La Emboscada

Era yo casi un chiquillo, apenas 17 años recién cumplidos. Yo sabía desde hacía dos años ya que era gay y que me encantaban las pollas. En aquellos dos años había catado ya una buena colección de nabos de todo tipo y tamaño, pero tenía una asignatura pendiente: un rabo negro. Así que un día me armé de valor y entré en una «sex shop» donde sabía que trabajaba como dependiente un hombre negro.

Después de dar un par de vueltas por la tienda, y sabiendo que el hombre estaba nervioso porque por mi aspecto podía ser menor de edad, me decidí a abordarlo, aprovechando que el único cliente que había en la tienda se había metido en una cabina.

–Perdone…– me costaba trabajo hablar, pero el pensar en una buena minga negra me ayudó–, quisiera saber si usted conoce…, bueno, a alguien de su raza que sea… gay… para un encuentro, ya sabe.

El hombre me miró un tanto sorprendido. Tardó un poco en contestar. –Pues no sé…–de pronto sonrió un tanto pícaramente–, sí, sí, creo que puedo informarte. Mira, dentro de dos horas ve a esta dirección –escribió en un papel unas líneas– y pregunta por Angano.

Me fui más aprisa que corriendo. La dirección estaba relativamente lejos, así que pasé por casa para ducharme y me marché hacia allí.

Era un barrio obrero, donde vivían muchos negros. Golpeé en la puerta con cierto miedo, pero también con el corazón saliéndoseme por la boca. Me abrió un chico negro alto, con pantalones ajustados y marcando un tremendo paquete. –¿Angano? El chico me miró de arriba abajo y asintió. Sonrió pícaramente y me dejó entrar. Me condujo hasta una habitación a oscuras y cerró la puerta. –¿Dónde estás, Angano?–le pregunté yo. De repente unas fuertes manos me tomaron por detrás.

–Pero, ¿qué haces? No me hagas daño, por favor, vengo por mi gusto.

–Y lo tendrás, putito, lo tendrás, ¿verdad, Angano? Era otra persona la que hablaba, otro hombre. Sonó una tercera voz.

–Ya lo creo que sí.

Angano encendió al fondo una luz, no muy fuerte, y vi el panorama: un hombre me sujetaba por la espalda; me di cuenta de que estaba desnudo; otro, también en pelotas, estaba frente a mí, y Angano, tras encender la luz, se quitaba la ropa a toda prisa. El que estaba delante mía exhibía un paquete descomunal, una polla de no menos de 25 centímetros y gorda como ella sola. Angano, que estuvo pronto desnudo, presentaba un ejemplar también notable, incluso mayor que el del otro, quizá de 27 centímetros, aunque menos gruesa, lo que la hacía parecer aún más larga.

El que me sujetaba por detrás me soltó y entonces pude verle: tenía la polla más grande que había visto nunca, negra como su dueño, no menos de 32 centímetros, y gorda, quizá de 7 centímetros de diámetro. Me sentí morir: si aquello entraba por alguno de mis orificios, me abriría en canal. Quise gritar, pero el de la polla más grande me sacó una navaja y me la puso en el cuello. El grito se me heló en la boca. Me tomaron entre dos y me colocaron boca abajo sobre una mesita que tenían en el centro, de tal forma que me colgaba por un lado la cabeza y por el otro el culo me quedaba a ras del final de la mesa; me di cuenta de lo que iban a hacer prácticamente al tiempo que Angano se me colocaba detrás.

Me puso el culo en pompa, me abrió al máximo las piernas y, sin ningún tipo de lubricante, me enculó con aquella larguísima verga negra suya.

Fue como recibir un obús por el culo; noté que me entraba en el recto hasta muy adentro, hasta donde nunca me había llegado un nabo. Al mismo tiempo, el otro, el de la polla de 25 centímetros pero más gorda que la de Angano, se me colocó delante de la cara y me obligó a tragarme aquella verga gruesa, de unos 5 centímetros de diámetro. Me costaba mucho trabajo chupar el glande, pero poco a poco, con ayuda de sus arremetidas, me la fui tragando, primero un cuarto, un tercio, la mitad, hasta que finalmente rocé con la nariz en su vello púbico. Notaba el glande muy abajo ya, prácticamente en el esófago. Mientras, Angano seguía atrás, poniéndome el culo muy caliente.

