La comida

Tenía que ir a Barcelona a realizar unas gestiones y ella me invitó a comer en su casa. A las dos de la tarde estaba allí, me recibió con un beso tan intenso que nuestras lenguas no podían distinguirse, se convirtieron en una sola, enlazándose como dos víboras jugueteando, mientras nuestras manos recorrían nuestros cuerpos. Aunque sólo duró algunos minutos pareció un momento infinito. Tomamos algo y nos sentamos. Ella llevaba una minifalda muy corta, que me permitía ver su braguita blanca, que translucía su vello púbico. Su camisa blanca, casi transparente, y con algunos botones desprendidos, dejaba ver parte de sus pechos con sus pezones ya erectos por la excitación provocada por esos intensos besos de lengua que nos propinábamos sin descanso. Mi pene ya se estaba endureciendo y comencé a moverme tratando de acomodarme para que no se notara. Ella pareció notar mi, ya imposible de disimular, erección, como había pasado en otras ocasiones. Desabrochó algunos botones de mi camisa y comenzó a acariciar mi pecho deteniéndose en mis pezones, lo que me provocaba intensos escalofríos de placer y eso me excitaba cada vez más. Mientras tanto yo acariciaba sus muslos delicadamente, disfrutando de su suave piel. Seguí lenta, pero decididamente, hasta sus firmes y tersas nalgas y coloqué mi mano bajo su braguita.

Ella seguía con su mano dentro de mi camisa acariciándome el abdomen con dulzura y acercándose cada vez más a mi vello púbico. Al sentir esto fui corriendo mi mano por dentro de su braga desde su culo hasta su coño, que estaba tan húmedo que parecía un río. Esto la estremeció y me desabrochó el pantalón. Me tomó de la mano y me llevó hasta su habitación. Una vez allí nos enlazamos en un beso de lengua que volvió a subir la temperatura de nuestros cuerpos, que se enfriaron levemente al pasar de la sala a la habitación. En ese momento me tiró sobre la cama y terminó de quitarme el pantalón mientras yo me desabrochaba los últimos botones de la camisa. Me senté en el borde de la cama para quitarme la camisa mientras ella hacía lo propio con la suya, parada frente a mí. Intenté ponerme de pie y en ese instante me volvió a tirar sobre la cama, me quitó el slip y luego se quitó su braga y subió a la cama acomodándose sobre mis piernas. Tomó mi pene con su mano y comenzó a masturbarme. En ese momento volví a sentarme, le quité el sujetador y besé sus tetas, chupando sus pezones.

Me tomó por los hombros y me tiró otra vez en la cama, volvió a tomar mi pene, se acomodó y lo colocó en su vagina. Puso sus manos sobre mi pecho y comenzó a acariciarme al tiempo que empezó a cabalgar sobre mí. Puse mis manos en sus caderas y la apreté con fuerza, como transmitiendo la excitación que me desbordaba. En un momento me dijo suavemente que no me corriera dentro de ella y yo, en un estado de éxtasis total, le dije que no se preocupara, que le avisaría cuando estuviera por acabar. Seguía cabalgando a toda velocidad, gimiendo y retorciéndose de placer. Creo que se corrió una o dos veces, con la excitación no podía contarlas. De pronto sentí un fuego que corría dentro de mi cuerpo y se acercaba a mi pene y sin pensarlo le dije que iba a correrme.

Ella retiró mi pene de su vagina y en ese momento descargué tomo mi torrente de semen sobre sus pechos y su abdomen brillantes por el sudor de aquella cabalgata infernal. ¡Sí!, aunque parezca mentira, mi semen voló como si mi polla fuera un pozo petrolero y se dirigió hacia ella como si supiera donde debía llegar. Su mano seguía sosteniendo mi picha que aún estaba eyaculando el poco semen que quedaba dentro de mí. Al sentir el líquido tibio sobre su cuerpo, soltó mi pene y pasó sus manos sobre todo su cuerpo, esparciendo mi semen por todas partes. Tomó la sábana de la cama y se secó. Luego secó mi pene dándome unos segundos más de placer para culminar con aquel encuentro de pasión desenfrenada.

Acerca del autor
Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *