Le hice el amor a mi nuera

Hay algunas situaciones en la vida, que uno jamás hubiese siquiera sospechado que tendría que vivirlas. Y, no sólo vivirlas, sino contarlas a los demás. Nunca hubiese imaginado que algunos de los secretos más íntimos que he guardado celosamente en mi corazón, pudiera tener un día la osadía de contarlos.
Pero hoy, después de todos estos años en los que la vida ha cambiado considerablemente para todos, después de haber desterrado muchos tabúes y prohibiciones que en otro tiempo podrían haber sido penalizados por la ley y, cuando algunos de sus protagonistas principales ya no están entre nosotros, creo que ha llegado el momento de “soltar lastre” y aligerar de la conciencia, ciertas ataduras que muchas veces me han martirizado, proporcionándome no pocos dolores de cabeza y sentimientos de culpabilidad.

Teniendo en cuenta de que se trata de un hecho real, voy a cambiar sitios y lugares, nombres de personas y situaciones concretas, para que nadie pueda, ni remotamente imaginar, la identidad de los protagonistas de esta historia. Lo que relataré a continuación en estas líneas, fue algo que cambió sustancialmente mi vida y la de los míos.

Corría el año 1998 y el mayor de mis hijos había ingresado en determinada Academia Militar en Baeza, (Jaén). Después del exhaustivo entrenamiento que duró algunos meses, fue destinado a un pueblecito del País Vasco, donde conoció a una muchacha encantadora, que algún tiempo después se convertiría en su esposa.

Con mucha ilusión se iniciaron los preparativos de la boda, pues querían contraer matrimonio cuanto antes. Como la muchacha era huérfana de padre y no tenía más hermanos, convinieron que yo fuera el padrino de la boda y la madre de ella, la madrina. Esto no agradó demasiado a mi esposa, quién se había hecho la ilusión de ser madrina de nuestro primer hijo. Pero, dadas las especiales circunstancias que concurrían en este caso, ella accedió finalmente.

Con esa intención y dispuestos a arropar a mi chico en tan importante acontecimiento familiar, partimos hacia el País Vasco, mi esposa, nuestro hijo menor y yo, celebrándose la unión religiosa el sábado 12 de junio de 1999, tras cuya ceremonia nos reunimos todos los asistentes en un entrañable almuerzo familiar.

Por supuesto que el hacer de padrino en aquel enlace, representó para mi un gran honor, pues contra la costumbre tan extendida en nuestro país, de que el padre apadrine a la hija y la madre amadrine al hijo, yo estaba ocupando el puesto que, de haber vivido, debería haberle correspondido al padre de la novia, lo cual evidentemente era todo un reto y un honor para mi.

A los pocos meses, mi hijo fue destinado a nuestra ciudad, y la jo-ven pareja se trasladó a vivir a un modesto pisito, cercano al cuartel donde mi hijo iba a prestar servicio.

Desde el principio se estableció una química especial entre Susi, (así se llamaba mi nuera) y yo, con la que desde el principio mantuve una relación y un trato exquisitos; una cercanía de cordialidad y afecto, muy superiores al contacto normal entre suegro y nuera.

Un día, encontrándose mi hijo de servicio, Susi me llamó por teléfono y me dijo:

-“Suegro: Tengo un problema. ¿Puedes venir?”

-“Pues claro”, (contesté); “Ahora mismo estoy ahí”

En sólo media hora estaba llamando a la puerta. Eran aproximadamente las 11,30 de la mañana y la chica estaba vestida sólo con un diminuto camisón rojo, (creo que las señoras llaman “Susanita” a esa prenda íntima femenina) y yo, la verdad, me sentí un poco incómodo y extrañado. Aquello no era normal, pero como yo sólo la miraba como a una hija, no quise echar cuentas de aquello y le pregunté que cual era el problema.

Ella me dijo que el grifo de la ducha no dejaba de gotear y, como sabía que yo era un “manitas” de la fontanería, me pidió que se lo arreglase. Realmente aquello no era propiamente una avería, sino más bien, una pequeña insignificancia, pues estoy seguro de que en muchos hogares, algunos grifos gotean mucho más que aquel, y no por eso la gente llama a un fontanero. Quiero decir que “aquello”, ni era tan urgente, ni tan grave y podría haber esperado a que mi hijo estuviese en casa.

Algo me hacía intuir que había algo más, pero yo no alcanzaba a comprender qué podía ser. Incluso llegué a pensar que la muchacha tenía miedo, (hacía poco se había producido un atentado terrorista y esa podía ser la razón de sus temores). Posiblemente, pensé, ella no se atrevía a expresarlo así por temor a quedar como una tonta. Por mi cabeza pasaron muchas suposiciones, pero nunca llegué a sospechar, (nunca, hasta algunas semanas más tarde), cual podía ser la razón de aquella llamada tan -supuestamente- angustiosa en demanda de mi ayuda. Pero la chica había recurrido a mí y yo, tratando de hacer las veces de padre amantísimo, acudí sin demora a socorrerla.

A los pocos días, Susana volvió a llamarme. Esta vez no lo hizo con tanta angustia como la vez anterior, pero si con bastante interés y con una insinuante y sugerente voz. Me dijo que quería mi asesoramiento para darle a mi hijo una fiesta sorpresa por su cumpleaños, próximo en aquellos días.

Nuevamente me puse en camino, totalmente ajeno a las verdaderas intenciones de la muchacha. Era algo que, aunque alguna vez había pasado por mi cabeza, mis principios morales y mi situación como padre del marido, impedían que tales pensamientos anidaran en mi mente. Era cierto que la chica era muy atractiva; pero yo podía ser su padre. Era cierto que ella procuraba estar ligerita de ropa cuando yo iba a su casa, pero.., ¿qué estaba yo pensando?, ¿cómo podía ser tan canalla, tratándose de la mujer de mi hijo?

Pero, nuevamente mis sospechas adquirían cierto fundamento. Esta vez no era una “Susanita”, sino un camisón negro, totalmente transparente el que cubría su precioso cuerpo, dejando una clara evidencia de que bajo aquella prenda tan sutil no llevaba ninguna otra ropa. Su vello púbico se advertía claramente y yo no sabía qué hacer; no quería ni mirarla y procuraba desviar la vista hacia cualquier rincón o hacia algún detalle de la entrada. Ella me invitó a pasar y yo dudaba, ignoraba cómo actuar. No sabía si entrar o salir corriendo. Finalmente pasé hacia el salón, pero estaba muy nervioso y casi balbuceando le dije:

-“Susi; seguramente para ti no tiene la menor importancia, porque los jóvenes parecéis más sanos y todo lo hacéis con mucha más naturalidad, pero yo soy un hombre mayor; un hombre bastante ardiente y debo de mirarte y tratarte como a una hija. Pero deberías ponerte algo más tupido y discreto, porque, aun siendo la esposa de mi hijo, eres una mujer muy atractiva y creo que no está bien…” Ella no dijo nada; sólo bajó un poco la cabeza, como avergonzada y salió del salón. Al momento volvió con un albornoz de color rosa y se sentó a mi lado. Me ofreció café y me dijo que me había llamado porque dentro de pocos días sería el cumpleaños de mi hijo y quería hacerle una fiesta sorpresa.

Me comentó que ya se había puesto en contacto con algunos amigos y amigas suyos y que seguramente lo haríamos en el bar que uno de ellos tiene en las afueras. Continuó diciendo que este amigo se había ofrecido a ceder el local, coincidiendo con el día de descanso de su personal, que curiosamente era el mismo día del cumpleaños de mi hijo. Pero necesitaba un “gancho” para mantenerlo ocupado durante los preparativos de la fiesta y había pensado en mi como la persona más idónea para distraer su atención.

Pero mientras me comentaba esto, me hacía sentir muy incómodo, porque al tiempo que ella hablaba, parecía que me estaba devorando con los ojos; o al menos, eso me parecía. Yo no quería aceptar aquella idea, pero, me resultaba tan clara su posición que me hacía dudar sobre sus verdaderas intenciones.

En un momento determinado, como por descuido me dijo:

-“Suegro; ¿sabes que eres un hombre muy atractivo e interesante para tu edad?”

Yo no daba crédito a lo que estaba oyendo; No quería aceptar lo que era evidente. ¿Cómo debía reaccionar? ¿Cómo se lo diría a mi hijo?. ¿Qué estaba pasando allí?

Reaccioné por un momento y le dije a la muchacha:

-“Susi: no se si me estás probando o es una broma, o qué está pasando, pero todo esto me parece inaudito. ¿Dónde está la cámara? ¿Es esto “Inocente-inocente”?

-“No, suegro; lo que pasa es que tú eres bastante antiguo y no entiendes que estas cosas pasan. ¿Tú no has oído hablar del intercambio de parejas?

-“Si, Susana, he oído muchas historias sobre intercambios. Pero es que, ¡tu marido es mi hijo!. ¿Es que no lo entiendes?”

-“Entonces, (me dijo), habla con tu hijo. Porque él está al cabo de la calle…”

-“¡Cómo!; (exclamé). ¿Mi hijo es consciente de ésto?

-“Completamente, suegro; él está de acuerdo. Y no sólo eso; Ha sido él quien lo ha propuesto. Lo está deseando”.

Ya no podía escuchar más. Rápidamente me puse en pie y salí de aquella casa, dando un estrepitoso portazo tras de mi. Aquello era el colmo; era mucho más de lo que nunca hubiera imaginado. ¿Mi hijo un cabrón consentido?. ¿Dónde quedaba su dignidad y sus principios?. Yo no entendía nada; no sabía si aquello sucedió realmente o fue una pesadilla, pero a los pocos días pude comprobar que la realidad, como sucede muchas veces, supera a la ficción.

Aquella misma noche, como de costumbre, mi hijo se acercó a nuestra casa a darle un beso a su madre. Yo estaba desconcertado; no sabía qué hacer. Quería esconderme, pues no podía mirar de frente a mi hijo. No sabía cómo iba a afrontar aquello. No podía contarle nada a mi esposa y era incapaz de pensar con tranquilidad.

Cuando mi hijo llegó a casa, yo me metí al baño con el pretexto de darme una ducha. Él aguardó un buen rato para que nos viésemos, pero yo me entretuve todo lo que pude esperando que se marchase de la casa sin tener que enfrentarme a él. Me daba vergüenza, no podía mirarle a los ojos. Era a él quien debería sentirse incómodo por esta situación y, sin embargo, ahí estaba yo totalmente abatido y sin ánimo para encararme frente por frente con mi él.

Como yo me demoraba, finalmente él se despidió de su madre y se marchó. Yo ignoraba si mi hijo había hablado con su esposa del asunto y si ella le había contado cómo yo me había marchado de su casa airadamente. Eso, en el fondo me daba igual, pero lo que yo trataba de evitar por todos los medios, era mirarle a la cara. Pero; ¿no debería ser al revés?. Yo me sentía culpable y sin embargo él se comportaba con total naturalidad. ¿Hasta donde habíamos llegado? ¿Hasta qué punto esta sociedad se había vuelto permisiva?.

Así estuvimos durante algunos días más. Estábamos jugando al gato y al ratón; yo procuraba evitarle y a él daba la impresión de que le ocurría lo mismo, hasta que, a los pocos días él me llamó por teléfono y me dijo:

-“Papá; me ha dicho Susi que quieres que te acompañe mañana para ver un televisor que quieres comprar…”

¡Que desfachatez y que cara más dura!. Pero, ¡sí era ella la que quería que yo acompañase a mi hijo, para tenerle entretenido hasta la hora de la fiesta! Ella finalmente, lo había dispuesto todo sin contar conmigo. Sin embargo, pensando en mi hijo, accedí a seguir con el “engaño” y nos citamos a una hora concreta en la cafetería de un centro comercial.

A la hora acordada se presentó mi hijo que, después de saludarme se sentó a mi lado y pidió un café. El estaba como si tal cosa. Fingía muy bien con respecto al incidente con su mujer, o es que realmente no sabía nada. En cualquier caso mi hijo me preguntó sobre la marca del televisor que yo andaba buscando; la cantidad que yo estaba dispuesto a gastar; las características que debía tener el aparato en cuestión, y un montón de cosas al respecto.

Yo decidí seguirle el juego, aunque -obviamente- no estaba dispuesto a comprar nada. En casa ya había un televisor con las máximas prestaciones, si bien, tal vez le faltaba alguna característica, como acceso a la TDT y cosas así. Pero la TDT todavía estaba por llegar y, entretanto, podían surgir en el mercado otras muchas marcas y quizás con nuevas y más modernas posibilidades.

Pero como se trataba de mantener a mi hijo distraído hasta la hora de su fiesta sorpresa, intenté representar bien mi papel y entramos en la sección de electrodomésticos. De allí nos fuimos a otras galerías de la ciudad y luego a otras, hasta que poco a poco nos fuimos acercando a la hora convenida. Yo no deseaba encontrarme con mi nuera, pero estaba claro que no podía evitarlo. Me encontraba entre dos frentes; por un lado, no quería tropezarme con mi nuera. Pero, por otro lado, ¿qué excusa le hubiera echado a mi mujer?. ¿Con que pretexto hubiera faltado al cumpleaños de mi hijo?.

Finalmente me armé de valor, le eché “bemoles” al asunto y, junto con mi hijo, nos dirigimos a la cafetería de su amigo. Mi hijo, extrañado pregunto:

-“¿A dónde me llevas, papá?”.

Yo le dije:

-“He quedado con tu amigo Juan en su cafetería, pues quiere que le revise una máquina”

-“Pero hoy es el día de descanso y allí no habrá nadie”, (me contestó).

Pero yo le convencí de que su amigo me había citado, precisamente para ver aquella máquina en un día en que no estuviese en funcionamiento. Mi hijo aceptó cualquier escusa y a los pocos minutos nos encontrábamos aparcando su vehículo frente a la cafetería. Coincidiendo con la hora convenida, entramos en el local donde todo estaba a oscuras. De pronto se encendieron las luces y, como por encanto, aparecieron más de 30 amigos y amigas de mi hijo entonando el “cumpleaños feliz, cumpleaños feliz…” Allí estaba ella, echándome una mirada entre lasciva y sensual. Y yo, haciendo “de tripas corazón”, soportando una situación que me asqueaba y que me estaba desbordando. Unos momentos tremendamente odiosos, en los que gustosamente habría vomitado sobre mi nuera sin el menor reparo. Tal era mi estado de hastío.

Mi nuera se acercó a nosotros y, después de besar a mi hijo, se abrazó a mí y me dijo:

-“¡Gracias, papá!”.

Papá, (me dije para mis adentros), ¿Y te quieres acostar conmigo?. Papá, ¿y estás deseando que te folle?. ¿Cómo se digiere eso?

Realmente la vida nos propone cosas muy extrañas, situaciones para las que uno no siempre está preparado. Pero el ser humano tiene una gran capacidad de reacción y adaptación para superar éstas y otras situaciones por raras que nos parezcan, Seguramente por eso, cuando mi nuera me llamó al día siguiente alegando que debía verme urgentemente, yo no me negué. Tenía la sensación de que, sin pretenderlo, estaba aceptando, en cierto modo, sus “inconfesables” pretensiones. Parecía como si, inconscientemente, yo accediese a aquello que para ellos eran tan normal y que tanto deseaban.

Nos citamos en una discreta cafetería y a la hora acordada nos encontramos en una apartada mesa de aquel local.

-“Hola, papi”, (fue su saludo). ¿Papi?; Nunca me había llamado “papi”. Siempre me decía “suegro” o “papá”. Ese “papi” sonaba como a guasa y cachondeo en sus labios… Yo la miraba una y otra vez y, ¡Dios!; era realmente hermosa. Pero, era la esposa de mi hijo. ¿Nos habíamos vuelto locos…?. Algo que yo no podía controlar se estaba apoderando de mi voluntad; la estaba deseando realmente y no podía evitarlo. Además, el sentimiento negativo de culpabilidad iba adaptándose a una nueva realidad; ya no la veía como mi nuera, sino como una mujer hermosa, a la que sentía unos deseos ardientes de hacerle el amor, de disfrutar con ella y sentir sus apasionados besos. Y, debo ser totalmente sincero: cada vez me importaba menos que fuese tan joven; que pudiera ser mi hija y, lo que era mas grave aún, que fuese la esposa de mi hijo.

Estos sentimientos encontrados de lujuria y pasión, contrapuestos con la realidad innegable de una relación filial, iban dejando paso, de una manera salvaje y brutal, a los más bajos instintos de placer del ser humano. Cada vez me importaba menos el pensar que, en esa parte de su anatomía donde se solía alojar el pene de mi hijo, ahí entraría también el mío, ocupando un espacio que únicamente a él pertenecía. Pero, contrariamente a lo que días atrás me decía la razón, un deseo incontrolado de lascivia se había apoderado por completo de mi voluntad. Y no dejaba de pensar que en un plazo muy breve, aquellos deseos contenidos, se harían realidad. Porque yo realmente la deseaba.

Sólo había algo a lo que, pese a todo, no había conseguido superar y aceptar; Mi hijo iba a participar con nosotros en aquellos encuentros. Y esa decisión fue acordada por ambos; Mi hijo y su mujer. Eso ya superaba todo lo imaginable, es decir; mi hijo no sólo estaba admitiendo que era un cabrón, sino que, por si esto fuera poco, aceptaba que fuera yo, su propio padre quien se follase a su mujer y, encima, haciendo un trío sexual con ellos.

Cuando, después de todos estos años, pienso en todo lo sucedido; en cómo me convencieron para entrar en aquel juego de locos y pirados, son otros sentimientos muy distintos los que se agrupan en mi mente, y tengo la sensación de que lo que ayer estaba tan mal, hoy lo disculpo, lo comprendo y hasta lo acepto. Y, aunque me da mucha vergüenza confesarlo, recuerdo con cierto morbo aquella experiencia tan tremenda.

En ningún momento mi hijo y yo mantuvimos ningún tipo de conversación, ni veladamente, acerca de todo este asunto. Se suponía que ella era la interlocutora entre ambos y, todo lo que la muchacha acordase con el uno y con el otro, era lo que se haría exactamente. Ella tomaba las decisiones; ella fijaba el momento y el lugar; ella exigía las condiciones que debían concurrir en cada momento y, hasta los límites más insospechados, correspondían a la decisión unilateral de ella. Ella nos manejaba a su entera voluntad y nosotros, como dos sumisos perritos falderos, nos dejábamos manipular. Parecía como si ella estuviese ejerciendo una malévola influencia sobre nuestra voluntad; Voluntad que ella manipulaba con extraordinaria habilidad.

Ellos habían fijado el día primero de julio, domingo, para el primer encuentro. Digo primero, porque luego habría más. Aprovechando que su madre se tenía que ausentar para visitar a sus padres, ellos habían planeado nuestra reunión en un hotel de parejas situado a unos pocos kilómetros de la ciudad. Un estupendo y discreto complejo de bungalows para intercambios y parejas, en el que nadie se encontraba con nadie, pues casa uno de los apartamentos tenía la entrada por un sitio diferente. Dentro había toda clase de lujos y detalles: Jacuzzi, una amplísima cama redonda, bar, un gran televisor; circuito cerrado de TV, donde los “protagonistas” podían ver y grabar sus propias escenas…, Sobre el techo de la cama, un enorme espejo reflejaba aumentado todo lo que sucedía en la cama,

Aquella gran habitación contenía todos los ingredientes necesarios para una loca noche de amor, pasión y desenfreno. Mi hijo, como queriendo crear un ambiente distendido, encendió el equipo de música, donde se podían escuchar unas baladas muy sugerentes. Nos ofreció una copa a Susana y a mí, y él mismo se sirvió un whisky con hielo. Yo, por temor a no dar la talla, iba preparado con un par de viagras, una de las cuales me tomé al instante para que fuese haciendo su efecto.

