Extrema urgencia

El año pasado, cuando tenía 16 años, estuve en un campamento de verano. Ocurrió entonces algo que me cambió la vida y que voy a contaros. Yo era hasta entonces un chico “normal”: me hacía mis pajas a costa de las chicas de las revistas guarras y todo eso, me empalmaba con Kim Basinger… en fin, lo habitual. Pero el pasado año, cuando fuimos al campamento, me encontré en el mismo con un chico que me descubrió mi verdadera identidad sexual.

Pronto me di cuenta de que el chico me atraía como hasta entonces nadie me había atraído. Las “tías” más buenas del mundo no se podían comparar con aquel muchacho: 16 años, pelo rubio y liso desplegado encantadoramente en una melenita sedosa, ojos verdes claros, un paquete bastante apreciable entre las piernas… un sueño. No sabía qué me pasaba, pero sí que quería estar lo más cerca de él siempre. Me las ingenié para hacerme su amigo: congeniábamos en todo, nos gustaban las mismas cosas y nos divertíamos de lo lindo. No sabía entonces que me estaba enamorando, sin saberlo, de él.

En el campamento compartíamos la misma tienda de campaña, aunque nunca se me pasó, ni por asomo, hacerle ver que me moría de ganas de tocarle.Pero un buen día (ciertamente fue bueno, y ya veréis por qué) ocurrió lo inimaginable. Aquella mañana salimos de excursión todo el grupo del campamento: imaginaos treinta chicos triscando por los montes. Pronto el monitor comenzó a distribuirnos por parejas para ir a buscar espárragos. Se trataba de ver cuál de las parejas formadas conseguía encontrar más espárragos, que nos comeríamos después por la noche en tortillas.

Por supuesto que mi amigo Daniel y yo formamos una de las parejas. Cada una de éstas se desperdigó por el monte, y llegó un momento en que, sinceramente, pensamos que nos habíamos perdido. Teníamos alguna remota idea de que yendo hacia el Norte llegaríamos hacia el punto de encuentro que habíamos acordado con el monitor, pero no las teníamos todas con nosotros. Daniel estaba nervioso. Yo también, pero me encontraba tan a gusto con él, además a solas, que no me importaba demasiado.

Tarde o temprano daríamos con el camino de vuelta. Teníamos un pequeño mazo de espárragos, pero en este caso eso era lo de menos.

Con el nerviosismo, a Daniel le dio por orinar. No era la primera vez que lo hacía cerca de mí, al aire libre, pero sí era la primera vez que lo hacía estando ambos solos. Disimulando, me fijé con el rabillo del ojo en su minga: era una maravilla, grande y hermosa, con el prepucio desplegado y libre. Orinaba Daniel frente a un árbol, mientras yo me mantenía, haciendo como que examinaba los espárragos, a dos metros escasos.

De repente ocurrió lo inesperado. De una oquedad del árbol surgió, visto y no visto, una serpiente, tal vez una víbora, y, como un relámpago, mordió a Daniel, que cayó al suelo entre fuerte ayes.

Corrí hacia él: se sostenía la polla entre las manos, ensangrentada. La serpiente le había mordido justo en el glande, que manaba sangre por dos orificios situados curiosamente a cada lado del ojete. Daniel estaba blanco, descompuesto.

–¡Ayúdame, ayúdame! -me gritaba horrorizado.No sabía qué hacer. De pronto, recapitulé las enseñanzas que nos habían impartido recientemente sobre cómo actuar en caso de mordedura de serpiente: había que chupar sobre la herida para succionar todo el veneno que se pudiera, a fin de que no entrara en la corriente de sangre y pudiera llegar al corazón y al cerebro, pues en tal caso el peligro de muerte era inminente.

Así que tenía que… chupar la herida… es decir, sobre el glande… para sacar el veneno. Me di cuenta de que Daniel se percataba también de lo que estaba pensando. Con la cara aún descompuesta me gritó:

–Por favor, por favor, es un caso de extrema urgencia, si no lo haces me voy a morir…

Lo que no sabía Daniel es que el destino me estaba proporcionando la oportunidad para llevar a cabo mi más íntimo deseo, aunque yo no lo supe hasta ese momento.

Para cubrir las apariencias esperé aún un poco y le dije a Daniel:

–Esta bien, lo haré por ti.Y me apliqué al tema. Primero chupé justo en donde estaban los orificios de los colmillos del reptil, procurando extraer toda la sangre posible. Después de escupirla, seguí chupando para, teóricamente, seguir extrayendo.

Daniel, tal vez por la impresión o por el susto, se desmayó, así que aproveché la ocasión y me dediqué a lamer todo aquella riquísima polla, que, conforme iba chupando, iba ganando en potencia y envergadura. Pronto estuvo dura como un palo, no menos de 20 centímetros de joven masculinidad.

Los orificios de la mordedura parecían haberse cerrado , así que me dediqué a dar lengüetazos por todo aquel maravilloso vástago, blanco y delicioso. El glande, sonrosado, estaba ahora hinchado, y por el ojete rezumaba un líquido blanquecino que paladeé de inmediato. Cuando lo dejé limpio y brillante me dediqué a los huevos: pequeños y redondos, prácticamente sin pelo alguno.

Noté que aquella polla extraordinaria vibraba, y pronto un chorro de leche saltó en el aire, salpicándole el vientre blanco y perfecto. No podía dejar que el semen le ensuciara la ropa: ¿cómo podría justificarlo?, así que atrapé la polla eyaculante en mi boca y recibí, uno tras otro, los trallazos de aquella leche que por primera vez probaba. ¡Qué licor tan notable! Con ese sabor casi indefinible pero tan sensual… Mi polla, que ya estaba como un palo, se corrió sola, sin que ni siquiera la tocara, y me derramé sobre el césped. Cuando me tragué la última gota de su semen, me dediqué a limpiar lo que se había desparramado sobre su terso vientre.

Una vez terminada mi tarea, le subí los calzoncillos y le di unas tortitas en la cara, para despertarlo.

Daniel volvió en sí, y enseguida se acordó de lo que había pasado. Se bajó los calzoncillos, ahora delante mía (no tenía mucho sentido que tuviera pudor, después de lo que acababa de ocurrir) para verse la herida, y me sonrió:

–Gracias, muchas gracias, Conrado, amigo mío, me has salvado la vida. ¿Cómo podré agradecertelo?

A mí se me ocurría una cosa realmente placentera, pero tal vez no fuera el momento; quizá, aquella noche, en el campamento, me atreviera.

–Sólo te pido una cosa, Daniel: no se lo cuentes a nadie. El veneno ha salido, las pequeñas heridas sanaran en muy poco tiempo, y nadie tiene que saber… lo que ha pasado aquí. ¿Estás de acuerdo? Daniel sonrió picaronamente.

–Claro, será un secreto entre los dos, ¿verdad?

Y aquella sonrisa se tornó realmente encantadora.

De buena gana le hubiera enchufado mi polla en su boca de adolescente en flor, pero me contuve.

Aquella noche sería el momento… Por de pronto, la sonrisa que me había dedicado no era precisamente inocente.

Y eso que yo había actuado por una… extrema urgencia. ¿O no?

Acerca del autor
Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *