LA SOBREMESA

– Me da la cuenta, por favor-.

Se sentían bien, relajados, a gusto. Una deliciosa comida acompañada del espléndido Beaujulais y el remate con un aromático café acompañado de una copa de Xo, los había dejado satisfechos y contentos. El calorcito que invadía sus cuerpos, derivado de las bebidas ingeridas, se iba transformando en excitación y deseo.

– Ve al baño -le dijo al oído- y quítate las pantaletas, las medias y el brassiere.
– ¡Estas loco!, en verdad quieres que me quite la ropa interior???.
– Si.

Al retirarse de la mesa, José Luis observó el maravilloso cuerpo de celeste. «Celestial» -pensó- y observó las miradas discretas de admiración que despertaba en los otros comensales. Los hombres, y una que otra mujer, no dejaban de ver con admiración y deseo aquel cuerpo macizo de senos altivos y turgentes, de cintura avispada y piernas torneadas con una perfección que iba de los tobillos a la cadera redonda y firme. «Vaya -se dijo- no cabe duda que es hermosa y destila sensualidad». Aquella ropa, una minifalda y una blusa corta, floja, delgada, sin mangas y escotada, sus zapatillas de tacón de aguja y sus medias transparentes, mostraban más que ocultaban, la belleza de su cuerpo. «Me gusta más cuando se pone medias negras, pero -reconoció- se ve soberbia». Terminaba de liquidar la cuenta cuando Celeste regresó a la mesa. Los senos se le delineaban con claridad debajo de la blusa y dejaban ver, sin ningún recato, los pezones erectos.

– Te ves preciosa, preciosa y excitada -le dijo-.
– ¡Estas loco!, pero me gusta. -le contestó, al tiempo que volteaba a ver a unos tipos sentados frente a ella. -Escúchame, ahí enfrente están cuatro sujetos que no me quitan la mirada de las piernas-.
– Bueno, pues muéstrales un poco más de tus encantos. Discretamente, al levantarmos, abre las piernas para que vean la flor que tienes entre las piernas. Solo un poco, una pequeña muestra, un leve retrato.

Al levantarse de la mesa, con la mirada fija en los cuatro hombres que ya sin recato tenían fija la vista en Celeste, movió las piernas hacia un lado, alzó un poco la pierna derecha, lo que provocó que su corta falda se recorriera hacia atrás y dejara al descubierto aun más sus portentosos muslos y en un momento, solo un momento, abrió las piernas y les dejó ver aquél triángulo recortado, negro y sedoso en el que asomaban unos labios rojos, hinchados…

– Ahorita que nos traigan el coche -le susurró al oído- te voy a abrir la puerta, vas a subir y en lo que doy la vuelta para subirme, vas a entretener al «valet» preguntándole que si no vio unas llaves o unos papeles, lo que quieras. Cuando yo esté en mi puerta, con la puerta abierta, te vas a inclinar como si no te das cuenta para mostrarle tus senos y al levantarte vas a abrir claramente tus piernas para mostrarle tu cosita. Espera -le dijo- desabróchate el botón de arriba de tu blusa.
– Joven, por favor, es el marquis negro.

El muchacho tomó la contraseña, no pudo evitar dirigir una furtiva mirada a la hermosa y sensual mujer que acompañaba al caballero y se dirigió a traer el vehículo.

– Es un muchachito, -observó Celeste- esta muy joven y guapo. Me gusta y me va a gustar darle una exhibición.
– Más le va a gustar a él y estoy seguro que nunca olvidará tus encantos. los recordará mientras se faja a su novia o se masturba agregó José Luis.

Frenó el vehículo delante de ellos, se dirigieron a la puerta y José Luis la abrió para que Celeste se subiera.

-Oiga joven, perdón, no vio un llavero que deje por aquí, no lo encuentro -dijo Celeste con tono y cara de inocencia. – Por aquí debe de estar, tal vez en el suelo -dijo, al tiempo que se inclinaba hacia adelante haciendo que el escote de la blusa se ensanchara y dejara ver sin pudor aquel par de soberbios senos coronados por unos pezones rosados y erectos que parecían dulces-. El joven acomodador se quedó inmóvil ante el soberbio cuadro que se ofrecía a sus ojos y solo alcanzó a balbucear:
– Esta segura que … las dejó … aquí??-
– Si, creo que si- contestó Celeste mientras observaba con una sonrisa ingenua al muchacho y se percataba que José Luis estaba abriendo la puerta del conductor.
– Espere -continúo Celeste- tal vez las dejé en el asiento de atrás.

Dicho esto, se estiró lánguidamente e hizo el intento de voltear al asiento de atrás, lo que le permitió, de una manera que pareciera natural, inocente, abrir totalmente las piernas casi frente a la cara del muchacho que, semiagachado hacia José Luis, se encontraba parado con la puerta abierta, esperando que el acomodador saliera para ponerse al volante, observó desde su perspectiva la visión del pubis con el vello recortado y la vulva abierta, carnosa y mojada por la excitación, que Celeste ofrecía al muchacho.

– Perdón, muchacho -interrumpió José Luis- me permites.
– Si, señor – acertó a decir el acomodador al tiempo que se bajaba del carro completamente apenado y con una erección que no alcanzaba a disimular.
– Gracias -le dijo mientras le alcanzaba un billete de propina- nos vemos.

José Luis arrancó el carro mientras celeste se empezó a acomodar la falda y trataba de abrocharse el botón de su blusa.

– Espera -dijo José Luis- quiero verte, súbete más la falda y desabróchate la blusa.
– Qué, quieres verme y que todos me vean?? -le contestó-
– Si, quiero verte y lucirte.

Salió del estacionamiento, tomó la lateral de una vía rápida y circuló a regular velocidad entre los autos que transitaban y cuyos ocupantes no se percataban de los encantos de esa mujer aparentemente vestida, pero desnuda a muy poca distancia de ellos. Solo al quedar emparejados con una camioneta más alta, un adolescente que iba con una señora, su mamá -pensó José Luis- volteó al interior del marquis y vio la escena increíble de una mujer prácticamente desnuda, con la blusa abierta y los senos al aire, la falda levantada hasta la cintura y mostrando sus labios vaginales abiertos mientras se metía uno, dos dedos y se acariciaba lascivamente mientras cerraba los ojos y le decía algo al conductor.

– José Luis, -casi imploraba Celeste- estoy muy caliente, acaríciame, párate y cógeme, te la voy a chupar, necesito que me la metas ya, aquí o donde quieras, pero ya.
– Te gusta, verdad, eres una caliente -le contestó José Luis- te gusta que te miren, ser admirada y deseada.
– Si, me encanta -masculló Celeste- pero más me encanta que me la metas.

José Luis aceleró el auto y en la primera calle viró a la derecha y se metió al Pedregal, siguió de frente hasta topar con una avenida, dobló en una, dos , tres o mas calles solitarias de esa colonia de enormes mansiones y calles vacías hasta que encontró una calle empedrada a un costado de un pequeño, cuidado, pero solitario parque y se estacionó.

Celeste, que para entonces estaba sumamente excitada se quitó completamente la blusa, se alzó en el asiento, acercó un pezón a la boca de José Luis y le ordenó que la chupara. Sintió el pezón en la boca, lo tomó entre los labios y mamó golosamente mientras con la mano izquierda tomaba el otro seno y lo acariciaba suavemente. Después, circuló con la lengua la hermosa aureola del pezón al tiempo que sus caricias en el otro seno se hacían más fuertes y luego, fue alternando uno y otro pecho en su boca hasta que los pezones de Celeste parecían explotar de tan duros y encendidos.

– Ay, papacito, me encanta como me chupas los senos, apriétamelos, fuerte … así, así- gritaba Celeste.
– Acuéstate y abre las piernas -suplicó José Luis- te voy a dar una mamada en tu cosita, quiero sorber tus jugos y embriagarme.

José Luis puso su cabeza entre los muslos de Celeste, separó los labios de la vulva y empezó un largo, suave y delicado recorrido con su lengua por la parte externa de la vulva, por los labios hinchados por la excitación hasta tocar imperceptiblemente aquel botón rosado que coronaba esa majestuosa abertura. Poco a poco fue aumentando la intensidad de sus embestidas, degustando los jugos vaginales de Celeste que le empapaban la boca y la cara y se mezclaban con su propia saliva y acompasando el ritmo de su lengua y labios al entonces frenético ritmo de las caderas de Celeste que estaba a punto de venirse de manera explosiva. Al sentir que estaba a punto de hacerla explotar, José Luis retiró su boca y se levantó.

– Voltéate – dijo.

Celeste se colocó a cuatro patas mostrando sus nalgas frondosas y a la vez delicadas y José Luis metió la cara en aquél abismo y procedió a aplicar su lengua en el pequeño círculo que se contraía a cada toque de la pequeña y puntiaguda espada. Después de esos pequeños toques, pasó la lengua arriba y abajo, deteniéndose en intensas caricias linguales en el orificio que parecía haber cobrado vida propia y aplicó sus labios en uno y, más besos y en una y más caricias; Hasta engolosinarse y casi perder el control al sentir el cuerpo de Celeste vibrando con sus caricias. Celeste aprovechó el cambio para alejar por unos momentos el orgasmo, sin embargo las sensaciones que le provocaba la lengua y los labios en su pequeño orificio trasero volvieron a elevarla a un estado de excitación cercano al orgasmo. Ya era un largo rato, desde el restaurante, que estaba excitada y ahora con las caricias se sentía a punto de explotar.

– Espérame -dijo y se volteó, se inclinó, bajó la bragueta y le sacó el miembro erecto y tenso- te la quiero mamar. Celeste introdujo el miembro en su boca y empezó a chuparlo con verdadera gula.
– Humm, me encanta y que caliente y rico lo tienes -.
– Síguele, así -suspiró José Luis mientras entornaba los ojos y su mano derecha alternaba los dedos para acariciar la rebosante vulva y meterle un dedo en el orificio trasero.
– Ya, no puedo más -gimió Celeste-.

Jaló a José Luis al centro del asiento y de un solo golpe se ensartó en la enhiesta verga hasta el tope e inició un violento aunque acompasado sube y baja, una y otra vez hasta que los dos se estremecieron en un intenso orgasmo simultáneo que los dejó agotados, pero satisfechos, muy satisfechos. Celeste se desmontó, se arregló la falda y se colocó la blusa.

– Lista, vámonos mi amor-. Desperezándose, José Luis le contestó:
– Qué???, quieres otra vez-. Ja, ja, ja, eres incorregible.

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