Pero, posiblemente no hubiera hecho falta, porque, cuando Susi, que había entrado al baño, regresó llevando puesta aquella prenda que tanto me había disgustado aquel día, mis más bajos instintos comenzaron a decir “aquí estoy yo”. Yo sentía, por más que quería evitarlo, cómo mi verga iba adquiriendo una nueva dimensión. Parecía pedir a gritos que la sacara de allí.

Ninguno de nosotros decía nada; sólo mi hijo, de vez en cuando, se acercaba a Susana con inocentes manifestaciones de cariño, al tiempo que me animaba a ponerme más cómodo. Él ya se había despojado de la camisa, quedando únicamente vestido de cintura para abajo. Yo entré al baño y me desnudé, quedándome solamente con mi boxer; el más intuitivo y sugerente de los que tenía, que hacía que mis atributos masculinos queden extraordinariamente marcados y evidentes.

Cuando salí, mi hijo me hizo señas para que me acercara a la cama. Poco a poco, mi propia excitación iba haciendo que abandonase mis inhibiciones y fuese entrando en aquella espiral de lascivia. Recordé entonces algo que había encontrado casualmente en uno de los cajones en casa de mi hijo, cuando buscando algo con qué escribir, me topé con un enorme consolador de látex estimulado por pilas, cuidadosamente guardado en su envoltorio original. La imagen de aquella verga descomunal, perfecta imitación hecha a escala, de un auténtico falo humano, me había estado martilleando la cabeza, intentando comprender su verdadera utilidad. Ahora comprendía cual era mi papel en todo este juego; Mi nuera era ninfomana y necesitaba constantemente sentir una buena polla dentro de su vagina. Y no sólo ésto; Creo que necesitaba algo más, tal vez sentir una verga en cada íntima cavidad de su cuerpo. Pero ya no se conformaba con aquel consolador que un día me encontré; necesitaba mucho más, y, ¿quién mejor que yo para cubrir esta necesidad?. Ellos sabían perfectamente que nunca delataría a mi propio hijo. Todo quedaría en la más estricta intimidad y los secretos de sus bajas pasiones estarían bien guardados. Ahora lo entendía todo y esa clarividencia hacía que, el rechazo inicial que yo sentí cuando mi nuera me propuso aquellos juegos tan lujuriosos, fuese poco a poco asimilado y aceptado en lo más íntimo de mis principios morales. En mi mente se asentaron en un momento unos sentimientos mucho más permisivos, imaginando que con mi participación, no sólo podía ayudarlos a realizarse como pareja, sino que estaba contribuyendo, de algún modo, a una posible recuperación de la mujer de mi hijo.

Sea como fuere e inmerso en estas reflexiones, me fui acercando hacia aquella cama redonda, (realmente era una cama redonda) y, despojándome de mi boxer, me incorporé al grupo. Mientras ellos seguían con sus juegos preliminares, me recosté discretamente a un lado, quedando ella en el centro y mi hijo al otro lado. Tímidamente comencé por acariciar sus pechos duros y turgentes, con unos pezones maravillosos que me apetecía mucho chupar. Pero no hice eso en aquel momento, aunque lo deseaba con todas mis fuerzas.

Ella tomó la iniciativa y me colocó, con singular maestría, un preservativo estriado que había reservado para mí. Rápidamente se me subió encima, introduciendo mi falo dentro de su vagina. Sólo el contacto de su mano con mi polla, casi me hace eyacular, pues la excitación era enorme, pero me contuve, seguro de que lo que vendría a continuación sería mucho más placentero, como así sucedió.

Yo acariciaba sus pechos, chupando sus pezones y succionándolos suavemente, como intentando sacar leche de aquellas bolas maravillosas. Estaba tan ensimismado en esto que apenas me di cuenta de que mi hijo se había colocado detrás de ella para insertarle su pene por el ano. Al hacerlo, una extraña sensación recorrió todo mi cuerpo. Sentía, cómo un cuerpo extraño intentaba hacerse hueco en las más íntimas cavidades de la muchacha, invadiendo en cierto modo, parte del espacio que mi polla estaba ocupando. Y, a cada nueva embestida de mi hijo, una especial sacudida de placer me llegaba hasta las entrañas. Aquello era muy novedoso para mí, pero lo más curioso era que, a cada nuevo envite de mi hijo, sus enormes huevos chocaban contra los míos, lo cual también me resultaba extremadamente placentero.