Angano eyaculó como un caballo, y noté como su leche se derramaba rebosando por el esfínter.

Por delante, el que me la metía por la boca se desbordó también; yo estaba entonces a mitad de camino, chupando con fruición, y la leche me llenó la boca entera, escapando a borbotones, muy a mi pesar, de los labios.

Se retiraron ambos y se me acercó el de la polla tridimensional. Cuando ví aquel monstruo acercárse a mi boca, recordé la navaja, y por si se me había olvidado el negro me la puso en el cuello. Pensé: si tengo que morir, mejor empalado por una polla monstruosa que degollado. Y me apliqué a meterme aquellos siete centímetros de diámetro por la boca: ¡qué trabajito me costó! Las comisuras de los labios parecían que me iban a estallar. Menos mal que las tenía lubricadas de la leche del anterior. Pero el tío quería metérmela entera, y siguió largando emboladas. Menos mal que (como ya habréis supuesto) tengo una gran capacidad para tragar. Así que me puse a la tarea y poco a poco aquella herramienta inmensa y negra se metió dentro de aquella boquita mía que parecía iba a reventar de un momento a otro. Pero, lamentablemente, no pude llegar hasta el final. Era demasiado, y a pesar de los pesares, dos o tres centímetros se quedaron fuera. ¡Qué pena!

Pero el tío no estaba satisfecho. Me la sacó de la boca, que me quedó hecha una piltrafa, rodeó la mesa y, tal como iba, me la metió por el culo de una forma salvaje.

¿Sabéis eso que se dice de que «me partió en dos»? Pues exactamente eso es lo que sentí. Era como una barra de hierro candente abriéndose paso entre mis glúteos, que no estaban acostumbrados a semejantes huéspedes (aunque sí a otros menos gigantescos). Las emboladas se repitieron, y a cada una de ellas yo creía que me iba a abrir en canal. Por fin, cuando se sintió que estaba por llegar, salió rápidamente, aguantando la eyaculación, y me puso el glande en la lengua. Vi entonces un primerísimo plano del ojete del nabo, el más grande que hubiera visto nunca; le cabría perfectamente el meñique de mi mano. Observé también, en un segundo, que los huevos de aquel negrazo, en los que no había reparado a la vista del «panorama» de su verga, eran grandísimos, como naranjas; así que imaginé que aquel aparato echando leches sería un surtidor.

Muy pronto lo comprobé: del ojete salió disparado un tremendo jeringazo que me cruzó la cara; el negro me la enchufó entonces en la boca y comenzó a largar sobre la lengua. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… hasta doce jeringazos conté, durante no menos de medio minuto larguísimo y dulcísimo, apenas sin darme tiempo a tragar todo aquel material licuado que me desbordaba la boca. La barbilla me la sentía ya llena de leche, y todavía seguía eyaculando, ya más débilmente, pero a un ritmo que sería normal en cualquier otro hombre. Al cabo de un minuto de chupar, todo lo que había entrado en mi boca había ido a parar a mi estómago. El negrazo se retiró y me miró con una sonrisa amplísima.

–¿Qué, te ha gustado mamársela a tres negros de verdad?

A su lado se habían situado ya Angano y el otro, los tres espléndidamente desnudos, con sus vergas mamadas y eyaculadas, brillantes de mis lenguetazos y del roce con mi recto. Me miraron e imagino su impresión: un chico blanco, rubiales, de apenas 17 años, con la boca flácida de tanto abrirla para tragar, con los labios y la barbilla aún húmedas de semen y desmadejado encima de la mesa.

Levanté un poco la cabeza, los miré a los tres, y, como quien no quiere la cosa, les espeté:

–¿Lo hacemos otra vez?

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