente en el trabajo no cruzamos ninguna mirada, la verdad es que tardamos varios días en volver a hablarnos, sin embargo nuestra relación ya se ha normalizado, aunque nunca más hemos hablado del tema, sin embargo, en secreto, siempre deseo tener otra ocasión para poder volver a cenar con mi compañera.

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