Yo no entendía nada de lo que estaba pasando. Los gemidos, (casi gritos), de gusto y satisfacción de mi nuera, me mantenían involuntariamente ajeno a lo que estaba pasando de cintura para abajo.. Tenía que hacer unos esfuerzos increíbles para tapar la boca de la muchacha, tratando de evitar que sus gritos y gemidos fuesen oídos en el exterior, fuera de la intimidad de aquellas cuatro paredes del bungalow.

El juego sexual se prolongó todavía durante más de media hora, y en un momento determinado ella sugirió que yo penetrase a mi hijo, mientras ella le hacía a él una felación. Algo a lo que yo me negué rotundamente con gran disgusto para Susana. Aquello era mucho más de lo que yo estaba dispuesto a permitir; tal requerimiento superaba en gran medida, los límites de todo lo que yo había podido imaginar. Y, para mí, que habíamos llegado muy lejos; demasiado lejos. Esto me contrarió enormemente y por un momento mi energía sexual decayó y mi pene se puso ligeramente fláccido. Pero Susana lo agarró, me despojó del preservativo y comenzó a succionar mi polla con tal avidez que, rápidamente volvió a la posición de antes, dura como una piedra y casi a punto de alcanzar el orgasmo.

Ella era tremendamente viciosa y quería que nosotros eyaculásemos sobre ella, masturbándonos a la altura de su boca y pidiéndonos que vomitásemos nuestra leche caliente sobre aquellos labios sensuales y carnosos. Así lo hicimos; primero mi hijo, en un alarde de potencia sexual, descargó toda su energía contenida sobre la boca de su mujer y luego yo, no tanto como él, pero tampoco estaba mal para mi edad.

Aquellos encuentros se repitieron todavía un par de veces más y siempre que mi esposa se ausentaba para visitar a sus padres, ellos hacían sus planes en connivencia conmigo. Yo ya había superado todos mis miedos y en lo más hondo de mi ser deseaba que llegase el momento para una tercera ocasión; esperaba ansioso una señal de mi hijo para una nueva orgía, pero esa tercera vez nunca se produjo; Mi esposa y yo nos tuvimos que ausentar para realizar un viaje que teníamos concertado desde hacía algunos meses y, durante el viaje recibimos la llamada de uno de sus hermanos que la dejó petrificada mientras escuchaba con incredulidad lo que éste le estaba diciendo al otro lado del auricular. Alarmado, cogí yo el teléfono para ver qué estaba ocurriendo. Mi cuñado nos había telefoneado para decirnos que mi hijo y mi nuera se habían separado y que ella regresaba al País Vasco con su madre y con sus hermanos. Yo no daba ningún crédito a lo que estaba oyendo, pero mi cuñado insistía en que era cierto y que deberíamos regresar lo antes posible, para intentar solucionar aquel conflicto.

A la mañana siguiente, tomamos el primer autobús que venía hacia nuestra ciudad y en unas cuantas horas estábamos de vuelta en casa. Inmediatamente llamé a mi hijo para que me diera una explicación, (creo que merecía al menos eso, después de que ellos mismos me habían involucrado tan profundamente en su vida personal). Mi hijo me contó que hacía muchas semanas se lo estaban pensando y que la última vez que nos reunimos en el bungalow, ellos ya habían decidido que se iban a separar. Nunca noté nada extraño y ellos parecían muy felices, pero más tarde comprendí que todo lo que allí se vivió fue pura y llanamente una representación teatral. Puro teatro al más puro estilo “shakespeariano”.

Mi nuera regresó a su tierra, mi hijo se volvió a casar y hoy es un hombre muy feliz; al menos eso es lo que a mi me parece. Tiene dos niños habidos en este nuevo matrimonio y una esposa de lo más normal. Jamás él y yo hemos hablado de aquellos encuentros tan especialmente morbosos y parece como que aquello jamás sucedió.

Al poco tiempo mi esposa y yo nos divorciamos y yo estoy intentando rehacer mi vida.

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